A la puerta del templo — Estudia la Biblia Hoy





6/12          18 - 28 minutes
A la puerta del templo
A la puerta del templo
A la puerta del templo



EXPRESSIVE IMAGE ERROR: Local source not found or unreadable: /home/expressive/public_html/estudialabibliahoy.com/fabian/libros/los-hechos-de-los-apostoles/a-la-puerta-del-templo/xxx
Source: xxx

Hechos 3:1-31
RVR1960 NTV 1 Cierta tarde, Pedro y Juan fueron al templo para participar en el servicio de oración de las tres de la tarde. 2 Mientras se acercaban al templo, llevaban cargando a un hombre cojo de nacimiento. Todos los días lo ponían junto a la puerta del templo, la que se llama Hermosa, para que pidiera limosna a la gente que entraba. 3 Cuando el hombre vio que Pedro y Juan estaban por entrar, les pidió dinero. 4 Pedro y Juan lo miraron fijamente, y Pedro le dijo: «¡Míranos! ». 5 El hombre lisiado los miró ansiosamente, esperando recibir un poco de dinero, 6 pero Pedro le dijo: «Yo no tengo plata ni oro para ti, pero te daré lo que tengo. En el nombre de Jesucristo de Nazaret, ¡levántate y camina! ». 7 Entonces Pedro tomó al hombre lisiado de la mano derecha y lo ayudó a levantarse. Y, mientras lo hacía, al instante los pies y los tobillos del hombre fueron sanados y fortalecidos. 8 ¡Se levantó de un salto, se puso de pie y comenzó a caminar! Luego entró en el templo con ellos caminando, saltando y alabando a Dios. 9 Toda la gente lo vio caminar y lo oyó adorar a Dios. 10 Cuando se dieron cuenta de que él era el mendigo cojo que muchas veces habían visto junto a la puerta Hermosa, ¡quedaron totalmente sorprendidos! 11 Llenos de asombro, salieron todos corriendo hacia el pórtico de Salomón, donde estaba el hombre sujetando fuertemente a Pedro y a Juan. 12 Pedro vio esto como una oportunidad y se dirigió a la multitud: «Pueblo de Israel — dijo — , ¿qué hay de sorprendente en esto? ¿Y por qué nos quedan viendo como si hubiéramos hecho caminar a este hombre con nuestro propio poder o nuestra propia rectitud? 13 Pues es el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob — el Dios de todos nuestros antepasados — quien dio gloria a su siervo Jesús al hacer este milagro. Es el mismo Jesús a quien ustedes rechazaron y entregaron a Pilato, a pesar de que Pilato había decidido ponerlo en libertad. 14 Ustedes rechazaron a ese santo y justo y, en su lugar, exigieron que soltaran a un asesino. 15 Ustedes mataron al autor de la vida, pero Dios lo levantó de los muertos. ¡Y nosotros somos testigos de ese hecho! 16 »Por la fe en el nombre de Jesús, este hombre fue sanado, y ustedes saben que él antes era un lisiado. La fe en el nombre de Jesús lo ha sanado delante de sus propios ojos. 17 »Amigos, yo entiendo que lo que ustedes y sus líderes le hicieron a Jesús fue hecho en ignorancia; 18 pero Dios estaba cumpliendo lo que los profetas predijeron acerca del Mesías, que él tenía que sufrir estas cosas. 19 Ahora pues, arrepiéntanse de sus pecados y vuelvan a Dios para que sus pecados sean borrados. 20 Entonces, de la presencia del Señor vendrán tiempos de refrigerio y él les enviará nuevamente a Jesús, el Mesías designado para ustedes. 21 Pues él debe permanecer en el cielo hasta el tiempo de la restauración final de todas las cosas, así como Dios lo prometió desde hace mucho mediante sus santos profetas. 22 Moisés dijo: “El Señor, Dios de ustedes, les levantará un Profeta como yo de entre su propio pueblo. Escuchen con atención todo lo que él les diga”. 23 Luego Moisés dijo: “Cualquiera que no escuche a ese Profeta será totalmente excluido del pueblo de Dios”. 24 »Comenzando con Samuel, cada profeta habló acerca de lo que sucede hoy en día. 25 Ustedes son los hijos de esos profetas y están incluidos en el pacto que Dios les prometió a sus antepasados. Pues Dios le dijo a Abraham: “Todas las familias de la tierra serán bendecidas por medio de tus descendientes”. 26 Cuando Dios levantó a su siervo, Jesús, lo envió primero a ustedes, pueblo de Israel, para bendecirlos al hacer que cada uno se aparte de sus caminos pecaminosos».
