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Mateo 10:1-42
Marcos 6:7-11
RVR1960
(Mr. 3.
13-19; Lc. 6.
12-16)
1 Entonces llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia.
2 Los nombres de los doce apóstoles son estos: primero Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano; Jacobo hijo de Zebedeo, y Juan su hermano;
3 Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo el publicano, Jacobo hijo de Alfeo, Lebeo, por sobrenombre Tadeo,
4 Simón el cananista, y Judas Iscariote, el que también le entregó. (Mr. 6.
7-13; Lc. 9.
1-6)
5 A estos doce envió Jesús, y les dio instrucciones, diciendo: Por camino de gentiles no vayáis, y en ciudad de samaritanos no entréis,
6 sino id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel.
7 Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado.
8 Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia.
9 No os proveáis de oro, ni plata, ni cobre en vuestros cintos;
10 ni de alforja para el camino, ni de dos túnicas, ni de calzado, ni de bordón; porque el obrero es digno de su alimento.
11 Mas en cualquier ciudad o aldea donde entréis, informaos quién en ella sea digno, y posad allí hasta que salgáis.
12 Y al entrar en la casa, saludadla.
13 Y si la casa fuere digna, vuestra paz vendrá sobre ella; mas si no fuere digna, vuestra paz se volverá a vosotros.
14 Y si alguno no os recibiere, ni oyere vuestras palabras, salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies.
15 De cierto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma y de Gomorra, que para aquella ciudad.
16 He aquí, yo os envío como a ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas.
17 Y guardaos de los hombres, porque os entregarán a los concilios, y en sus sinagogas os azotarán;
18 y aun ante gobernadores y reyes seréis llevados por causa de mí, para testimonio a ellos y a los gentiles.
19 Mas cuando os entreguen, no os preocupéis por cómo o qué hablaréis; porque en aquella hora os será dado lo que habéis de hablar.
20 Porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros.
21 El hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; y los hijos se levantarán contra los padres, y los harán morir.
22 Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas el que persevere hasta el fin, este será salvo.
23 Cuando os persigan en esta ciudad, huid a la otra; porque de cierto os digo, que no acabaréis de recorrer todas las ciudades de Israel, antes que venga el Hijo del Hombre.
24 El discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor.
25 Bástale al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su señor. Si al padre de familia llamaron Beelzebú, ¿cuánto más a los de su casa? (Lc. 12.
2-9)
26 Así que, no los temáis; porque nada hay encubierto, que no haya de ser manifestado; ni oculto, que no haya de saberse.
27 Lo que os digo en tinieblas, decidlo en la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde las azoteas.
28 Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.
29 ¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre.
30 Pues aun vuestros cabellos están todos contados.
31 Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos.
32 A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos.
33 Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos. (Lc. 12.
49-53; 14.
26-27)
34 No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada.
35 Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra;
36 y los enemigos del hombre serán los de su casa.
37 El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí;
38 y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí.
39 El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará. (Mr. 9.
41)
40 El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió.
41 El que recibe a un profeta por cuanto es profeta, recompensa de profeta recibirá; y el que recibe a un justo por cuanto es justo, recompensa de justo recibirá.
42 Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa.
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1 Jesús reunió a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus malignos y para sanar toda clase de enfermedades y dolencias.
2 Los nombres de los doce apóstoles son los siguientes: Primero, Simón (también llamado Pedro), luego Andrés (el hermano de Pedro), Santiago (hijo de Zebedeo), Juan (el hermano de Santiago),
3 Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo (el cobrador de impuestos), Santiago (hijo de Alfeo), Tadeo,
4 Simón (el zelote), Judas Iscariote (quien después lo traicionó).
5 Jesús envió a los doce apóstoles con las siguientes instrucciones: «No vayan a los gentiles ni a los samaritanos,
6 sino solo al pueblo de Israel, las ovejas perdidas de Dios.
7 Vayan y anúncienles que el reino del cielo está cerca.
8 Sanen a los enfermos, resuciten a los muertos, curen a los que tienen lepra y expulsen a los demonios. ¡Den tan gratuitamente como han recibido!
9 »No lleven nada de dinero en el cinturón, ni monedas de oro, ni de plata, ni siquiera de cobre.
10 No lleven bolso de viaje con una muda de ropa ni con sandalias, ni siquiera lleven un bastón. No duden en aceptar la hospitalidad, porque los que trabajan merecen que se les dé alimento.
11 »Cada vez que entren en una ciudad o una aldea, busquen a una persona digna y quédense en su casa hasta que salgan de ese lugar.
12 Cuando entren en el hogar, bendíganlo.
13 Si resulta ser un hogar digno, dejen que su bendición siga allí; si no lo es, retiren la bendición.
14 Si cualquier casa o ciudad se niega a darles la bienvenida o a escuchar su mensaje, sacúdanse el polvo de los pies al salir.
