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versículo
Lucas 4:16-30
RVR1960
(Mt. 13.
53-58; Mr. 6.
1-6)
16 Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer.
17 Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito:
18 El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; A pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los ciegos; A poner en libertad a los oprimidos;
19 A predicar el año agradable del Señor.
20 Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él.
21 Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros.
22 Y todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca, y decían: ¿No es este el hijo de José?
23 Él les dijo: Sin duda me diréis este refrán: Médico, cúrate a ti mismo; de tantas cosas que hemos oído que se han hecho en Capernaum, haz también aquí en tu tierra.
24 Y añadió: De cierto os digo, que ningún profeta es acepto en su propia tierra.
25 Y en verdad os digo que muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado por tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en toda la tierra;
26 pero a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón.
27 Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo; pero ninguno de ellos fue limpiado, sino Naamán el sirio.
28 Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira;
29 y levantándose, le echaron fuera de la ciudad, y le llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba edificada la ciudad de ellos, para despeñarle.
30 Mas él pasó por en medio de ellos, y se fue.
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16 Cuando llegó a Nazaret, la aldea donde creció, fue como de costumbre a la sinagoga el día de descanso y se puso de pie para leer las Escrituras.
17 Le dieron el rollo del profeta Isaías. Jesús lo desenrolló y encontró el lugar donde está escrito lo siguiente:
18 «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar la Buena Noticia a los pobres. Me ha enviado a proclamar que los cautivos serán liberados, que los ciegos verán, que los oprimidos serán puestos en libertad,
19 y que ha llegado el tiempo del favor del Señor ».
20 Lo enrolló de nuevo, se lo entregó al ayudante y se sentó. Todas las miradas en la sinagoga se fijaron en él.
21 Después Jesús comenzó a hablarles: «La Escritura que acaban de oír ¡se ha cumplido este mismo día! ».
22 Todos hablaban bien de él y estaban asombrados de la gracia con la que salían las palabras de su boca. «¿Cómo puede ser? — preguntaban — . ¿No es este el hijo de José? ».
23 Entonces Jesús les dijo: «Seguramente ustedes me citarán el proverbio que dice: “Médico, cúrate a ti mismo” para decirme: “Haz milagros aquí en tu propio pueblo como los que hiciste en Capernaúm”.
24 Pero les digo la verdad, ningún profeta es aceptado en su propio pueblo.
25 »Sin duda había muchas viudas necesitadas en Israel en el tiempo de Elías, cuando los cielos se cerraron por tres años y medio y un hambre terrible devastó la tierra.
26 Sin embargo, Elías no fue enviado a ninguna de ellas. En cambio, lo enviaron a una extranjera, a una viuda de Sarepta en la tierra de Sidón.
27 También muchas personas en Israel tenían lepra en el tiempo del profeta Eliseo, pero el único sanado fue Naamán, un sirio».
28 Al oír eso la gente de la sinagoga se puso furiosa.
29 Se levantaron de un salto, lo atacaron y lo llevaron a la fuerza hasta el borde del cerro sobre el cual estaba construida la ciudad. Querían arrojarlo por el precipicio,
30 pero él pasó por en medio de la multitud y siguió su camino.
Una sombra cruzó los agradables días del ministerio de Cristo en Galilea. La gente de Nazaret le rechazó. “¿No es éste el hijo del carpintero?” decía.
Durante su niñez y juventud, Jesús había adorado entre sus hermanos en la sinagoga de Nazaret. Desde que iniciara su ministerio, había estado ausente, pero ellos no ignoraban lo que le había acontecido. Cuando volvió a aparecer entre ellos, su interés y expectativa se avivaron en sumo grado. Allí estaban las caras familiares de aquellos a quienes conociera desde la infancia. Allí estaban su madre, sus hermanos y hermanas, y todos los ojos se dirigieron a él cuando entró en la sinagoga el sábado y ocupó su lugar entre los adoradores.