Hechos 4:1-31
RVR1960 1 Hablando ellos al pueblo, vinieron sobre ellos los sacerdotes con el jefe de la guardia del templo, y los saduceos, 2 resentidos de que enseñasen al pueblo, y anunciasen en Jesús la resurrección de entre los muertos. 3 Y les echaron mano, y los pusieron en la cárcel hasta el día siguiente, porque era ya tarde. 4 Pero muchos de los que habían oído la palabra, creyeron; y el número de los varones era como cinco mil. 5 Aconteció al día siguiente, que se reunieron en Jerusalén los gobernantes, los ancianos y los escribas, 6 y el sumo sacerdote Anás, y Caifás y Juan y Alejandro, y todos los que eran de la familia de los sumos sacerdotes; 7 y poniéndoles en medio, les preguntaron: ¿Con qué potestad, o en qué nombre, habéis hecho vosotros esto? 8 Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: Gobernantes del pueblo, y ancianos de Israel: 9 Puesto que hoy se nos interroga acerca del beneficio hecho a un hombre enfermo, de qué manera este haya sido sanado, 10 sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano. 11 Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. 12 Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos. 13 Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús. 14 Y viendo al hombre que había sido sanado, que estaba en pie con ellos, no podían decir nada en contra. 15 Entonces les ordenaron que saliesen del concilio; y conferenciaban entre sí, 16 diciendo: ¿Qué haremos con estos hombres? Porque de cierto, señal manifiesta ha sido hecha por ellos, notoria a todos los que moran en Jerusalén, y no lo podemos negar. 17 Sin embargo, para que no se divulgue más entre el pueblo, amenacémosles para que no hablen de aquí en adelante a hombre alguno en este nombre. 18 Y llamándolos, les intimaron que en ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús. 19 Mas Pedro y Juan respondieron diciéndoles: Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; 20 porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído. 21 Ellos entonces les amenazaron y les soltaron, no hallando ningún modo de castigarles, por causa del pueblo; porque todos glorificaban a Dios por lo que se había hecho, 22 ya que el hombre en quien se había hecho este milagro de sanidad, tenía más de cuarenta años. 23 Y puestos en libertad, vinieron a los suyos y contaron todo lo que los principales sacerdotes y los ancianos les habían dicho. 24 Y ellos, habiéndolo oído, alzaron unánimes la voz a Dios, y dijeron: Soberano Señor, tú eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay; 25 que por boca de David tu siervo dijiste: ¿Por qué se amotinan las gentes, Y los pueblos piensan cosas vanas? 26 Se reunieron los reyes de la tierra, Y los príncipes se juntaron en uno Contra el Señor, y contra su Cristo. 27 Porque verdaderamente se unieron en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel, 28 para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera. 29 Y ahora, Señor, mira sus amenazas, y concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra, 30 mientras extiendes tu mano para que se hagan sanidades y señales y prodigios mediante el nombre de tu santo Hijo Jesús. 31 Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios. NTV 1 Mientras Pedro y Juan le hablaban a la gente, se vieron enfrentados por los sacerdotes, el capitán de la guardia del templo y algunos de los saduceos. 2 Estos líderes estaban sumamente molestos porque Pedro y Juan enseñaban a la gente que hay resurrección de los muertos por medio de Jesús. 3 Los arrestaron y, como ya era de noche, los metieron en la cárcel hasta la mañana siguiente. 