15 Les digo la verdad, el día del juicio les irá mejor a las ciudades perversas de Sodoma y Gomorra que a esa ciudad.
16 »Miren, los envío como ovejas en medio de lobos. Por lo tanto, sean astutos como serpientes e inofensivos como palomas.
17 Tengan cuidado, porque los entregarán a los tribunales y los azotarán con látigos en las sinagogas.
18 Serán sometidos a juicio delante de gobernantes y reyes por ser mis seguidores; pero esa será una oportunidad para que les hablen a los gobernantes y a otros incrédulos acerca de mí.
19 Cuando los arresten, no se preocupen por cómo responder o qué decir. Dios les dará las palabras apropiadas en el momento preciso.
20 Pues no serán ustedes los que hablen, sino que el Espíritu de su Padre hablará por medio de ustedes.
21 »Un hermano traicionará a muerte a su hermano, un padre traicionará a su propio hijo, los hijos se rebelarán contra sus padres y harán que los maten.
22 Todas las naciones los odiarán a ustedes por ser mis seguidores, pero todo el que se mantenga firme hasta el fin será salvo.
23 Cuando los persigan en una ciudad, huyan a la siguiente. Les digo la verdad, el Hijo del Hombre regresará antes de que hayan llegado a todas las ciudades de Israel.
24 »Los alumnos no son superiores a su maestro, y los esclavos no son superiores a su amo.
25 Los alumnos deben parecerse a su maestro, y los esclavos deben parecerse a su amo. Si a mí, el amo de la casa, me han llamado príncipe de los demonios, a los miembros de mi casa los llamarán con nombres todavía peores.
26 »Así que no tengan miedo de aquellos que los amenazan; pues llegará el tiempo en que todo lo que está encubierto será revelado y todo lo secreto se dará a conocer a todos.
27 Lo que ahora les digo en la oscuridad, grítenlo por todas partes cuando llegue el amanecer. Lo que les susurro al oído, grítenlo desde las azoteas, para que todos lo escuchen.
28 »No teman a los que quieren matarles el cuerpo; no pueden tocar el alma. Teman solo a Dios, quien puede destruir tanto el alma como el cuerpo en el infierno.
29 ¿Cuánto cuestan dos gorriones: una moneda de cobre? Sin embargo, ni un solo gorrión puede caer a tierra sin que el Padre lo sepa.
30 En cuanto a ustedes, cada cabello de su cabeza está contado.
31 Así que no tengan miedo; para Dios ustedes son más valiosos que toda una bandada de gorriones.
32 »Todo aquel que me reconozca en público aquí en la tierra también lo reconoceré delante de mi Padre en el cielo;
33 pero al que me niegue aquí en la tierra también yo lo negaré delante de mi Padre en el cielo.
34 »¡No crean que vine a traer paz a la tierra! No vine a traer paz, sino espada.
35 “He venido a poner a un hombre contra su padre, a una hija contra su madre y a una nuera contra su suegra.
36 ¡Sus enemigos estarán dentro de su propia casa!” .
37 »Si amas a tu padre o a tu madre más que a mí, no eres digno de ser mío; si amas a tu hijo o a tu hija más que a mí, no eres digno de ser mío.
38 Si te niegas a tomar tu cruz y a seguirme, no eres digno de ser mío.
39 Si te aferras a tu vida, la perderás; pero, si entregas tu vida por mí, la salvarás.
40 »El que los recibe a ustedes me recibe a mí, y el que me recibe a mí recibe al Padre, quien me envió.
41 Si reciben a un profeta como a alguien que habla de parte de Dios, recibirán la misma recompensa que un profeta. Y, si reciben a un justo debido a su justicia, recibirán una recompensa similar a la de él.
42 Y si le dan siquiera un vaso de agua fresca a uno de mis seguidores más insignificantes, les aseguro que recibirán una recompensa».
Lucas 9:1-6
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(Mt. 10.
5-15; Lc. 9.
1-6)
7 Después llamó a los doce, y comenzó a enviarlos de dos en dos; y les dio autoridad sobre los espíritus inmundos.
8 Y les mandó que no llevasen nada para el camino, sino solamente bordón; ni alforja, ni pan, ni dinero en el cinto,
9 sino que calzasen sandalias, y no vistiesen dos túnicas.
10 Y les dijo: Dondequiera que entréis en una casa, posad en ella hasta que salgáis de aquel lugar.
11 Y si en algún lugar no os recibieren ni os oyeren, salid de allí, y sacudid el polvo que está debajo de vuestros pies, para testimonio a ellos. De cierto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para los de Sodoma y Gomorra, que para aquella ciudad.
