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Mateo 8:2-4
Mateo 9:14
RVR1960
2 Y he aquí vino un leproso y se postró ante él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme.
3 Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció.
4 Entonces Jesús le dijo: Mira, no lo digas a nadie; sino ve, muéstrate al sacerdote, y presenta la ofrenda que ordenó Moisés, para testimonio a ellos.
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2 De repente, un hombre con lepra se le acercó y se arrodilló delante de él. — Señor — dijo el hombre — , si tú quieres, puedes sanarme y dejarme limpio.
3 Jesús extendió la mano y lo tocó. — Sí quiero — dijo — . ¡Queda sano! Al instante, la lepra desapareció.
4 — No se lo cuentes a nadie — le dijo Jesús — . En cambio, preséntate ante el sacerdote y deja que te examine. Lleva contigo la ofrenda que exige la ley de Moisés a los que son sanados de lepra. Esto será un testimonio público de que has quedado limpio.
Mateo 9:32-34
RVR1960
(Mr. 2.
18-22; Lc. 5.
33-39)
14 Entonces vinieron a él los discípulos de Juan, diciendo: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos muchas veces, y tus discípulos no ayunan?
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14 Un día los discípulos de Juan el Bautista se acercaron a Jesús y le preguntaron: — ¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacemos nosotros y los fariseos?
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32 Mientras salían ellos, he aquí, le trajeron un mudo, endemoniado.
33 Y echado fuera el demonio, el mudo habló; y la gente se maravillaba, y decía: Nunca se ha visto cosa semejante en Israel.
34 Pero los fariseos decían: Por el príncipe de los demonios echa fuera los demonios.
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32 Cuando se fueron, un hombre que no podía hablar, poseído por un demonio, fue llevado a Jesús.
33 Entonces Jesús expulsó al demonio y después el hombre comenzó a hablar. Las multitudes quedaron asombradas. «¡Jamás sucedió algo así en Israel! », exclamaron.
34 Sin embargo, los fariseos dijeron: «Puede expulsar demonios porque el príncipe de los demonios le da poder».
Marcos 1:40-45
Lucas 5:12-28
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(Mt. 8.
1-4; Lc. 5.
12-16)
40 Vino a él un leproso, rogándole; e hincada la rodilla, le dijo: Si quieres, puedes limpiarme.
41 Y Jesús, teniendo misericordia de él, extendió la mano y le tocó, y le dijo: Quiero, sé limpio.
42 Y así que él hubo hablado, al instante la lepra se fue de aquel, y quedó limpio.
43 Entonces le encargó rigurosamente, y le despidió luego,
44 y le dijo: Mira, no digas a nadie nada, sino ve, muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu purificación lo que Moisés mandó, para testimonio a ellos.
45 Pero ido él, comenzó a publicarlo mucho y a divulgar el hecho, de manera que ya Jesús no podía entrar abiertamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera en los lugares desiertos; y venían a él de todas partes.
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40 Un hombre con lepra se acercó, se arrodilló ante Jesús y le suplicó que lo sanara. — Si tú quieres, puedes sanarme y dejarme limpio — dijo.
41 Movido a compasión, Jesús extendió la mano y lo tocó. — Sí quiero — dijo — . ¡Queda sano!
42 Al instante, la lepra desapareció y el hombre quedó sano.
43 Entonces Jesús lo despidió con una firme advertencia:
44 — No se lo cuentes a nadie. En cambio, preséntate ante el sacerdote y deja que te examine. Lleva contigo la ofrenda que exige la ley de Moisés a los que son sanados de lepra. Esto será un testimonio público de que has quedado limpio.
45 Pero el hombre hizo correr la voz proclamando a todos lo que había sucedido. Como resultado, grandes multitudes pronto rodearon a Jesús, de modo que ya no pudo entrar abiertamente en ninguna ciudad. Tenía que quedarse en lugares apartados, pero aun así gente de todas partes seguía acudiendo a él.
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(Mt. 8.
1-4; Mr. 1.
40-45)
12 Sucedió que estando él en una de las ciudades, se presentó un hombre lleno de lepra, el cual, viendo a Jesús, se postró con el rostro en tierra y le rogó, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme.
13 Entonces, extendiendo él la mano, le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante la lepra se fue de él.
14 Y él le mandó que no lo dijese a nadie; sino ve, le dijo, muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu purificación, según mandó Moisés, para testimonio a ellos.