4 Pero muchos de los que habían oído el mensaje lo creyeron, así que el número de hombres creyentes ascendió a un total aproximado de cinco mil. 5 Al día siguiente, el Concilio — integrado por todos los gobernantes, ancianos y maestros de la ley religiosa — se reunió en Jerusalén. 6 El sumo sacerdote, Anás, estaba presente junto con Caifás, Juan, Alejandro y otros parientes del sumo sacerdote. 7 Hicieron entrar a los dos discípulos y les preguntaron: — ¿Con qué poder o en nombre de quién han hecho esto? 8 Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: — Gobernantes y ancianos de nuestro pueblo, 9 ¿nos interrogan hoy por haber hecho una buena obra a un lisiado? ¿Quieren saber cómo fue sanado? 10 Déjenme decirles claramente tanto a ustedes como a todo el pueblo de Israel que fue sanado por el poderoso nombre de Jesucristo de Nazaret, el hombre a quien ustedes crucificaron pero a quien Dios levantó de los muertos. 11 Pues es Jesús a quien se refieren las Escrituras cuando dicen: “La piedra que ustedes, los constructores, rechazaron ahora se ha convertido en la piedra principal”. 12 ¡En ningún otro hay salvación! Dios no ha dado ningún otro nombre bajo el cielo, mediante el cual podamos ser salvos. 13 Los miembros del Concilio quedaron asombrados cuando vieron el valor de Pedro y de Juan, porque veían que eran hombres comunes sin ninguna preparación especial en las Escrituras. También los identificaron como hombres que habían estado con Jesús. 14 Sin embargo, dado que podían ver allí de pie entre ellos al hombre que había sido sanado, no hubo nada que el Concilio pudiera decir. 15 Así que les ordenaron a Pedro y a Juan que salieran de la sala del Concilio, y consultaron entre ellos. 16 «¿Qué debemos hacer con estos hombres? — se preguntaban unos a otros — . No podemos negar que han hecho una señal milagrosa, y todos en Jerusalén ya lo saben. 17 Así que para evitar que sigan divulgando su propaganda aún más, tenemos que advertirles que no vuelvan a hablar con nadie en el nombre de Jesús». 18 Entonces llamaron nuevamente a los apóstoles y les ordenaron que nunca más hablaran ni enseñaran en el nombre de Jesús. 19 Pero Pedro y Juan respondieron: «¿Acaso piensan que Dios quiere que los obedezcamos a ustedes en lugar de a él? 20 Nosotros no podemos dejar de hablar acerca de todo lo que hemos visto y oído». 21 Entonces el Concilio los amenazó aún más, pero finalmente los dejaron ir porque no sabían cómo castigarlos sin desatar un disturbio. Pues todos alababan a Dios 22 por esa señal milagrosa, la sanidad de un hombre que había estado lisiado por más de cuarenta años. 23 Tan pronto como quedaron libres, Pedro y Juan volvieron adonde estaban los demás creyentes y les contaron lo que los sacerdotes principales y los ancianos les habían dicho. 24 Cuando los creyentes oyeron las noticias, todos juntos alzaron sus voces en oración a Dios: «Oh Señor Soberano, Creador del cielo y de la tierra, del mar y de todo lo que hay en ellos, 25 hace mucho tiempo tú hablaste por el Espíritu Santo mediante nuestro antepasado David, tu siervo, y dijiste: “¿Por qué estaban tan enojadas las naciones? ¿Por qué perdieron el tiempo en planes inútiles? 26 Los reyes de la tierra se prepararon para la batalla, los gobernantes se reunieron en contra del Señor y en contra de su Mesías”. 27 »De hecho, ¡eso ha ocurrido aquí en esta misma ciudad! Pues Herodes Antipas, el gobernador Poncio Pilato, los gentiles y el pueblo de Israel estaban todos unidos en contra de Jesús, tu santo siervo, a quien tú ungiste. 28 Sin embargo, todo lo que hicieron ya estaba determinado de antemano de acuerdo con tu voluntad. 29 Y ahora, oh Señor, escucha sus amenazas y danos a nosotros, tus siervos, mucho valor al predicar tu palabra. 30 Extiende tu mano con poder sanador; que se hagan señales milagrosas y maravillas por medio del nombre de tu santo siervo Jesús». 31 Después de esta oración, el lugar donde estaban reunidos tembló y todos fueron llenos del Espíritu Santo. Y predicaban con valentía la palabra de Dios.