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7 Reunió a sus doce discípulos, comenzó a enviarlos de dos en dos y les dio autoridad para expulsar espíritus malignos.
8 Les dijo que no llevaran nada para el viaje — ni comida, ni bolso de viaje, ni dinero — sino solo un bastón.
9 Les permitió llevar sandalias pero no una muda de ropa.
10 Les dijo: «Por todo lugar que vayan, quédense en la misma casa hasta salir de la ciudad.
11 Pero si en algún lugar se niegan a recibirlos o a escucharlos, sacúdanse el polvo de los pies al salir para mostrar que abandonan a esas personas a su suerte».
RVR1960
(Mt. 10.
5-15; Mr. 6.
7-13)
1 Habiendo reunido a sus doce discípulos, les dio poder y autoridad sobre todos los demonios, y para sanar enfermedades.
2 Y los envió a predicar el reino de Dios, y a sanar a los enfermos.
3 Y les dijo: No toméis nada para el camino, ni bordón, ni alforja, ni pan, ni dinero; ni llevéis dos túnicas.
4 Y en cualquier casa donde entréis, quedad allí, y de allí salid.
5 Y dondequiera que no os recibieren, salid de aquella ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos.
6 Y saliendo, pasaban por todas las aldeas, anunciando el evangelio y sanando por todas partes.
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1 Cierto día, Jesús reunió a sus doce discípulos y les dio poder y autoridad para expulsar a todos los demonios y sanar enfermedades.
2 Luego los envió para que anunciaran a todos acerca del reino de Dios y sanaran a los enfermos.
3 Les dio las siguientes instrucciones: «No lleven nada para el viaje, ni bastón, ni bolso de viaje, ni comida, ni dinero, ni siquiera una muda de ropa.
4 Por todo lugar que vayan, quédense en la misma casa hasta salir de la ciudad.
5 Y si en algún pueblo se niegan a recibirlos, sacúdanse el polvo de los pies al salir para mostrar que abandonan a esas personas a su suerte».
6 Entonces ellos comenzaron su recorrido por las aldeas para predicar la Buena Noticia y sanar a los enfermos.
Los apóstoles eran miembros de la familia de Jesús y le habían acompañado mientras viajaba a pie por Galilea. Habían compartido con él los trabajos y penurias que le habían tocado. Habían escuchado sus discursos, habían andado y hablado con el Hijo de Dios, y de su instrucción diaria habían aprendido a trabajar para la elevación de la humanidad. Mientras Jesús ministraba a las vastas muchedumbres que se congregaban en derredor de él, sus discí- pulos le acompañaban, ávidos de hacer cuanto les pidiera y de aliviar su labor. Ayudaban a ordenar a la gente, traían a los afligidos al Salvador y procuraban la comodidad de todos. Estaban alerta para discernir a los oyentes interesados, les explicaban las Escrituras y de diversas maneras trabajaban para su beneficio espiritual. Enseñaban lo que habían aprendido de Jesús y obtenían cada día una rica experiencia. Pero necesitaban también aprender a trabajar solos. Les faltaba todavía mucha instrucción, gran paciencia y ternura. Ahora, mientras él estaba personalmente con ellos para señalarles sus errores, aconsejarlos y corregirlos, el Salvador los mandó como representantes suyos.
Mientras habían estado con él, los discípulos se habían sentido con frecuencia perplejos a causa de las enseñanzas de los sacerdotes y fariseos, pero habían llevado sus perplejidades a Jesús. Él les había presentado las verdades de la Escritura en contraste con la tradición. Así había fortalecido su confianza en la Palabra de Dios, y en gran medida los había libertado del temor de los rabinos y de su servidumbre a la tradición. En la educación de los discípulos, el ejemplo de la vida del Salvador era mucho más eficaz que la simple instrucción doctrinaria. Cuando estuvieran separados de su Maestro, recordarían cada una de sus miradas, su tono y sus palabras. Con frecuencia, mientras estuvieran en conflicto con los enemigos del Evangelio, repetirían sus palabras, y al ver su efecto sobre la gente, se regocijarían mucho.
Llamando a los doce en derredor de sí, Jesús les ordenó que fueran de dos en dos por los pueblos y aldeas. Ninguno fue enviado solo, sino que el hermano iba asociado con el hermano, el amigo con el amigo. Así podían ayudarse y animarse mutuamente, consultando y orando juntos, supliendo cada uno la debilidad del otro. De la misma manera, envió más tarde a los setenta. Era el propósito del Salvador que los mensajeros del Evangelio se asociaran de esta manera. En nuestro propio tiempo la obra de evangelización tendría mucho más éxito si se siguiera fielmente este ejemplo.