15 Pero su fama se extendía más y más; y se reunía mucha gente para oírle, y para que les sanase de sus enfermedades.
16 Mas él se apartaba a lugares desiertos, y oraba. (Mt. 9.
1-8; Mr. 2.
1-12)
17 Aconteció un día, que él estaba enseñando, y estaban sentados los fariseos y doctores de la ley, los cuales habían venido de todas las aldeas de Galilea, de Judea y Jerusalén; y el poder del Señor estaba con él para sanar.
18 Y sucedió que unos hombres que traían en un lecho a un hombre que estaba paralítico, procuraban llevarle adentro y ponerle delante de él.
19 Pero no hallando cómo hacerlo a causa de la multitud, subieron encima de la casa, y por el tejado le bajaron con el lecho, poniéndole en medio, delante de Jesús.
20 Al ver él la fe de ellos, le dijo: Hombre, tus pecados te son perdonados.
21 Entonces los escribas y los fariseos comenzaron a cavilar, diciendo: ¿Quién es este que habla blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?
22 Jesús entonces, conociendo los pensamientos de ellos, respondiendo les dijo: ¿Qué caviláis en vuestros corazones?
23 ¿Qué es más fácil, decir: Tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate y anda?
24 Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico): A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa.
25 Al instante, levantándose en presencia de ellos, y tomando el lecho en que estaba acostado, se fue a su casa, glorificando a Dios.
26 Y todos, sobrecogidos de asombro, glorificaban a Dios; y llenos de temor, decían: Hoy hemos visto maravillas. (Mt. 9.
9-13; Mr. 2.
13-17)
27 Después de estas cosas salió, y vio a un publicano llamado Leví, sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme.
28 Y dejándolo todo, se levantó y le siguió.
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12 En una de las aldeas, Jesús conoció a un hombre que tenía una lepra muy avanzada. Cuando el hombre vio a Jesús, se inclinó rostro en tierra y le suplicó que lo sanara. — ¡Señor! — le dijo — , ¡si tú quieres, puedes sanarme y dejarme limpio!
13 Jesús extendió la mano y lo tocó: — Sí quiero — dijo — . ¡Queda sano! Al instante, la lepra desapareció.
14 Entonces Jesús le dio instrucciones de que no dijera a nadie lo que había sucedido. Le dijo: «Preséntate ante el sacerdote y deja que te examine. Lleva contigo la ofrenda que exige la ley de Moisés a los que son sanados de lepra. Esto será un testimonio público de que has quedado limpio».
15 Sin embargo, a pesar de las instrucciones de Jesús, la noticia de su poder corrió aún más, y grandes multitudes llegaron para escucharlo predicar y ser sanados de sus enfermedades.
16 Así que Jesús muchas veces se alejaba al desierto para orar.
17 Cierto día, mientras Jesús enseñaba, algunos fariseos y maestros de la ley religiosa estaban sentados cerca. (Al parecer, esos hombres habían llegado de todas las aldeas de Galilea y Judea, y también de Jerusalén). Y el poder sanador del Señor estaba presente con fuerza en Jesús.
18 Unos hombres llegaron cargando a un paralítico en una camilla. Trataron de llevarlo dentro a donde estaba Jesús,
19 pero no pudieron acercarse a él debido a la multitud. Entonces subieron al techo y quitaron algunas tejas. Luego bajaron al enfermo en su camilla hasta ponerlo en medio de la multitud, justo frente a Jesús.
20 Al ver la fe de ellos, Jesús le dijo al hombre: «Joven, tus pecados son perdonados».
21 Entonces los fariseos y los maestros de la ley religiosa decían para sí: «¿Quién se cree que es? ¡Es una blasfemia! ¡Solo Dios puede perdonar pecados! ».
22 Jesús supo lo que pensaban, así que les preguntó: «¿Por qué cuestionan eso en su corazón?
23 ¿Qué es más fácil decir: “Tus pecados son perdonados” o “Ponte de pie y camina”?
24 Así que les demostraré que el Hijo del Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados». Entonces Jesús miró al paralítico y dijo: «¡Ponte de pie, toma tu camilla y vete a tu casa! ».
25 Al instante, delante de todos, el hombre se levantó de un salto, tomó su camilla y se fue a su casa alabando a Dios.
26 El asombro se apoderó de todos, y quedaron pasmados. Y alababan a Dios exclamando: «¡Hoy hemos visto cosas maravillosas! ».