En el culto regular del día, el anciano leyó de los profetas, y exhortó a la gente a esperar todavía al que había de venir, al que iba a introducir un reino glorioso y desterrar toda la opresión. Repasando la evidencia de que la venida del Mesías estaba cerca, procuró alentar a sus oyentes. Describió la gloria de su advenimiento, recalcando la idea de que aparecería a la cabeza de ejércitos para librar a Israel.
Cuando un rabino estaba presente en la sinagoga, se esperaba que diese el sermón, y cualquier israelita podía hacer la lectura de los profetas. En ese sábado, se pidió a Jesús que tomase parte en el culto. “Se levantó a leer. Y fuéle dado el libro del profeta Isaías.” Según se lo comprendía, el pasaje por él leído se refería al Mesías:
“El espíritu del Señor es sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres: me ha enviado para sanar a los quebrantados de corazón; para pregonar a los cautivos libertad, y a los ciegos vista; para poner en libertad a los quebrantados: para predicar el año agradable del Señor.”
“Y rollando el libro, lo dio al ministro, . . y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él . . Y todos le daban testimonio, y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca.” San Lucas 4:20-22
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20 Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él.
21 Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros.
22 Y todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca, y decían: ¿No es este el hijo de José?
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20 Lo enrolló de nuevo, se lo entregó al ayudante y se sentó. Todas las miradas en la sinagoga se fijaron en él.
21 Después Jesús comenzó a hablarles: «La Escritura que acaban de oír ¡se ha cumplido este mismo día! ».
22 Todos hablaban bien de él y estaban asombrados de la gracia con la que salían las palabras de su boca. «¿Cómo puede ser? — preguntaban — . ¿No es este el hijo de José? ».
Jesús estaba delante de la gente como exponente vivo de las profecías concernientes a él mismo. Explicando las palabras que había leído, habló del Mesías como del que había de aliviar a los oprimidos, libertar a los cautivos, sanar a los afligidos, devolver la vista a los ciegos y revelar al mundo la luz de la verdad. Su actitud impresionante y el maravilloso significado de sus palabras conmovieron a los oyentes con un poder que nunca antes habían sentido. El flujo de la influencia divina quebrantó toda barrera; como Moisés, contemplaban al Invisible. Mientras sus corazones estaban movidos por el Espíritu Santo, respondieron con fervientes amenes y alabaron al Señor.
Pero cuando Jesús anunció: “Hoy se ha cumplido esta Escritura en vuestros oídos,” se sintieron inducidos repentinamente a pensar en sí mismos y en los asertos de quien les dirigía la palabra. Ellos, israelitas, hijos de Abrahán, habían sido representados como estando en servidumbre. Se les hablaba como a presos que debían ser librados del poder del mal; como si habitasen en tinieblas, necesitados de la luz de la verdad. Su orgullo se ofendió, y sus recelos se despertaron. Las palabras de Jesús indicaban que la obra que iba a hacer en su favor era completamente diferente de lo que ellos deseaban. Tal vez iba a investigar sus acciones con demasiado detenimiento. A pesar de su meticulosidad en las ceremonias externas, rehuían la inspección de aquellos ojos claros y escrutadores.
¿Quién es este Jesús? preguntaron. El que se había arrogado la gloria del Mesías era el hijo de un carpintero, y había trabajado en su oficio con su padre José. Le habían visto subiendo y bajando trabajosamente por las colinas; conocían a sus hermanos y hermanas, su vida y sus ocupaciones. Le habían visto convertirse de niño en adolescente, y de adolescente en hombre. Aunque su vida había sido intachable, no querían creer que fuese el Prometido.
¡Qué contraste entre su enseñanza acerca del nuevo reino y lo que habían oído decir a su anciano rabino! Nada había dicho Jesús acerca de librarlos de los romanos. Habí- an oído hablar de sus milagros, y esperaban que su poder se ejerciese en beneficio de ellos; pero no habían visto indicación de semejante propósito.