El mensaje de los discípulos era el mismo que el de Juan el Bautista y el de Cristo mismo: “El reino de los cielos se ha acercado.” No debían entrar en controversia con la gente acerca de si Jesús de Nazaret era el Mesías; sino que en su nombre debían hacer las mismas obras de misericordia que él había hecho. Les ordenó: “Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios: de gracia recibisteis, dad de gracia.”
Durante su ministerio, Jesús dedicó más tiempo a sanar a los enfermos que a predicar. Sus milagros atestiguaban la verdad de sus palabras de que no había venido para destruir, sino para salvar. Su justicia iba delante de él y la gloria del Señor era su retaguardia. Dondequiera que fuera, le precedían las nuevas de su misericordia. Donde había pasado, los objetos de su compasión se regocijaban en su salud y en el ejercicio de sus facultades recobradas. Se congregaban muchedumbres en derredor de ellos, para oír de sus labios las obras que el Señor había hecho. Su voz era el primer sonido que muchos habían oído, su nombre la primera palabra que hubiesen pronunciado, su rostro el primero que hubiesen mirado. ¿Por qué no habrían de amar a Jesús y cantar sus alabanzas? Mientras él pasaba por los pueblos y ciudades, era como una corriente vital que difundía vida y gozo por dondequiera que fuera.
Los seguidores de Cristo han de trabajar como él obró. Hemos de alimentar a los hambrientos, vestir a los desnudos y consolar a los dolientes y afligidos. Hemos de ministrar a los que desesperan e inspirar esperanza a los descorazonados. Y para nosotros se cumplirá también la promesa: “Irá tu justicia delante de ti, y la gloria de Jehová será tu retaguardia.” Isaías 5 8:8. El amor de Cristo, manifestado en un ministerio abnegado, será más eficaz para reformar al que yerra que la espada o el tribunal. Estas cosas son necesarias para infundir terror al violador de la ley, pero el amante misionero puede hacer más que ésto. Con frecuencia, el corazón se endurecerá bajo la reprensión; pero se enternecerá bajo el amor de Cristo. El misionero puede no sólo aliviar las enfermedades físicas, sino que puede conducir al pecador al gran Médico, quien es capaz de limpiar el alma de la lepra del pecado. Por medio de sus siervos, Dios quiere que los enfermos, los infortunados, los poseídos de espíritus malos, oigan su voz. Mediante sus agentes humanos, desea ser un “Consolador” cuyo igual el mundo no conoce.
En su primera jira misionera, los discípulos debían ir solamente a “las ovejas perdidas de la casa de Israel.” Si entonces hubiesen predicado el Evangelio a los gentiles o a los samaritanos, habrían perdido su influencia sobre los judíos. Excitando el prejuicio de los fariseos, se habrían metido en una controversia que los habría desanimado en el mismo comienzo de sus labores. Aun los apóstoles fueron lentos en comprender que el Evangelio debía darse a todas las naciones. Mientras ellos mismos no comprendieron esta verdad, no estuvieron preparados para trabajar por los gentiles. Si los judíos querían recibir el Evangelio, Dios se proponía hacerlos sus mensajeros a los gentiles. Por lo tanto, eran los primeros que debían oír el mensaje.
Por todo el campo de labor de Cristo, había almas despertadas que comprendían ahora su necesidad y tenían hambre y sed de la verdad. Había llegado el tiempo en que debían mandarse las nuevas de su amor a esas almas anhelantes. A todas éstas, debían ir los discípulos como representantes de Cristo. Los creyentes habían de ser inducidos a mirarlos como maestros divinamente designados, y cuando el Salvador les fuese quitado no quedarían sin instructores.
En esta primera jira, los discípulos debían ir solamente adonde Jesús había estado antes y había conquistado amigos. Su preparación para el viaje debía ser de lo más sencilla. No debían permitir que cosa alguna distrajese su atención de su gran obra, despertase oposición o cerrase la puerta a labores ulteriores. No debían adoptar la indumentaria de los maestros religiosos ni usar atavío alguno que los distinguiese de los humildes campesinos. No debían entrar en las sinagogas y convocar a las gentes a cultos públicos; sus esfuerzos debían limitarse al trabajo de casa en casa. No habían de malgastar tiempo en saludos inútiles ni en ir de casa en casa para ser agasajados. Pero en todo lugar debían aceptar la hospitalidad de los que fuesen dignos, de los que les diesen bienvenida cordial como si recibiesen al mismo Jesús. Debían entrar en la morada con el hermoso saludo: “Paz sea a esta casa.” Lucas 10:5
. Ese hogar iba a ser bendecido por sus oraciones, sus cantos de alabanza y la presentación de las Escrituras en el círculo de la familia.
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5 En cualquier casa donde entréis, primeramente decid: Paz sea a esta casa.