Los discípulos de Cristo tenían un profundo sentimiento de su propia falta de eficiencia, y con humillación y oración unían su debilidad a la fuerza de Cristo, su ignorancia a la sabiduría de él, su indignidad a la justicia de él, su pobreza a la inagotable riqueza de él. Fortalecidos y equipados así, no vacilaron en avanzar en el servicio del Señor.

Poco tiempo después del descenso del Espíritu Santo, e inmediatamente después de una temporada de fervorosa oración, Pedro y Juan subieron al templo para adorar, y vieron en la puerta la Hermosa un cojo de cuarenta años de edad, que desde su nacimiento había estado afligido por el dolor y la enfermedad. Este desdichado había deseado durante largo tiempo ver a Jesús para que lo curase; pero estaba impedido y muy alejado del escenario en donde operaba el gran Médico. Sus ruegos movieron por fin a algunos amigos a llevarlo a la puerta del templo, y al llegar allí supo que Aquel en quien había puesto sus esperanzas había sido muerto cruelmente.

Su desconsuelo excitó las simpatías de quienes sabían cuán anhelosamente había esperado que Jesús lo curase, y diariamente lo llevaban al templo con el objeto de que los transeúntes le diesen una limosna para aliviar sus necesidades. Al entrar Pedro y Juan, les pidió una limosna. Los discípulos lo miraron compasivamente, y Pedro le dijo: “Mira a nosotros. Entonces él estuvo atento a ellos, esperando recibir de ellos algo. Y Pedro dijo: Ni tengo plata ni oro.” Al manifestar así Pedro su pobreza, decayó el semblante del cojo; pero se iluminó de esperanza cuando el apóstol prosiguió diciendo: “Mas lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.

“Y tomándole por la mano derecha le levantó: y luego fueron afirmados sus pies y tobillos. Y saltando, se puso en pie y anduvo: y entró con ellos en el templo, andando y saltando, y alabando a Dios. Y todo el pueblo le vio andar y alabar a Dios. Y conocían que él era el que se sentaba a la limosna a la puerta del templo, la Hermosa: y fueron llenos de asombro y de espanto por lo que le había acontecido.”

“Y teniendo a Pedro y a Juan el cojo que había sido sanado, todo el pueblo concurrió a ellos, al pórtico que se llama de Salomón, atónitos.” Se asombraban de que los discípulos pudiesen obrar milagros análogos a los que había obrado Jesús. Sin embargo, allí estaba aquel hombre, cojo e impedido durante cuarenta años, ahora con pleno uso de sus miembros, libre de dolor y dichoso de creer en Jesús.

Cuando los discípulos vieron el asombro del pueblo, Pedro preguntó: “¿Por qué os maravilláis de esto? o ¿por qué ponéis los ojos en nosotros, como si con nuestra virtud o piedad hubiésemos hecho andar a éste?” Les aseguró que la curación se había efectuado en el nombre y por los méritos de Jesús de Nazaret, a quien Dios había resucitado de entre los muertos. Declaró el apóstol: “Y en la fe de su nombre, a éste que vosotros veis y conocéis, ha confirmado su nombre; y la fe que por él es, ha dado a éste completa sanidad en presencia de todos vosotros.”

Los apóstoles hablaron claramente del gran pecado cometido por los judíos al rechazar y dar muerte al Príncipe de la vida; pero tuvieron cuidado de no sumir a sus oyentes en la desesperación. “Mas vosotros al Santo y al Justo negasteis — dijo Pedro, — y pedisteis que se os diese un homicida; y matasteis al Autor de la vida, al cual Dios ha resucitado de los muertos; de lo que nosotros somos testigos.” “Mas ahora, hermanos, sé que por ignorancia lo habéis hecho, como también vuestros príncipes. Empero Dios ha cumplido así lo que había antes anunciado por boca de todos sus profetas, que su Cristo había de padecer.” Declaró que el Espíritu Santo los estaba llamando a arrepentirse y convertirse, y les aseguró que no había esperanza de salvación sino por la misericordia de Aquel a quien ellos habían crucificado. Solamente mediante la fe en él podían ser perdonados sus pecados.

“Así que, arrepentíos y convertíos — exclamó, — para que sean borrados vuestros pecados; pues que vendrán los tiempos del refrigerio de la presencia del Señor.”

“Vosotros sois los hijos de los profetas, y del pacto que Dios concertó con nuestros padres, diciendo a Abraham: Y en tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra. A vosotros primeramente, Dios, habiendo levantado a su Hijo, le envió para que os bendijese, a fin de que cada uno se convierta de su maldad.”