Al abrir la puerta a la duda, y por haberse enternecido momentáneamente, sus corazones se fueron endureciendo tanto más. Satanás estaba decidido a que los ojos ciegos no fuesen abiertos ese día, ni libertadas las almas aherrojadas en la esclavitud. Con intensa energía, obró para aferrarlas en su incredulidad. No tuvieron en cuenta la señal ya dada, cuando fueron conmovidos por la convicción de que era su Redentor quien se dirigía a ellos.
Pero Jesús les dio entonces una evidencia de su divinidad revelando sus pensamientos secretos. Les dijo: “Sin duda me diréis este refrán: Médico, cúrate a ti mismo: de tantas cosas que hemos oído haber sido hechas en Capernaúm, haz también aquí en tu tierra. Y dijo: De cierto os digo, que ningún profeta es acepto en su tierra. Mas en verdad os digo, que muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado por tres años y seis meses, que hubo una grande hambre en toda la tierra; pero a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a Sarepta de Sidón, a una mujer viuda. Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo; mas ninguno de ellos fue limpio, sino Naamán el siro.” San Lucas 4:23-27
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23 Él les dijo: Sin duda me diréis este refrán: Médico, cúrate a ti mismo; de tantas cosas que hemos oído que se han hecho en Capernaum, haz también aquí en tu tierra.
24 Y añadió: De cierto os digo, que ningún profeta es acepto en su propia tierra.
25 Y en verdad os digo que muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado por tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en toda la tierra;
26 pero a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón.
27 Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo; pero ninguno de ellos fue limpiado, sino Naamán el sirio.
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23 Entonces Jesús les dijo: «Seguramente ustedes me citarán el proverbio que dice: “Médico, cúrate a ti mismo” para decirme: “Haz milagros aquí en tu propio pueblo como los que hiciste en Capernaúm”.
24 Pero les digo la verdad, ningún profeta es aceptado en su propio pueblo.
25 »Sin duda había muchas viudas necesitadas en Israel en el tiempo de Elías, cuando los cielos se cerraron por tres años y medio y un hambre terrible devastó la tierra.
26 Sin embargo, Elías no fue enviado a ninguna de ellas. En cambio, lo enviaron a una extranjera, a una viuda de Sarepta en la tierra de Sidón.
27 También muchas personas en Israel tenían lepra en el tiempo del profeta Eliseo, pero el único sanado fue Naamán, un sirio».
Por esta relación de sucesos ocurridos en la vida de los profetas, Jesús hizo frente a las dudas de sus oyentes. A los siervos a quienes Dios había escogido para una obra especial, no se les permitió trabajar por la gente de corazón duro e incrédula. Pero los que tenían corazón para sentir y fe para creer se vieron especialmente favorecidos por las evidencias de su poder mediante los profetas. En los días de Elías, Israel se había apartado de Dios. Se aferraba a sus pecados y rechazaba las amonestaciones del Espíritu enviadas por medio de los mensajeros del Señor. Así se había apartado del conducto por medio del cual podía recibir la bendición de Dios. El Señor pasó por alto las casas de Israel, y halló refugio para su siervo en una tierra pagana, en la casa de una mujer que no pertenecía al pueblo escogido. Pero ella fue favorecida porque seguía la luz que había recibido, y su corazón estaba abierto para recibir la mayor luz que Dios le enviaba mediante su profeta.
Por esta misma razón, los leprosos de Israel fueron pasados por alto en tiempo de Eliseo. Pero Naamán, noble pagano que había sido fiel a sus convicciones de lo recto y había sentido su gran necesidad de ayuda, estaba en condición de recibir los dones de la gracia de Dios. No solamente fue limpiado de su lepra, sino también bendecido con un conocimiento del verdadero Dios.
Nuestra situación delante de Dios depende, no de la cantidad de luz que hemos recibido, sino del empleo que damos a la que tenemos. Así, aun los paganos que eligen lo recto en la medida en que lo pueden distinguir, están en una condición más favorable que aquellos que tienen gran luz y profesan servir a Dios, pero desprecian la luz y por su vida diaria contradicen su profesión de fe.