27 Tiempo después, al salir de la ciudad, Jesús vio a un cobrador de impuestos llamado Leví sentado en su cabina de cobrador. «Sígueme y sé mi discípulo», le dijo Jesús.
28 Entonces Leví se levantó, dejó todo y lo siguió.
La lepra era la más temida de todas las enfermedades conocidas en el Oriente. Su carácter incurable y contagioso y sus efectos horribles sobre sus víctimas llenaban a los más valientes de temor. Entre los judíos, era considerada como castigo por el pecado, y por lo tanto se la llamaba el “azote,” “el dedo de Dios.” Profundamente arraigada, imposible de borrar, mortífera, era considerada como un símbolo del pecado. La ley ritual declaraba inmundo al leproso. Como si estuviese ya muerto, era despedido de las habitaciones de los hombres. Cualquier cosa que tocase quedaba inmunda y su aliento contaminaba el aire. El sospechoso de tener la enfermedad debía presentarse a los sacerdotes, quienes habían de examinarle y decidir su caso. Si le declaraban leproso, era aislado de su familia, separado de la congregación de Israel, y condenado a asociarse únicamente con aquellos que tenían una aflicción similar. La ley era inflexible en sus requerimientos. Ni aun los reyes y gobernantes estaban exentos. Un monarca atacado por esa terrible enfermedad debía entregar el cetro y huir de la sociedad.
Lejos de sus amigos y parentela, el leproso debía llevar la maldición de su enfermedad. Estaba obligado a publicar su propia calamidad, a rasgar sus vestiduras, y a hacer resonar la alarma para advertir a todos que huyesen de su presencia contaminadora. El clamor “¡Inmundo! ¡inmundo!” que en tono triste exhalaba el desterrado solitario, era una señal que se oía con temor y aborrecimiento.
En la región donde se desarrollaba el ministerio de Cristo, había muchos enfermos tales a quienes les llegaron nuevas de la obra que él hacía, y vislumbraron un rayo de esperanza. Pero desde los días del profeta Eliseo, no se había oído nunca que sanara una persona en quien se declarara esa enfermedad. No se atrevían a esperar que Jesús hiciese por ellos lo que por nadie había hecho. Sin embargo, hubo uno en cuyo corazón empezó a nacer la fe. Pero no sabía cómo llegar a Jesús. Privado como se hallaba de todo trato con sus semejantes, ¿cómo podría presentarse al Sanador?
Y además, se preguntaba si Cristo le sanaría a él. ¿Se rebajaría hasta fijarse en un ser de quien se creía que estaba sufriendo un castigo de Dios? ¿No haría como los fariseos y aun los médicos, es decir, pronunciar una maldición sobre él, y amonestarle a huir de las habitaciones de los hombres? Reflexionó en todo lo que se le había dicho de Jesús. Ninguno de los que habían pedido su ayuda había sido rechazado. El pobre hombre resolvió encontrar al Salvador. Aunque no podía penetrar en las ciudades, tal vez llegase a cruzar su senda en algún atajo de los caminos de la montaña, o le hallase mientras enseñaba en las afueras de algún pueblo. Las dificultades eran grandes, pero ésta era su única esperanza.
El leproso fue guiado al Salvador. Jesús estaba enseñando a orillas del lago, y la gente se había congregado en derredor de él. De pie a lo lejos, el leproso alcanzó a oír algunas palabras de los labios del Salvador. Le vio poner sus manos sobre los enfermos. Vio a los cojos, los ciegos, los paralíticos y los que estaban muriendo de diversas enfermedades, levantarse sanos, alabando a Dios por su liberación. La fe se fortaleció en su corazón. Se acercó más y más a la muchedumbre. Las restricciones que le eran impuestas, la seguridad de la gente, y el temor con que todos le miraban, todo fue olvidado. Pensaba tan sólo en la bendita esperanza de la curación. Presentaba un espectáculo repugnante. La enfermedad había hecho terribles estragos; su cuerpo decadente ofrecía un aspecto horrible. Al verle, la gente retrocedía con terror. Se agolpaban unos sobre otros, en su ansiedad de escapar de todo contacto con él. Algunos trataban de evitar que se acercara a Jesús, pero en vano. El ni los veía ni los oía. No percibía tampoco sus expresiones de horror. Veía tan sólo al Hijo de Dios. Oía únicamente la voz que infundía vida a los moribundos. Acercándose con esfuerzo a Jesús, se echó a sus pies clamando: “Señor, si quieres, puedes limpiarme.”