Así los discípulos predicaron la resurrección de Cristo. Muchos de los oyentes estaban aguardando este testimonio, y cuando lo oyeron, creyeron. Les recordó las palabras que Cristo había hablado, y se unieron a las filas de los que aceptaron el Evangelio. La semilla que el Salvador había sembrado nació y dio fruto.

Mientras los discípulos estaban hablando al pueblo, “sobrevinieron los sacerdotes, y el magistrado del templo, y los Saduceos, resentidos de que enseñasen al pueblo, y anunciasen en Jesús la resurrección de los muertos.”

Después de la resurrección de Cristo, los sacerdotes habían difundido lejos y cerca el falso informe de que su cuerpo había sido robado por los discípulos mientras la guardia romana dormía. No es sorprendente que se disgustaran cuando oyeron a Pedro y Juan predicando la resurrección de Aquel a quien ellos habían asesinado. Especialmente los saduceos se excitaron muchísimo. Sentían que su más arraigada doctrina estaba en peligro, y que su reputación estaba comprometida.

Rápidamente crecía el número de los convertidos a la nueva fe, y tanto los fariseos como los saduceos convinieron en que si no ponían restricciones a estos nuevos instructores, su propia influencia peligraría aun más que cuando Jesús estaba en la tierra. Por lo tanto, el magistrado del templo, con la ayuda de algunos saduceos, prendió a Pedro y a Juan, y los encerró en la cárcel, pues ya era demasiado avanzada la tarde del día para someterlos a un interrogatorio.

Los enemigos de los discípulos no pudieron menos que convencerse de que Jesús había resucitado de entre los muertos. La prueba era demasiado concluyente para dar lugar a dudas. Sin embargo, endurecieron sus corazones y rehusaron arrepentirse de la terrible acción perpetrada al condenar a Jesús a muerte. A los gobernantes judíos se les había dado abundante evidencia de que los apóstoles estaban hablando y obrando bajo la inspiración divina, pero resistieron firmemente el mensaje de verdad. Cristo no había venido en la manera que esperaban, y aunque a veces se habían convencido de que él era el Hijo de Dios, habían ahogado la convicción, y le habían crucificado. En su misericordia Dios les dio todavía evidencia adicional, y ahora se les concedía otra oportunidad para que se volvieran a él. Les envió los discípulos para que les dijeran que ellos habían matado al Príncipe de la vida, y esta terrible acusación constituía ahora otro llamamiento al arrepentimiento. Pero, confiados en su presumida rectitud, los maestros judíos no quisieron admitir que quienes les inculpaban de haber crucificado a Jesús hablasen por inspiración del Espíritu Santo.

Habiéndose entregado a una conducta de oposición a Cristo, todo acto de resistencia llegaba a ser para los sacerdotes un incentivo adicional a persistir en la misma conducta. Su obstinación llegó a ser más y más determinada. No se trataba de que no pudiesen ceder; podían hacerlo, pero no querían. No era sólo porque eran culpables y dignos de muerte, ni sólo porque habían dado muerte al Hijo de Dios, por lo que fueron privados de la salvación; era porque se habían empeñado en oponerse a Dios. Rechazaron persistentemente la luz, y ahogaron las convicciones del Espíritu. La influencia que domina a los hijos de desobediencia obraba en ellos, induciéndolos a maltratar a los hombres por medio de los cuales Dios obraba. La malignidad de su rebelión fue intensificada por cada acto sucesivo de resistencia contra Dios y el mensaje que él había encomendado a sus siervos que declarasen. Cada día, al rehusar arrepentirse, los dirigentes judíos renovaron su rebelión, preparándose para segar lo que habían sembrado.

La ira de Dios no se declara contra los pecadores impenitentes meramente por causa de los pecados que han cometido, sino por causa de que, cuando son llamados al arrepentimiento, escogen continuar resistiendo, y repiten los pecados del pasado con desprecio de la luz que se les ha dado. Si los caudillos judíos se hubiesen sometido al poder convincente del Espíritu Santo, hubieran sido perdonados; pero estaban resueltos a no ceder. De la misma manera, el pecador que se obstina en continua resistencia se coloca fuera del alcance del Espíritu Santo.