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5 »Cuando entren en la casa de alguien, primero digan: “La paz de Dios sea sobre esta casa”.
Estos discípulos debían ser heraldos de la verdad y preparar el camino para la venida de su Maestro. El mensaje que tenían que dar era la palabra de vida eterna, y el destino de los hombres dependía de que lo aceptasen o rechazasen. Para impresionar a las gentes con su solemnidad, Jesús dijo a sus discípulos: “Y cualquiera que no os recibiere, ni oyere vuestras palabras, salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies. De cierto os digo, que el castigo será más tolerable a la tierra de los de Sodoma y de los de Gomorra en el día del juicio, que a aquella ciudad.”
Ahora el ojo del Salvador penetra lo futuro; contempla los campos más amplios en los cuales, después de su muerte, los discípulos van a ser sus testigos. Su mirada profética abarca lo que experimentarán sus siervos a través de todos los siglos hasta que vuelva por segunda vez. Muestra a sus seguidores los conflictos que tendrán que arrostrar; revela el carácter y el plan de la batalla. Les presenta los peligros que deberán afrontar, la abnegación que necesitarán. Desea que cuenten el costo, a fin de no ser sorprendidos inadvertidamente por el enemigo. Su lucha no había de reñirse contra la carne y la sangre, sino “contra los principados, contra las potestades, contra los gobernantes de las tinieblas de este mundo, contra las huestes espirituales de iniquidad en las regiones celestiales.” Efesios 6:12
. Habrán de contender con fuerzas sobrenaturales, pero se les asegura una ayuda sobrenatural. Todos los seres celestiales están en este ejército. Y hay más que ángeles en las filas. El Espíritu Santo, el representante del Capitán de la hueste del Señor, baja a dirigir la batalla. Nuestras flaquezas pueden ser muchas, y graves nuestros pecados y errores; pero la gracia de Dios es para todos los que, contritos, la pidan. El poder de la Omnipotencia está listo para obrar en favor de los que confían en Dios.
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12 Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.
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12 Pues no luchamos contra enemigos de carne y hueso, sino contra gobernadores malignos y autoridades del mundo invisible, contra fuerzas poderosas de este mundo tenebroso y contra espíritus malignos de los lugares celestiales.
“He aquí, dijo Jesús, yo os envío como a ovejas en medio de lobos: sed pues prudentes como serpientes, y sencillos como palomas.” Cristo mismo no suprimió una palabra de la verdad, sino que la dijo siempre con amor. Ejerció el mayor tacto y atención reflexiva y bondadosa en su trato con la gente. Nunca fue rudo ni dijo innecesariamente una palabra severa; nunca causó una pena innecesaria a un alma sensible. No censuró la debilidad humana. Denunció intrépidamente la hipocresía, la incredulidad y la iniquidad, pero había lágrimas en su voz al pronunciar sus severas reprensiones. Lloró sobre Jerusalén, la ciudad que él amaba, que se negaba a recibirle a él, el Camino, la Verdad y la Vida. Sus habitantes le rechazaron a él, el Salvador, pero los consideró con compasiva ternura y con una tristeza tan profunda que quebrantaba su corazón. Cada alma era preciosa a su vista. Aunque siempre se conducía con divina dignidad, se inclinaba con la consideración más tierna hacia cada miembro de la familia de Dios. En todos los hombres veía almas caídas a las cuales era su misión salvar.
Los siervos de Cristo no han de actuar según los dictados del corazón natural. Necesitan tener una íntima comunión con Dios, no sea que, bajo la provocación, el yo se levante y ellos dejen escapar un torrente de palabras inconvenientes, que disten mucho de ser como el rocío y como las suaves gotas que refrescan las plantas agostadas. Ésto es lo que Satanás quiere que hagan; porque éstos son sus métodos. Es el dragón el que se aíra, es el espíritu de Satanás el que se revela en la cólera y las acusaciones. Pero los siervos de Dios han de ser representantes suyos. Él desea que trafiquen únicamente con la moneda del cielo, la verdad que lleva su propia imagen e inscripción. El poder por el cual han de vencer al mal es el poder de Cristo. La gloria de Cristo es su fuerza. Han de fijar sus ojos en su hermosura. Entonces podrán presentar el Evangelio con tacto y amabilidad divina. Y el espíritu que se mantiene amable bajo la provocación hablará más eficazmente en favor de la verdad que cualquier argumento, por enérgico que sea.
Los que se ven envueltos en una controversia con los enemigos de la verdad, tienen que arrostrar no sólo a los hombres, sino a Satanás y sus agentes. Recuerden las palabras del Salvador: “He aquí yo os envío como corderos en medio de lobos.” San Lucas 10:3
. Confíen en el amor de Dios, y su espíritu se conservará sereno, aun bajo los insultos personales. El Salvador los revestirá con una panoplia divina. Su Espíritu Santo influirá en la mente y en el corazón, de manera que la voz no copiará las notas de los aullidos de los lobos.