Las palabras de Jesús a sus oyentes en la sinagoga llegaron a la raíz de su justicia propia, haciéndoles sentir la amarga verdad de que se habían apartado de Dios y habían perdido su derecho a ser su pueblo. Cada palabra cortaba como un cuchillo, mientras Jesús les presentaba su verdadera condición. Ahora despreciaban la fe que al principio les inspirara. No querían admitir que Aquel que había surgido de la pobreza y la humildad fuese otra cosa que un hombre común.
Su incredulidad engendró malicia. Satanás los dominó, y con ira clamaron contra el Salvador. Se habían apartado de Aquel cuya misión era sanar y restaurar; y ahora manifestaban los atributos del destructor.
Cuando Jesús se refirió a las bendiciones dadas a los gentiles, el fiero orgullo nacional de sus oyentes despertó, y las palabras de él se ahogaron en un tumulto de voces. Esa gente se había jactado de guardar la ley; pero ahora que veía ofendidos sus prejuicios, estaba lista para cometer homicidio. La asamblea se disolvió, y empujando a Jesús, le echó de la sinagoga y de la ciudad. Todos parecían ansiosos de matarle. Le llevaron hasta la orilla de un precipicio, con la intención de despeñarle. Gritos y maldiciones llenaban el aire. Algunos le tiraban piedras, cuando repentinamente desapareció de entre ellos. Los mensajeros celestiales que habían estado a su lado en la sinagoga estaban con él en medio de la muchedumbre enfurecida. Le resguardaron de sus enemigos y le condujeron a un lugar seguro.
También los ángeles habían protegido a Lot y le habían conducido en salvo de en medio de Sodoma. Así protegieron a Eliseo en la pequeña ciudad de la montaña. Cuando las colinas circundantes estaban ocupadas por caballos y carros del rey de Siria, y por la gran hueste de sus hombres armados, Eliseo contempló las laderas más cercanas cubiertas con los ejércitos de Dios: caballos y carros de fuego en derredor del siervo del Señor.
Así, en todas las edades, los ángeles han estado cerca de los fieles que siguieran a Cristo. La vasta confederación del mal está desplegada contra todos aquellos que quisieren vencer; pero Cristo quiere que miremos las cosas que no se ven, los ejércitos del cielo acampados en derredor de los que aman a Dios, para librarlos. De qué peligros, vistos o no vistos, hayamos sido salvados por la intervención de los ángeles, no lo sabremos nunca hasta que a la luz de la eternidad veamos las providencias de Dios. Entonces sabremos que toda la familia del cielo estaba interesada en la familia de esta tierra, y que los mensajeros del trono de Dios acompañaban nuestros pasos día tras día.
Cuando en la sinagoga Jesús leyó la profecía, se detuvo antes de la especificación final referente a la obra del Mesías. Habiendo leído las palabras: “A proclamar año de la buena voluntad de Jehová,” omitió la frase: “Y día de venganza del Dios nuestro.” Isaías 61:2. Esta frase era tan cierta como la primera de la profecía, y con su silencio Jesús no negó la verdad. Pero sus oyentes se deleitaban en espaciarse en esa última expresión, y deseaban ansiosamente su cumplimiento. Pronunciaban juicios contra los paganos, no discerniendo que su propia culpa era mayor que la de los demás. Ellos mismos estaban en la más profunda necesidad de la misericordia que estaban tan listos para negar a los paganos. Ese día en la sinagoga, cuando Jesús se levantó entre ellos, tuvieron oportunidad de aceptar el llamamiento del cielo. Aquel que “es amador de misericordia,” Miqueas 7:18
, anhelaba salvarlos de la ruina que sus pecados atraían.
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18 ¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia.
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18 ¿Dónde hay otro Dios como tú, que perdona la culpa del remanente y pasa por alto los pecados de su preciado pueblo? No seguirás enojado con tu pueblo para siempre, porque tú te deleitas en mostrar tu amor inagotable.