Jesús replicó: “Quiero: sé limpio,” y puso la mano sobre él. San Mateo 8:3
. Inmediatamente se realizó una transformación en el leproso. Su carne se volvió sana, los nervios recuperaron la sensibilidad, los músculos, la firmeza. La superficie tosca y escamosa, propia de la lepra, desapareció, y la reemplazó un suave color rosado como el que se nota en la piel de un niño sano.
RVR1960
3 Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció.
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3 Jesús extendió la mano y lo tocó. — Sí quiero — dijo — . ¡Queda sano! Al instante, la lepra desapareció.
Jesús encargó al hombre que no diese a conocer la obra en él realizada, sino que se presentase inmediatamente con una ofrenda al templo. Semejante ofrenda no podía ser aceptada hasta que los sacerdotes le hubiesen examinado y declarado completamente sano de la enfermedad. Por poca voluntad que tuviesen para cumplir este servicio, no podían eludir el examen y la decisión del caso.
Las palabras de la Escritura demuestran con qué urgencia Cristo recomendó a este hombre la necesidad de callar y obrar prontamente. “Entonces le apercibió, y despidióle luego. Y le dice: Mira, no digas a nadie nada; sino ve, muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu limpieza lo que Moisés mandó, para testimonio a ellos.” Si los sacerdotes hubiesen conocido los hechos relacionados con la curación del leproso, su odio hacia Cristo podría haberlos inducido a dar un fallo falto de honradez. Jesús deseaba que el hombre se presentase en el templo antes de que les llegase rumor alguno concerniente al milagro. Así se podría obtener una decisión imparcial, y el leproso sanado tendría permiso para volver a reunirse con su familia y sus amigos. Jesús tenía otros objetos en vista al recomendar silencio al hombre. Sabía que sus enemigos procuraban siempre limitar su obra, y apartar a la gente de él. Sabía que si se divulgaba la curación del leproso, otros aquejados por esta terrible enfermedad se agolparían en derredor de él y se haría correr la voz de que su contacto iba a contaminar a la gente. Muchos de los leprosos no emplearían el don de la salud en forma que fuese una bendición para sí mismos y para otros. Y al atraer a los leprosos en derredor suyo, daría ocasión de que se le acusase de violar las restricciones de la ley ritual. Así quedaría estorbada su obra de predicar el Evangelio. El acontecimiento justificó la amonestación de Cristo.
Una multitud había presenciado la curación del leproso, y anhelaba conocer la decisión de los sacerdotes. Cuando el hombre volvió a sus deudos, hubo mucha agitación. A pesar de la recomendación de Jesús, el hombre no hizo ningún esfuerzo para ocultar el hecho de su curación. Le habría sido imposible en verdad ocultarla, pero el leproso publicó la noticia en todas partes. Concibiendo que era solamente la modestia de Jesús la que le había impuesto esa restricción, anduvo proclamando el poder del gran Médico. No comprendía que cada manifestación tal hacía a los sacerdotes y ancianos más resueltos a destruir a Jesús. El hombre sanado consideraba muy precioso el don de la salud. Se regocijaba en el vigor de su virilidad, y en que había sido devuelto a su familia y a la sociedad, y le parecía imposible dejar de dar gloria al Médico que le había curado. Pero su divulgación del asunto estorbó la obra del Salvador. Hizo que la gente acudiese a él en tan densas muchedumbres, que por un tiempo se vio obligado a suspender sus labores.
Cada acto del ministerio de Cristo tenía un propósito de largo alcance. Abarcaba más de lo que el acto mismo revelaba. Así fue en el caso del leproso. Mientras Jesús ministraba a todos los que venían a él, anhelaba bendecir a los que no venían. Mientras atraía a los publicanos, los paganos y los samaritanos, anhelaba alcanzar a los sacerdotes y maestros que estaban trabados por el prejuicio y la tradición. No dejó sin probar medio alguno por el cual pudiesen ser alcanzados. Al enviar a los sacerdotes el leproso que había sanado, daba a los primeros un testimonio que estaba destinado a desarmar sus prejuicios.
Los fariseos habían aseverado que la enseñanza de Cristo se oponía a la ley que Dios había dado por medio de Moisés; pero la orden que dio al leproso limpiado, de presentar una ofrenda según la ley, probaba que esa acusación era falsa. Era suficiente testimonio para todos los que estuviesen dispuestos a ser convencidos.