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3 Id; he aquí yo os envío como corderos en medio de lobos.
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3 Ahora vayan, y recuerden que los envío como ovejas en medio de lobos.
Continuando sus instrucciones a sus discípulos, Jesús dijo: “Guardaos de los hombres.” No debían poner confianza implícita en aquellos que no conocían a Dios, ni hacerlos sus confidentes; porque ésto daría una ventaja a los agentes de Satanás. Las invenciones humanas contrarrestan con frecuencia los planes de Dios. Los que edifican el templo del Señor deben construir de acuerdo con el dechado mostrado en el monte: la semejanza divina. Dios queda deshonrado, y traicionado el Evangelio, cuando sus siervos dependen de los consejos de hombres que no están bajo la dirección del Espíritu Santo. La sabiduría humana es locura para Dios. Los que en ella confían, errarán ciertamente.
“Os entregarán a los concilios . . y seréis llevados ante gobernadores y reyes por mi causa, para testimonio a ellos y a las naciones.” San Mateo 10:17-18
. La persecución esparcirá la luz. Los siervos de Cristo serán llevados ante los grandes de la tierra, quienes, de otra manera, nunca habrían oído tal vez el Evangelio. La verdad ha sido presentada falsamente a estos hombres. Han escuchado falsas acusaciones contra la fe de los discípulos de Cristo. Con frecuencia su único medio de conocer el verdadero carácter de esta fe es el testimonio de aquellos que son llevados a juicio por ella. En el examen, se les pide que contesten, y sus jueces escuchan el testimonio dado. La gracia de Dios será concedida a sus siervos para hacer frente a la emergencia. “En aquella hora os será dado, dijo Jesús, qué habéis de hablar. Porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros.” Al iluminar el Espíritu de Dios la mente de sus siervos, la verdad será presentada con su poder divino y su alto valor. Los que rechazan la verdad se levantarán para acusar y oprimir a los discípulos. Pero bajo la pérdida y el sufrimiento, y aun hasta la muerte, los hijos del Señor han de revelar la mansedumbre de su divino Ejemplo. Así se verá el contraste entre los agentes de Satanás y los representantes de Cristo. El Salvador será ensalzado delante de los gobernantes y delante de la gente.
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17 Y guardaos de los hombres, porque os entregarán a los concilios, y en sus sinagogas os azotarán;
18 y aun ante gobernadores y reyes seréis llevados por causa de mí, para testimonio a ellos y a los gentiles.
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17 Tengan cuidado, porque los entregarán a los tribunales y los azotarán con látigos en las sinagogas.
18 Serán sometidos a juicio delante de gobernantes y reyes por ser mis seguidores; pero esa será una oportunidad para que les hablen a los gobernantes y a otros incrédulos acerca de mí.
Los discípulos no fueron dotados del valor y la fortaleza de los mártires hasta que necesitaron esta gracia. Entonces se cumplió la promesa del Salvador. Cuando Pedro y Juan testificaron delante del Sanedrín, los hombres “se maravillaban; y les conocían que habían estado con Jesús.” Hechos 4:13
. De Esteban, se dice que “todos los que estaban sentados en el concilio, puestos los ojos en él, vieron su rostro como el rostro de un ángel.” Los hombres “no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba.” Hechos 6:15, 10
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13 Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús.
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13 Los miembros del Concilio quedaron asombrados cuando vieron el valor de Pedro y de Juan, porque veían que eran hombres comunes sin ninguna preparación especial en las Escrituras. También los identificaron como hombres que habían estado con Jesús.
. Y Pablo, escribiendo acerca de su propio juicio ante el tribunal de los Césares, dice: “En mi primera defensa, nadie estuvo conmigo, antes todos me abandonaron . . Mas el Señor estuvo conmigo, y me esforzó, para que por medio de mí la predicación fuese cumplidamente hecha, y para que oyesen todos los gentiles; y así yo fui librado de la boca del león.” 2 Timoteo 4:16-17
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10 Pero no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba.
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10 Ninguno de ellos podía hacerle frente a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba Esteban.
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16 En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon; no les sea tomado en cuenta.
17 Pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas, para que por mí fuese cumplida la predicación, y que todos los gentiles oyesen. Así fui librado de la boca del león.
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16 La primera vez que fui llevado ante el juez, nadie me acompañó. Todos me abandonaron; que no se lo tomen en cuenta.
17 Pero el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas, a fin de que yo pudiera predicar la Buena Noticia en toda su plenitud, para que todos los gentiles la oyeran. Y él me libró de una muerte segura.