El día siguiente al de la curación del cojo, Anás y Caifás, con los otros dignatarios del templo, se reunieron para juzgar la causa, y los presos fueron traídos delante de ellos. En aquel mismo lugar, y en presencia de algunos de aquellos hombres, Pedro había negado verA la puerta del templo 45 gonzosamente a su Señor. De esto se acordó muy bien al comparecer en juicio. Entonces se le deparaba ocasión de redimir su cobardía.

Los presentes que recordaban el papel que Pedro había desempeñado en el juicio de su Maestro, se lisonjeaban de que se lo podría intimidar por la amenaza de encarcelarlo y darle muerte. Pero el Pedro que negó a Cristo en la hora de su más apremiante necesidad era impulsivo y confiado en sí mismo, muy diferente del Pedro que comparecía en juicio ante el Sanedrín. Desde su caída se había convertido. Ya no era orgulloso y arrogante, sino modesto y desconfiado de sí mismo. Estaba lleno del Espíritu Santo, y con la ayuda de este poder resolvió lavar la mancha de su apostasía honrando el Nombre que una vez había negado.

Hasta entonces los sacerdotes habían evitado mencionar la crucifixión o la resurrección de Jesús. Pero ahora, para cumplir su propósito, se veían obligados a interrogar a los acusados acerca de cómo se había efectuado la curación del inválido. Así que preguntaron: “¿Con qué potestad, o en qué nombre, habéis hecho vosotros esto?”

Con santa audacia y amparado por el poder del Espíritu, Pedro respondió valientemente: “Sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, al que vosotros crucificasteis y Dios le resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano. Este es la piedra reprobada de vosotros los edificadores, la cual es puesta por cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salud; porque no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.”

Esta valerosa defensa espantó a los caudillos judíos. Se habían figurado que los discípulos quedarían abrumados por el temor y la confusión al comparecer ante el Sanedrín. Pero por el contrario, estos testigos hablaron como Cristo había hablado, con un poder convincente que hizo callar a sus adversarios. La voz de Pedro no daba indicios de temor al decir: “Este es la piedra reprobada de vosotros los edificadores, la cual es puesta por cabeza del ángulo.”

Pedro usó aquí una figura de lenguaje familiar para los sacerdotes. Los profetas habían hablado de la piedra rechazada; y Cristo mismo, hablando en una ocasión a los sacerdotes y ancianos, dijo: “¿Nunca leisteis en las Escrituras: La piedra que desecharon los que edificaban, ésta fue hecha por cabeza de esquina: por el Señor es hecho esto, y es cosa maravillosa en nuestros ojos? Por tanto os digo, que el reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que haga los frutos de él. Y el que cayere sobre esta piedra, será quebrantado; y sobre quien ella cayere, le desmenuzará.” Mateo 21:42-44
RVR1960 42 Jesús les dijo: ¿Nunca leísteis en las Escrituras: La piedra que desecharon los edificadores, Ha venido a ser cabeza del ángulo. El Señor ha hecho esto, Y es cosa maravillosa a nuestros ojos? 43 Por tanto os digo, que el reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él. 44 Y el que cayere sobre esta piedra será quebrantado; y sobre quien ella cayere, le desmenuzará. NTV 42 Entonces Jesús les preguntó: — ¿Nunca leyeron en las Escrituras: “La piedra que los constructores rechazaron ahora se ha convertido en la piedra principal. Esto es obra del Señor y es maravilloso verlo” ? 43 Les digo que a ustedes se les quitará el reino de Dios y se le dará a una nación que producirá el fruto esperado. 44 Cualquiera que tropiece con esa piedra se hará pedazos, y la piedra aplastará a quienes les caiga encima.
.

Mientras los sacerdotes escuchaban las valerosas palabras de los apóstoles, “les conocían que habían estado con Jesús.”

De los discípulos, después de la transfiguración de Cristo, leemos que al terminar la maravillosa escena, “a nadie vieron, sino sólo a Jesús.” Mateo 17:8
RVR1960 8 Y alzando ellos los ojos, a nadie vieron sino a Jesús solo. NTV 8 Cuando levantaron la vista, Moisés y Elías habían desaparecido, y vieron solo a Jesús.
. “Sólo a Jesús” — en estas palabras se halla el secreto de la vida y el poder que señaló la historia de la iglesia primitiva. Cuando los discípulos oyeron por primera vez las palabras de Cristo, sintieron su necesidad de él. Le buscaron, le hallaron, y le siguieron. Estuvieron con él en el templo, a la mesa, en la ladera de la montaña, en el campo. Eran como alumnos con un maestro, y recibían diariamente de él lecciones de verdad eterna.