Los dirigentes de Jerusalén habían enviado espías en busca de algún pretexto para dar muerte a Cristo. Él respondió dándoles una muestra de su amor por la humanidad, su respeto por la ley y su poder de librar del pecado y de la muerte. Así testificó acerca de ellos: “Pusieron contra mí mal por bien, y odio por amor.” Salmos 109:5
. El que desde el monte dio el precepto: “Amad a vuestros enemigos,” ejemplificó él mismo este principio, “no volviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino antes por el contrario, bendiciendo.” San Mateo 5:44
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5 Me devuelven mal por bien, Y odio por amor.
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5 Me devuelven mal por bien y odio a cambio de mi amor.
; 1 Pedro 3:9
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44 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen;
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44 Pero yo digo: ¡ama a tus enemigos! ¡Ora por los que te persiguen!
.
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9 no devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino por el contrario, bendiciendo, sabiendo que fuisteis llamados para que heredaseis bendición.
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9 No paguen mal por mal. No respondan con insultos cuando la gente los insulte. Por el contrario, contesten con una bendición. A esto los ha llamado Dios, y él les concederá su bendición.
Los mismos sacerdotes que habían condenado al leproso al destierro, certificaron su curación. Esta sentencia, promulgada y registrada públicamente, era un testimonio permanente en favor de Cristo. Y como el hombre sanado quedaba reintegrado a la congregación de Israel, bajo la garantía de los mismos sacerdotes, de que no había en él rastro de la enfermedad, venía a ser un testigo vivo a favor de su Benefactor. Con alegría presentó su ofrenda y ensalzó el nombre de Jesús. Los sacerdotes quedaron convencidos del poder divino del Salvador. Tuvieron oportunidad de conocer la verdad y sacar provecho de la luz. Si la rechazaban, se apartaría de ellos para no volver nunca. Muchos rechazaron la luz, pero no fue dada en vano. Fueron conmovidos muchos corazones que por un tiempo no dieron señal de serlo. Durante la vida del Salvador, su misión pareció recibir poca respuesta de amor de parte de los sacerdotes y maestros; pero después de su ascensión “una gran multitud de los sacerdotes obedecía a la fe.” Hechos 6:7
.
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7 Y crecía la palabra del Señor, y el número de los discípulos se multiplicaba grandemente en Jerusalén; también muchos de los sacerdotes obedecían a la fe.
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7 Así que el mensaje de Dios siguió extendiéndose. El número de creyentes aumentó en gran manera en Jerusalén, y muchos de los sacerdotes judíos también se convirtieron.
La obra de Cristo al purificar al leproso de su terrible enfermedad es una ilustración de su obra de limpiar el alma de pecado. El hombre que se presentó a Jesús estaba “lleno de lepra.” El mortífero veneno impregnaba todo su cuerpo. Los discípulos trataron de impedir que su Maestro le tocase; porque el que tocaba un leproso se volvía inmundo. Pero al poner su mano sobre el leproso, Jesús no recibió ninguna contaminación. Su toque impartía un poder vivificador. La lepra fue quitada. Así sucede con la lepra del pecado, que es arraigada, mortífera e imposible de ser eliminada por el poder humano. “Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente. Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa ilesa, sino herida, hinchazón y podrida llaga.” Pero Jesús, al venir a morar en la humanidad, no se contamina. Su presencia tiene poder para sanar al pecador. Quien quiera caer a sus pies, diciendo con fe: “Señor, si quieres, puedes limpiarme,” oirá la respuesta: “Quiero: sé limpio.” San Mateo 8:2-3
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2 Y he aquí vino un leproso y se postró ante él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme.
3 Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció.
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2 De repente, un hombre con lepra se le acercó y se arrodilló delante de él. — Señor — dijo el hombre — , si tú quieres, puedes sanarme y dejarme limpio.
3 Jesús extendió la mano y lo tocó. — Sí quiero — dijo — . ¡Queda sano! Al instante, la lepra desapareció.
En algunos casos de curación, Jesús no concedió inmediatamente la bendición pedida. Pero en el caso del leproso, apenas hecha la súplica fue concedida. Cuando pedimos bendiciones terrenales, tal vez la respuesta a nuestra oración sea dilatada, o Dios nos dé algo diferente de lo que pedimos, pero no sucede así cuando pedimos liberación del pecado. Él quiere limpiarnos del pecado, hacernos hijos suyos y habilitarnos para vivir una vida santa. Cristo “se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos de este presente siglo malo, conforme a la voluntad de Dios y Padre nuestro.” Gálatas 1:4. Y “ésta es la confianza que tenemos en él, que si demandáremos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que demandáremos, sabemos que tenemos las peticiones que le hubiéremos demandado.” 1 Juan 5:14
- 15. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad.” 1 Juan 1:9
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14 Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye.