No iba a abandonarlos sin llamarlos una vez más al arrepentimiento. Hacia la terminación de su ministerio en Galilea, volvió a visitar el hogar de su niñez. Desde que se le rechazara allí, la fama de su predicación y sus milagros había llenado el país. Nadie podía negar ahora que poseía un poder más que humano. Los habitantes de Nazaret sabían que iba haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos del diablo. Alrededor de ellos había pueblos enteros donde no se oía un gemido de enfermedad en ninguna casa; porque él había pasado por allí, sanando a todos sus enfermos. La misericordia revelada en todo acto de su vida atestiguaba su ungimiento divino.
Otra vez, mientras escuchaban sus palabras, los nazarenos fueron movidos por el Espíritu divino. Pero tampoco entonces quisieron admitir que ese hombre, que se había criado entre ellos, era mayor que ellos o diferente. Todavía sentían el amargo recuerdo de que, mientras aseveraba ser el Prometido, les había negado un lugar con Israel; porque les había demostrado que eran menos dignos del favor de Dios que una mujer y un hombre paganos. Por ello, aunque se preguntaban: “¿De dónde tiene éste esta sabiduría, y estas maravillas?” no le quisieron recibir como el Cristo divino. Por causa de su incredulidad, el Salvador no pudo hacer muchos milagros entre ellos. Tan sólo algunos corazones fueron abiertos a su bendición, y con pesar se apartó, para no volver nunca.
La incredulidad, una vez albergada, continuó dominando a los hombres de Nazaret. Así dominó al Sanedrín y la nación. Para los sacerdotes y la gente, el primer rechazamiento de la demostración del Espíritu Santo fue el principio del fin. A fin de demostrar que su primera resistencia era correcta, continuaron desde entonces cavilando en las palabras de Cristo. Su rechazamiento del Espíritu culminó en la cruz del Calvario, en la destrucción de su ciudad, en la dispersión de la nación a los vientos del cielo.
¡Oh, cuánto anhelaba Cristo revelar a Israel los preciosos tesoros de la verdad! Pero tal era su ceguera espiritual que fue imposible revelarle las verdades relativas a su reino. Se aferraron a su credo y a sus ceremonias inútiles, cuando la verdad del cielo aguardaba su aceptación. Gastaban su dinero en tamo y hojarasca, cuando el pan de vida estaba a su alcance. ¿Por qué no fueron a la Palabra de Dios, para buscar diligentemente y ver si estaban en error? Las escrituras del Antiguo Testamento presentaban claramente todo detalle del ministerio de Cristo, y repetidas veces citaba él de los profetas y decía: “Hoy se ha cumplido esta escritura en vuestros oídos.” Si ellos hubiesen escudriñado honradamente las Escrituras, sometiendo sus teorías a la prueba de la Palabra de Dios, Jesús no habría necesitado llorar por su impenitencia. No habría necesitado declarar: “He aquí vuestra casa os es dejada desierta.” Podrían haber conocido las evidencias de su carácter de Mesías, y la calamidad que arruinó su orgullosa ciudad podría haber sido evitada. Pero las miras de los judíos se habían estrechado por su fanatismo irracional. Las lecciones de Cristo revelaban sus deficiencias de carácter y exigían arrepentimiento. Si ellos aceptaban estas enseñanzas, debían cambiar sus prácticas y abandonar las esperanzas que habían acariciado. A fin de ser honrados por el Cielo, debían sacrificar la honra de los hombres. Si obedecían a las palabras de este nuevo rabino, debían ir contra las opiniones de los grandes pensadores y maestros de aquel tiempo.
La verdad era impopular en el tiempo de Cristo. Es impopular en el nuestro. Lo fue desde que por primera vez Satanás la hizo desagradable al hombre, presentándole fábulas que conducen a la exaltación propia. ¿No encontramos hoy teorías y doctrinas que no tienen fundamento en la Palabra de Dios? Los hombres se aferran hoy tan tenazmente a ellas como los judíos a sus tradiciones.