Después de la ascensión del Salvador, el sentido de la presencia divina llena de amor y luz, permaneció todavía con ellos. Era una presencia personal. Jesús, el Salvador, que había caminado, hablado y orado con ellos, que había hablado palabras de esperanza y consuelo a sus corazones, mientras el mensaje de paz estaba en sus labios, había sido tomado de ellos al cielo. Mientras el carro de ángeles le recibía, los discípulos oyeron sus palabras: “He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.” El había ascendido al cielo con forma humana. Sabían que estaba delante del trono de Dios, y que todavía era su amigo y Salvador; que sus simpatías eran invariables; que estaría identificado para siempre con la humanidad doliente. Sabían que estaba presentando delante de Dios los méritos de su sangre, mostrando sus manos y pies heridos, como recuerdo del precio que había pagado por sus redimidos; y este pensamiento los fortalecía para soportar vituperio por su causa. Su unión con él era más fuerte ahora que cuando estaba con ellos en persona. La luz y el amor y el poder de un Cristo que moraba en ellos irradiaba de ellos, de modo que los hombres, al contemplarlos, se maravillaban.

Cristo puso su sello en las palabras que Pedro pronunció en su defensa. Junto al discípulo, como testigo convincente, estaba el hombre que tan maravillosamente había sido curado. La presencia de este hombre, pocas horas antes cojo inválido, y ahora perfectamente A la puerta del templo 47 sano, añadía un testimonio de peso a las palabras de Pedro. Los sacerdotes y dignatarios permanecían callados. No podían rebatir la afirmación de Pedro, pero no estaban menos determinados a poner fin a las enseñanzas de los discípulos.

El milagro culminante de Cristo, la resurrección de Lázaro, había sellado la determinación de los sacerdotes de quitar del mundo a Jesús y sus maravillosas obras, que estaban destruyendo rápidamente la influencia que ellos tenían sobre el pueblo. Lo habían crucificado; pero aquí había una prueba convincente de que no habían puesto fin a la operación de milagros en su nombre, ni a la proclamación de la verdad que él enseñaba. Ya la curación del paralítico y la predicación de los apóstoles habían llenado de excitación a Jerusalén.

A fin de encubrir su perplejidad y deliberar entre sí, los sacerdotes y dignatarios ordenaron que se sacara a los apóstoles del concilio. Todos convinieron en que sería inútil negar la curación del cojo. Gustosos hubieran encubierto el milagro con falsedades; pero esto era imposible; porque había ocurrido a la plena luz del día ante multitud de gente, y ya lo sabían millares de personas. Sentían que la obra de los discípulos debía ser detenida, o Jesús ganaría muchos seguidores. Esto les acarrearía ignominia, porque serían considerados culpables del asesinato del Hijo de Dios.

A pesar de su deseo de destruir a los discípulos, los sacerdotes sólo se atrevieron a amenazarlos con riguroso castigo si seguían hablando u obrando en el nombre de Jesús. Nuevamente los llamaron ante el Sanedrín, y les intimaron que no hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús. Pero Pedro y Juan respondieron: “Juzgad si es justo delante de Dios obedecer antes a vosotros que a Dios: porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.”

De buena gana hubieran los sacerdotes castigado a esos hombres por su inquebrantable fidelidad a su sagrada vocación; pero temían al pueblo, “porque todos glorificaban a Dios de lo que había sido hecho.” De manera que, después que se les hubieron dirigido reiteradas amenazas y órdenes, los apóstoles fueron puestos en libertad.

Mientras Pedro y Juan estaban presos, los otros discípulos, conociendo la malignidad de los judíos, habían orado incesantemente por sus hermanos, temiendo que la crueldad mostrada para con Cristo pudiera repetirse. Tan pronto como los apóstoles fueron soltados, buscaron al resto de los discípulos, y los informaron del resultado del juicio. Grande fue el gozo de los creyentes. “Alzaron unánimes la voz a Dios, y dijeron: Señor, tú eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra, la mar, y todo lo que en ellos hay; que por boca de David, tu siervo, dijiste: ¿Por qué han bramado las gentes, y los pueblos han pensado cosas vanas? Asistieron los reyes de la tierra, y los príncipes se juntaron en uno contra el Señor, y contra su Cristo. Porque verdaderamente se juntaron en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesús, al cual ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los Gentiles y los pueblos de Israel, para hacer lo que tu mano y tu consejo habían antes determinado que había de ser hecho.