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14 Y estamos seguros de que él nos oye cada vez que le pedimos algo que le agrada;
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9 Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.
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9 pero si confesamos nuestros pecados a Dios, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad.
En la curación del paralítico de Capernaúm, Cristo volvió a enseñar la misma verdad. Hizo ese milagro para que se manifestase su poder de perdonar los pecados. Y la curación del paralítico ilustra también otras verdades preciosas. Es una lección llena de enseñanza y estímulo, y por estar relacionada con los cavilosos fariseos, contiene también una advertencia.
Como el leproso, este paralítico había perdido toda esperanza de restablecerse. Su enfermedad era resultado de una vida de pecado, y sus sufrimientos eran amargados por el remordimiento. Mucho antes, había apelado a los fariseos y doctores con la esperanza de recibir alivio de sus sufrimientos mentales y físicos. Pero ellos lo habían declarado fríamente incurable y abandonado a la ira de Dios. Los fariseos consideraban la aflicción como una evidencia del desagrado divino, y se mantenían alejados de los enfermos y menesterosos. Sin embargo, cuán a menudo los mismos que se exaltaban como santos, eran más culpables que aquellos dolientes a quienes condenaban.
El paralítico se hallaba completamente desamparado y, no viendo perspectiva de ayuda en ninguna parte, se había sumido en la desesperación. Entonces oyó hablar de las obras maravillosas de Jesús. Le contaron que otros tan pecaminosos e imposibilitados como él habían quedado sanos; aun leprosos habían sido limpiados. Y los amigos que le referían estas cosas, le animaban a creer que él también podría ser curado, si lo pudieran llevar a Jesús. Pero su esperanza decaía cuando recordaba cómo había contraído su enfermedad. Temía que el Médico puro no le tolerase en su presencia.
Sin embargo, no era tanto la curación física como el alivio de su carga de pecado lo que deseaba. Si podía ver a Jesús, y recibir la seguridad del perdón y de la paz con el Cielo, estaría contento de vivir o de morir, según fuese la voluntad de Dios. El clamor del moribundo era: ¡Oh, si pudiese llegar a su presencia! No había tiempo que perder; sus carnes macilentas mostraban ya rastros de descomposición. Rogó a sus amigos que le llevasen en su camilla hasta Jesús, y con gusto ellos intentaron hacerlo. Pero tan densa era la muchedumbre que se había congregado alrededor y en el interior de la casa en que Jesús estaba, que era imposible para el enfermo y sus amigos llegar hasta él, o siquiera llegar al alcance de su voz.
Jesús estaba enseñando en la casa de Pedro. Según su costumbre, los discípulos estaban sentados alrededor de él, y “los Fariseos y doctores de la ley estaban sentados, los cuales habían venido de todas las aldeas de Galilea, y de Judea y Jerusalem.” Habían venido como espías, buscando un motivo para acusar a Jesús. Fuera del círculo de estos oficiales, se hallaba la turbamulta, compuesta de los ansiosos, los reverentes, los curiosos y los incrédulos. Estaban representadas diversas nacionalidades, y toda la escala social. “Y la virtud del Señor estaba allí para sanarlos.” El Espíritu de vida se cernía sobre la asamblea, pero los fariseos y doctores no discernían su presencia. No sentían necesidad alguna, y la curación no era para ellos. “A los hambrientos hinchió de bienes; y a los ricos envió vacíos.” Lucas 1:53
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RVR1960
53 A los hambrientos colmó de bienes, Y a los ricos envió vacíos.
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53 Al hambriento llenó de cosas buenas y a los ricos despidió con las manos vacías.