Los siervos de Cristo no habían de preparar discurso alguno para pronunciarlo cuando fuesen llevados a juicio. Debían hacer su preparación día tras día al atesorar las preciosas verdades de la Palabra de Dios, y al fortalecer su fe por la oración. Cuando fuesen llevados a juicio, el Espíritu Santo les haría recordar las verdades que necesitasen.
Un esfuerzo diario y ferviente para conocer a Dios, y a Jesucristo a quien él envió, iba a impartir poder y eficiencia al alma. El conocimiento obtenido por el escrutinio diligente de las Escrituras iba a cruzar como rayo en la memoria al debido momento. Pero si algunos hubiesen descuidado el familiarizarse con las palabras de Cristo y nunca hubiesen probado el poder de su gracia en la dificultad, no podrían esperar que el Espíritu Santo les hiciese recordar sus palabras. Habían de servir a Dios diariamente con afecto indiviso, y luego confiar en él.
Tan acérrima sería la enemistad hacia el Evangelio, que aun los vínculos terrenales más tiernos serían pisoteados. Los discípulos de Cristo serían entregados a la muerte por los miembros de sus propias familias. “Y seréis aborrecidos de todos por mi nombre -añadió:- mas el que perseverare hasta el fin, éste será salvo.” San Marcos 13:13
. Pero les ordenó no exponerse innecesariamente a la persecución. Con frecuencia, él mismo dejaba un campo de labor para otro, a fin de escapar a los que estaban buscando su vida. Cuando fue rechazado en Nazaret y sus propios conciudadanos trataron de matarlo, se fue a Capernaúm y allí la gente se asombró de su enseñanza; “porque su palabra era con potestad.” San Lucas 4:32
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13 Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas el que persevere hasta el fin, este será salvo.
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13 Todos los odiarán a ustedes por ser mis seguidores, pero el que se mantenga firme hasta el fin será salvo.
. Asimismo sus siervos no debían desanimarse por la persecución, sino buscar un lugar donde pudiesen seguir trabajando por la salvación de las almas.
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32 Y se admiraban de su doctrina, porque su palabra era con autoridad.
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32 Allí también la gente quedó asombrada de su enseñanza, porque hablaba con autoridad.
El siervo no es superior a su señor. El Príncipe del cielo fue llamado Belcebú, y de la misma manera sus discípulos serán calumniados. Pero cualquiera que sea el peligro, los que siguen a Cristo deben confesar sus principios. Deben despreciar el ocultamiento. No pueden dejar de darse a conocer hasta que estén seguros de que pueden confesar la verdad sin riesgo. Son puestos como centinelas, para advertir a los hombres de su peligro. La verdad recibida de Cristo debe ser impartida a todos, libre y abiertamente. Jesús dijo: “Lo que os digo en tinieblas, decidlo en la luz; y lo que oís al oído predicadlo desde los terrados.” Jesús mismo nunca compró la paz por la transigencia. Su corazón rebosaba de amor por toda la familia humana, pero nunca fue indulgente con sus pecados. Amaba demasiado a los seres humanos para guardar silencio mientras éstos seguían una conducta funesta para sus almas, las almas que él había comprado con su propia sangre. Él trabajaba para que el hombre fuese fiel a sí mismo, fiel a su más elevado y eterno interés. Los siervos de Cristo son llamados a hacer la misma obra, y deben velar, no sea que al tratar de evitar la discordia, traicionen la verdad. Han de seguir “lo que hace a la paz,” Romanos 14:19
; pero la verdadera paz no puede obtenerse traicionando los buenos principios. Y ningún hombre puede ser fiel a estos principios sin excitar oposición. Un cristianismo espiritual recibirá la oposición de los hijos de la desobediencia. Pero Jesús dijo a sus discípulos: “No temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar.” Los que son fieles a Dios no necesitan temer el poder de los hombres ni la enemistad de Satanás. En Cristo está segura su vida eterna. Lo único que han de temer es traicionar la verdad, y así el cometido con que Dios los honró.
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19 Así que, sigamos lo que contribuye a la paz y a la mutua edificación.
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19 Por lo tanto, procuremos que haya armonía en la iglesia y tratemos de edificarnos unos a otros.
Es obra de Satanás llenar los corazones humanos de duda. Los induce a mirar a Dios como un Juez severo. Los tienta a pecar, y luego a considerarse demasiado viles para acercarse a su Padre celestial o para despertar su compasión. El Señor comprende todo ésto. Jesús asegura a sus discípulos la simpatía de Dios hacia ellos en sus necesidades y debilidades. No se exhala un suspiro, no se siente un dolor, ni ningún agravio atormenta el alma, sin que haga también palpitar el corazón del Padre.