“Y ahora, Señor, mira sus amenazas, y da a tus siervos que con toda confianza hablen tu palabra; que extiendas tu mano a que sanidades, y milagros, y prodigios sean hechos por el nombre de tu santo Hijo Jesús.”

Los discípulos pidieron en oración que se les impartiera mayor fuerza en la obra del ministerio, porque veían que habrían de afrontar la misma resuelta oposición que Cristo había afrontado cuando estuvo en la tierra. Mientras sus unánimes oraciones ascendían por la fe al cielo, vino la respuesta. El lugar donde estaban congregados se estremeció, y ellos fueron dotados de nuevo con el Espíritu Santo. Con el corazón lleno de valor, salieron de nuevo a proclamar la palabra de Dios en Jerusalén. “Y los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con gran esfuerzo,” y Dios bendijo maravillosamente ese esfuerzo.

El principio que los discípulos sostuvieron valientemente cuando, en respuesta a la orden de no hablar más en el nombre de Jesús, declararon: “Juzgad si es justo delante de Dios obedecer antes a vosotros que a Dios,” es el mismo que los adherentes del Evangelio lucharon por mantener en los días de la Reforma. Cuando en 1529 los príncipes alemanes se reunieron en la Dieta de Espira, se presentó allí el decreto del emperador que restringía la libertad religiosa, y que prohibía toda diseminación ulterior de las doctrinas reformadas. Parecía que toda la esperanza del mundo estaba a punto de ser destrozada. ¿Iban a aceptar los príncipes el decreto? ¿Debía privarse de la luz del Evangelio a las multitudes que estaban todavía en las tinieblas? Importantes intereses para el mundo estaban en peligro. Los que habían aceptado la fe reformada se reunieron, y su unánime decisión fué: “Rechacemos este decreto. En asunto de conciencia A la puerta del templo 49 la mayoría no tiene autoridad.” (Véase D’Aubigné, History of the Reformation, libro 13, cap. 5.)

En nuestros días debemos sostener firmemente este principio. El estandarte de la verdad y de la libertad religiosa sostenido en alto por los fundadores de la iglesia evangélica y por los testigos de Dios durante los siglos que desde entonces han pasado, ha sido, para este último conflicto, confiado a nuestras manos. La responsabilidad de este gran don descansa sobre aquellos a quienes Dios ha bendecido con un conocimiento de su Palabra. Hemos de recibir esta Palabra como autoridad suprema. Hemos de reconocer los gobiernos humanos como instituciones ordenadas por Dios mismo, y enseñar la obediencia a ellos como un deber sagrado, dentro de su legítima esfera. Pero cuando sus demandas estén en pugna con las de Dios, hemos de obedecer a Dios antes que a los hombres. La palabra de Dios debe ser reconocida sobre toda otra legislación humana. Un “Así dice Jehová” no ha de ser puesto a un lado por un “Así dice la iglesia” o un “Así dice el estado.” La corona de Cristo ha de ser elevada por sobre las diademas de los potentados terrenales.

No se nos pide que desafiemos a las autoridades. Nuestras palabras, sean habladas o escritas, deben ser consideradas cuidadosamente, no sea que por nuestras declaraciones parezcamos estar en contra de la ley y del orden y dejemos constancia de ello. No debemos decir ni hacer ninguna cosa que pudiera cerrarnos innecesariamente el camino. Debemos avanzar en el nombre de Cristo, defendiendo las verdades que se nos encomendaron. Si los hombres nos prohiben hacer esta obra, entonces podemos decir, como los apóstoles: “Juzgad si es justo delante de Dios obedecer antes a vosotros que a Dios; porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.”

This page was produced by
Estudia la Biblia Hoy
estudialabibliahoy.expressive.site


Australia/Sydney : 20260503-193946 : 1626149781039 : 1777787689250

6/12