Repetidas veces, los que transportaban al paralítico trataron de abrirse paso a través de la muchedumbre, pero en vano. El enfermo miraba en derredor suyo, con angustia indecible. ¿Cómo podía abandonar su esperanza cuando la ayuda que había anhelado durante tanto tiempo estaba tan cerca? Por su indicación, sus amigos le llevaron al techo de la casa, y abriendo un boquete en dicho techo, le bajaron a los pies de Jesús. El discurso quedó interrumpido. El Salvador miró el rostro entristecido, y vio los ojos suplicantes que se clavaban en él. Comprendía el caso; había atraído a sí este espíritu perplejo y combatido por la duda. Mientras el paralítico estaba todavía en su casa, el Salvador había convencido su conciencia. Cuando se arrepintió de sus pecados, y creyó en el poder de Jesús para sanarle, la misericordia vivificadora del Salvador había bendecido primero su corazón anhelante. Jesús había visto el primer destello de la fe convertirse en la creencia de que él era el único auxiliador del pecador, y la había visto fortalecerse con cada esfuerzo hecho para llegar a su presencia. Ahora, con palabras que cayeron como música en los oídos del enfermo, el Salvador dijo: “Confía, hijo; tus pecados te son perdonados.”
La carga de desesperación se desvaneció del alma del enfermo; la paz del perdón penetró en su espíritu y resplandeció en su rostro. Su dolor físico desapareció y todo su ser quedó transformado. El paralítico impotente estaba sano, el culpable pecador, perdonado.
Con fe sencilla aceptó las palabras de Jesús como la bendición de una nueva vida. No presentó otro pedido, sino que permaneció en bienaventurado silencio, demasiado feliz para hablar. La luz del cielo se reflejaba en su semblante, y los concurrentes miraban la escena con reverencia.
Los rabinos habían esperado ansiosamente para ver en qué forma iba a disponer Cristo de ese caso. Recordaban cómo el hombre se había dirigido a ellos en busca de ayuda, y le habían negado toda esperanza o simpatía. No satisfechos con ésto, habían declarado que sufría la maldición de Dios por causa de sus pecados. Esas cosas acudieron nuevamente a su mente cuando vieron al enfermo delante de sí. Notaron el interés con que todos miraban la escena y los abrumó el temor de perder su influencia sobre el pueblo.
Estos dignatarios no cambiaron palabras entre sí, sino que mirándose los rostros unos a otros leyeron el mismo pensamiento en cada uno, de que algo había que hacer para detener la marea de los sentimientos. Jesús había declarado que los pecados del paralítico eran perdonados. Los fariseos se aferraron a estas palabras como una blasfemia, y concibieron que podrían ser presentadas como un pecado digno de muerte. Dijeron en su corazón: “Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?” Marcos 2:7
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7 ¿Por qué habla este así? Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino solo Dios?
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7 «¿Qué es lo que dice? ¡Es una blasfemia! ¡Solo Dios puede perdonar pecados! ».
Fijando en ellos una mirada bajo la cual se atemorizaron y retrocedieron, Jesús dijo: “¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? Porque, ¿qué es más fácil, decir: Los pecados te son perdonados; o decir: Levántate, y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra de perdonar pecados, (dice entonces al paralítico): Levántate, toma tu cama, y vete a tu casa.”
Entonces el que había sido traído en una camilla a Jesús, se puso de pie con la elasticidad y fuerza de la juventud. La sangre vivificadora corrió raudamente por sus venas. Todo órgano de su cuerpo se puso en repentina actividad. El rosado color de la salud sucedió a la palidez de la muerte cercana. “Entonces él se levantó luego, y tomando su lecho, se salió delante de todos, de manera que todos se asombraron, y glorificaron a Dios, diciendo: Nunca tal hemos visto.
“¡Oh admirable amor de Cristo, que se inclina a sanar al culpable y afligido! ¡La divinidad se compadece de los males de la doliente humanidad y los calma! ¡Oh maravilloso poder así manifestado en favor de los hijos de los hombres! ¿Quién puede dudar del mensaje de salvación? ¿Quién puede despreciar las misericordias de un Redentor compasivo?
Para restaurar la salud a ese cuerpo que se corrompía, no se necesitaba menos que el poder creador. La misma voz que infundió vida al hombre creado del polvo de la tierra, había infundido vida al paralítico moribundo. Y el mismo poder que dio vida al cuerpo, había renovado el corazón. El que en la creación “dijo, y fue hecho,” “mandó, y existió,” Salmos 33:9
, había infundido por su palabra vida al alma muerta en delitos y pecados. La curación del cuerpo era una evidencia del poder que había renovado el corazón. Cristo ordenó al paralítico que se levantase y anduviese, “para que sepáis, dijo, que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra de perdonar pecados.”
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9 Porque él dijo, y fue hecho; El mandó, y existió.
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9 Pues cuando habló, el mundo comenzó a existir; apareció por orden del Señor.