La Biblia nos muestra a Dios en un lugar alto y santo, no en un estado de inactividad, ni en silencio y soledad, sino rodeado por diez mil veces diez millares y millares de millares de seres santos, todos dispuestos a hacer su voluntad. Por conductos que no podemos discernir está en activa comunicación con cada parte de su dominio. Pero es en el grano de arena de este mundo, en las almas por cuya salvación dio a su Hijo unigénito, donde su interés y el interés de todo el cielo se concentran. Dios se inclina desde su trono para oír el clamor de los oprimidos. A toda oración sincera, él contesta: “Aquí estoy.” Levanta al angustiado y pisoteado. En todas nuestras aflicciones, él es afligido. En cada tentación y prueba, el ángel de su presencia está cerca de nosotros para librarnos.
Ni siquiera un gorrión cae al suelo sin que lo note el Padre. El odio de Satanás contra Dios le induce a odiar todo objeto del cuidado del Salvador. Trata de arruinar la obra de Dios y se deleita en destruir aun a los animales. Es únicamente por el cuidado protector de Dios cómo los pájaros son conservados para alegrarnos con sus cantos de gozo. Pero él no se olvida ni aun de los pájaros. “Así que, no temáis: más valéis vosotros que muchos pajarillos.”
Y Jesús continúa: Así como me confesasteis delante de los hombres, os confesaré delante de Dios y de los santos ángeles Habéis de ser mis testigos en la tierra, conductos por los cuales pueda fluir mi gracia para sanar al mundo. Así también seré vuestro representante en el cielo. El Padre no considera vuestro carácter deficiente, sino que os ve revestidos de mi perfección. Soy el medio por el cual os llegarán las bendiciones del Cielo. Todo aquel que me confiesa participando de mi sacrificio por los perdidos, será confesado como participante en la gloria y en el gozo de los redimidos.
El que quiera confesar a Cristo debe tener a Cristo en sí. No puede comunicar lo que no recibió. Los discípulos podían hablar fácilmente de las doctrinas, podían repetir las palabras de Cristo mismo; pero a menos que poseyeran una mansedumbre y un amor como los de Cristo, no le estaban confesando. Un espíritu contrario al espíritu de Cristo le negaría, cualquiera que fuese la profesión de fe. Los hombres pueden negar a Cristo calumniando, hablando insensatamente y profiriendo palabras falsas o hirientes. Pueden negarle rehuyendo las cargas de la vida, persiguiendo el placer pecaminoso. Pueden negarle conformándose con el mundo, siguiendo una conducta descortés, amando sus propias opiniones, justificando al yo, albergando dudas, buscando dificultades y morando en tinieblas. De todas estas maneras, declaran que Cristo no está en ellos. Y “cualquiera que me negare delante de los hombres, dice él, le negaré yo también delante de mi Padre que está en los cielos.”
El Salvador ordenó a sus discípulos que no esperasen que la enemistad del mundo hacia el Evangelio sería vencida, ni que después de un tiempo la oposición cesaría. Dijo: “No he venido para meter paz, sino espada.” La creación de esta lucha no es efecto del Evangelio, sino resultado de la oposición que se le hace. De todas las persecuciones, la más difícil de soportar es la divergencia entre los miembros de la familia, el alejamiento afectivo de los seres terrenales más queridos. Pero Jesús declara: “El que ama padre o madremásqueamí,noesdignodemí;yelqueamahijoo hija más que a mí, no es digno de mí. Y el que no toma su cruz, y sigue en pos de mí, no es digno de mí.”
La misión de los siervos de Cristo es un alto honor y un cometido sagrado. “El que os recibe a vosotros, dice él, a mí recibe; y el que a mí recibe, recibe al que me envió.” Ningún acto de bondad a ellos manifestado en su nombre dejará de ser reconocido y recompensado. Y en el mismo tierno reconocimiento, él incluye a los más débiles y humildes miembros de la familia de Dios. “Cualquiera que diere a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, a aquellos que son como niños en su fe y conocimiento de Cristo, en nombre de discípulo, de cierto os digo, que no perderá su recompensa.”
Así terminó el Salvador sus instrucciones. En el nombre de Cristo, salieron los doce elegidos, como él había salido, “para dar buenas nuevas a los pobres: . . para sanar a los quebrantados de corazón; para pregonar a los cautivos libertad, y a los ciegos vista; para poner en libertad a los quebrantados: para predicar el año agradable del Señor.”
“Muchas son las aflicciones del justo; mas de todas ellas lo librará Jehová.”
— Salmos 34:19
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19 Muchas son las aflicciones del justo, Pero de todas ellas le librará Jehová.
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19 La persona íntegra enfrenta muchas dificultades, pero el Señor llega al rescate en cada ocasión.