Los dirigentes judíos estaban llenos de orgullo espiritual. Su deseo de glorificar al yo se manifestaba aun en el ritual del santuario. Amaban los lugares destacados en la sinagoga, y los saludos en las plazas; les halagaba el sonido de los títulos en labios de los hombres. A medida que la verdadera piedad declinaba entre ellos, se volvían más celosos de sus tradiciones y ceremonias.
Por cuanto el prejuicio egoísta había obscurecido su entendimiento, no podían armonizar el poder de las convincentes palabras de Cristo con la humildad de su vida. No apreciaban el hecho de que la verdadera grandeza no necesita ostentación externa. La pobreza de ese hombre parecía completamente opuesta a su aserto de ser el Mesías. Se preguntaban: Si es lo que dice ser, ¿por qué es tan modesto? Si prescindía de la fuerza de las armas, ¿qué llegaría a ser de su nación? ¿Cómo se lograría que el poder y la gloria tanto tiempo esperados convertiesen a las naciones en súbditas de la ciudad de los judíos? ¿No habían enseñado los sacerdotes que Israel debía gobernar sobre toda la tierra? ¿Era posible que los grandes maestros religiosos estuviesen en error?
Pero no fue simplemente la ausencia de gloria externa en la vida de Jesús lo que indujo a los judíos a rechazarle. Era él la personificación de la pureza, y ellos eran impuros. Moraba entre los hombres como ejemplo de integridad inmaculada. Su vida sin culpa hacía fulgurar la luz sobre sus corazones. Su sinceridad revelaba la falta de sinceridad de ellos. Ponía de manifiesto el carácter huero de su piedad presuntuosa, y les revelaba la iniquidad en toda su odiosidad. Esa luz no era bienvenida para ellos.
Si Cristo hubiese encauzado la atención general hacia los fariseos y ensalzado su saber y piedad, le habrían recibido con gozo. Pero cuando hablaba del reino de Dios como dispensación de misericordia para toda la humanidad, presentaba una fase de la religión que ellos no querían tolerar. Su propio ejemplo y enseñanza no habían tendido nunca a hacer deseable el servicio de Dios. Cuando veían a Jesús prestar atención a aquellos a quienes ellos odiaban y repelían, se excitaban las peores pasiones de sus orgullosos corazones. Con toda su jactancia de que bajo el “León de la tribu de Judá” Apocalipsis 5:5
, Israel sería exaltado a la preeminencia sobre todas las naciones, podrían haber soportado la defraudación de sus ambiciosas esperanzas mejor que la reprensión de sus pecados de parte de Cristo y el oprobio que sentían en presencia de su pureza.
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5 Y uno de los ancianos me dijo: No llores. He aquí que el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos.
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5 pero uno de los veinticuatro ancianos me dijo: «¡Deja de llorar! Mira, el León de la tribu de Judá, el heredero del trono de David, ha ganado la victoria. Él es digno de abrir el rollo y sus siete sellos».
“Y de hacer bien y de la comunicación no os olvidéis: porque de tales sacrificios se agrada Jehová.” — Hebreos 13:16
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16 Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios.
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16 Y no se olviden de hacer el bien ni de compartir lo que tienen con quienes pasan necesidad. Estos son los sacrificios que le agradan a Dios.
“Yo empero a Jehová esperaré, esperaré al Dios de mi salud: el Dios mío me oirá.”
— Miqueas 7:7
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7 Mas yo a Jehová miraré, esperaré al Dios de mi salvación; el Dios mío me oirá.
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7 En cuanto a mí, busco la ayuda del Señor. Espero confiadamente que Dios me salve, y con seguridad mi Dios me oirá.
“Bueno es Jehová a los que en él esperan, al alma que le buscare.”
— Lamentaciones 3:25
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25 Bueno es Jehová a los que en él esperan, al alma que le busca.
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25 El Señor es bueno con los que dependen de él, con aquellos que lo buscan.