El paralítico halló en Cristo curación, tanto para el alma como para el cuerpo. La curación espiritual fue seguida por la restauración física. Esta lección no debe ser pasada por alto. Hay hoy día miles que están sufriendo de enfermedad física y que, como el paralítico, están anhelando el mensaje: “Tus pecados te son perdonados.” La carga de pecado, con su intranquilidad y deseos no satisfechos es el fundamento de sus enfermedades. No pueden hallar alivio hasta que vengan al Médico del alma. La paz que él solo puede dar, impartiría vigor a la mente y salud al cuerpo.
Jesús vino para “deshacer las obras del diablo.” “En él estaba la vida,” y él dice: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.” Él es un “espíritu vivificante.” 1 Juan 3:8
; San Juan 1:4
RVR1960
8 El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo.
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8 Sin embargo, cuando alguien sigue pecando, demuestra que pertenece al diablo, el cual peca desde el principio; pero el Hijo de Dios vino para destruir las obras del diablo.
; 10:10; 1 Corintios 15:45
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4 En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
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4 La Palabra le dio vida a todo lo creado, y su vida trajo luz a todos.
. Y tiene todavía el mismo poder vivificante que, mientras estaba en la tierra, sanaba a los enfermos y perdonaba al pecador. Él “perdona todas tus iniquidades,” él “sana todas tus dolencias.” Salmos 103:3
RVR1960
45 Así también está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante.
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45 Las Escrituras nos dicen: «El primer hombre, Adán, se convirtió en un ser viviente», pero el último Adán — es decir, Cristo — es un Espíritu que da vida.
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3 El es quien perdona todas tus iniquidades, El que sana todas tus dolencias;
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3 Él perdona todos mis pecados y sana todas mis enfermedades.
El efecto producido sobre el pueblo por la curación del paralítico fue como si el cielo, después de abrirse, hubiese revelado las glorias de un mundo mejor. Mientras que el hombre curado pasaba por entre la multitud, bendiciendo a Dios a cada paso, y llevando su carga como si hubiese sido una pluma, la gente retrocedía para darle paso, y con temerosa reverencia le miraban los circunstantes, murmurando entre sí: “Hemos visto maravillas hoy.”
Los fariseos estaban mudos de asombro y abrumados por su derrota. Veían que no había oportunidad de inflamar a la multitud con sus celos. El prodigio realizado en el hombre, a quien ellos habían entregado a la ira de Dios, había impresionado de tal manera a la gente, que por el momento los rabinos quedaron olvidados. Vieron que Cristo poseía un poder que ellos habían atribuido a Dios solo; sin embargo, la amable dignidad de sus modales, estaba en marcado contraste con el porte altanero de ellos. Estaban desconcertados y avergonzados; y reconocían, aunque no lo confesaban, la presencia de un Ser superior. Cuanto más convincente era la prueba de que Jesús tenía en la tierra poder de perdonar los pecados, tanto más firmemente se atrincheraban en la incredulidad. Salieron de la casa de Pedro, donde habían visto al paralítico curado por la palabra de Jesús, para inventar nuevas maquinaciones con el fin de hacer callar al Hijo de Dios.
La enfermedad física, por maligna que fuese y arraigada que estuviera, era curada por el poder de Cristo; pero la enfermedad del alma se apoderaba más firmemente de aquellos que cerraban sus ojos para no ver la luz. La lepra y la parálisis no eran tan terribles como el fanatismo y la incredulidad.
En la casa del paralítico sanado, hubo gran regocijo cuando él volvió a su familia, trayendo con facilidad la cama sobre la cual se le había llevado de su presencia poco tiempo antes. Le rodearon con lágrimas de alegría, casi sin atreverse a creer lo que veían sus ojos. Estaba delante de ellos, en el pleno vigor de la virilidad. Aquellos brazos que ellos habían visto sin vida, obedecían prestamente a su voluntad. La carne que se había encogido, adquiriendo un color plomizo, era ahora fresca y rosada. El hombre andaba con pasos firmes y libres. En cada rasgo de su rostro estaban escritos el gozo y la esperanza; y una expresión de pureza y paz había reemplazado los rastros del pecado y del sufrimiento. De aquel hogar subieron alegres palabras de agradecimiento, y Dios quedó glorificado por medio de su Hijo, que había devuelto la esperanza al desesperado, y fuerza al abatido. Este hombre y su familia estaban listos para poner sus vidas por Jesús. Ninguna duda enturbiaba su fe, ninguna incredulidad manchaba su lealtad hacia Aquel que había impartido luz a su obscurecido hogar.