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Mateo 9:9-17
Marcos 2:14-22
RVR1960
(Mr. 2.
13-17; Lc. 5.
27-32)
9 Pasando Jesús de allí, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y se levantó y le siguió.
10 Y aconteció que estando él sentado a la mesa en la casa, he aquí que muchos publicanos y pecadores, que habían venido, se sentaron juntamente a la mesa con Jesús y sus discípulos.
11 Cuando vieron esto los fariseos, dijeron a los discípulos: ¿Por qué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores?
12 Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos.
13 Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento. (Mr. 2.
18-22; Lc. 5.
33-39)
14 Entonces vinieron a él los discípulos de Juan, diciendo: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos muchas veces, y tus discípulos no ayunan?
15 Jesús les dijo: ¿Acaso pueden los que están de bodas tener luto entre tanto que el esposo está con ellos? Pero vendrán días cuando el esposo les será quitado, y entonces ayunarán.
16 Nadie pone remiendo de paño nuevo en vestido viejo; porque tal remiendo tira del vestido, y se hace peor la rotura.
17 Ni echan vino nuevo en odres viejos; de otra manera los odres se rompen, y el vino se derrama, y los odres se pierden; pero echan el vino nuevo en odres nuevos, y lo uno y lo otro se conservan juntamente.
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9 Mientras caminaba, Jesús vio a un hombre llamado Mateo sentado en su cabina de cobrador de impuestos. «Sígueme y sé mi discípulo», le dijo Jesús. Entonces Mateo se levantó y lo siguió.
10 Más tarde, Mateo invitó a Jesús y a sus discípulos a una cena en su casa, junto con muchos cobradores de impuestos y otros pecadores de mala fama.
11 Cuando los fariseos vieron esto, preguntaron a los discípulos: «¿Por qué su maestro come con semejante escoria? ».
12 Cuando Jesús los oyó, les dijo: «La gente sana no necesita médico, los enfermos sí».
13 Luego añadió: «Ahora vayan y aprendan el significado de la siguiente Escritura: “Quiero que tengan compasión, no que ofrezcan sacrificios”. Pues no he venido a llamar a los que se creen justos, sino a los que saben que son pecadores».
14 Un día los discípulos de Juan el Bautista se acercaron a Jesús y le preguntaron: — ¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacemos nosotros y los fariseos?
15 Jesús respondió: — ¿Acaso los invitados de una boda están de luto mientras festejan con el novio? Por supuesto que no, pero un día el novio será llevado, y entonces sí ayunarán.
16 »Además, ¿a quién se le ocurriría remendar una prenda vieja con tela nueva? Pues el remiendo nuevo encogería y se desprendería de la tela vieja, lo cual dejaría una rotura aún mayor que la anterior.
17 »Y nadie pone vino nuevo en cueros viejos. Pues los cueros viejos se reventarían por la presión y el vino se derramaría, y los cueros quedarían arruinados. El vino nuevo se guarda en cueros nuevos para preservar a ambos.
Lucas 5:27-39
RVR1960
14 Y al pasar, vio a Leví hijo de Alfeo, sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y levantándose, le siguió.
15 Aconteció que estando Jesús a la mesa en casa de él, muchos publicanos y pecadores estaban también a la mesa juntamente con Jesús y sus discípulos; porque había muchos que le habían seguido.
16 Y los escribas y los fariseos, viéndole comer con los publicanos y con los pecadores, dijeron a los discípulos: ¿Qué es esto, que él come y bebe con los publicanos y pecadores?
17 Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores. (Mt. 9.
14-17; Lc. 5.
33-39)
18 Y los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunaban; y vinieron, y le dijeron: ¿Por qué los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunan, y tus discípulos no ayunan?
19 Jesús les dijo: ¿Acaso pueden los que están de bodas ayunar mientras está con ellos el esposo? Entre tanto que tienen consigo al esposo, no pueden ayunar.
20 Pero vendrán días cuando el esposo les será quitado, y entonces en aquellos días ayunarán.
21 Nadie pone remiendo de paño nuevo en vestido viejo; de otra manera, el mismo remiendo nuevo tira de lo viejo, y se hace peor la rotura.
22 Y nadie echa vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el vino nuevo rompe los odres, y el vino se derrama, y los odres se pierden; pero el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar.
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14 Mientras caminaba, vio a Leví, hijo de Alfeo, sentado en su cabina de cobrador de impuestos. «Sígueme y sé mi discípulo», le dijo Jesús. Entonces Leví se levantó y lo siguió.
15 Más tarde, Leví invitó a Jesús y a sus discípulos a una cena en su casa, junto con muchos cobradores de impuestos y otros pecadores de mala fama. (Había mucha de esa clase de gente entre los seguidores de Jesús).
16 Cuando los maestros de la ley religiosa, que eran fariseos, lo vieron comer con los cobradores de impuestos y otros pecadores, preguntaron a los discípulos: «¿Por qué come con semejante escoria? ».
17 Cuando Jesús los oyó, les dijo: «La gente sana no necesita médico, los enfermos sí. No he venido a llamar a los que se creen justos, sino a los que saben que son pecadores».
18 Cierta vez que los discípulos de Juan y los fariseos ayunaban, algunas personas se acercaron a Jesús y le preguntaron: — ¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacen los discípulos de Juan y los fariseos?
19 Jesús les contestó: — ¿Acaso los invitados de una boda ayunan mientras festejan con el novio? Por supuesto que no. No pueden ayunar mientras el novio está con ellos;
20 pero un día el novio será llevado, y entonces sí ayunarán.
21 »Además, ¿a quién se le ocurriría remendar una prenda vieja con tela nueva? Pues el remiendo nuevo encogería y se desprendería de la tela vieja, lo cual dejaría una rotura aún mayor que la anterior.
22 »Y nadie pone vino nuevo en cueros viejos. Pues el vino reventaría los cueros, y tanto el vino como los cueros se echarían a perder. El vino nuevo necesita cueros nuevos.
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(Mt. 9.
9-13; Mr. 2.
13-17)
27 Después de estas cosas salió, y vio a un publicano llamado Leví, sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme.
28 Y dejándolo todo, se levantó y le siguió.
29 Y Leví le hizo gran banquete en su casa; y había mucha compañía de publicanos y de otros que estaban a la mesa con ellos.
30 Y los escribas y los fariseos murmuraban contra los discípulos, diciendo: ¿Por qué coméis y bebéis con publicanos y pecadores?
31 Respondiendo Jesús, les dijo: Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos.
32 No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento. (Mt. 9.
14-17; Mr. 2.
18-22)
33 Entonces ellos le dijeron: ¿Por qué los discípulos de Juan ayunan muchas veces y hacen oraciones, y asimismo los de los fariseos, pero los tuyos comen y beben?
34 Él les dijo: ¿Podéis acaso hacer que los que están de bodas ayunen, entre tanto que el esposo está con ellos?
35 Mas vendrán días cuando el esposo les será quitado; entonces, en aquellos días ayunarán.
36 Les dijo también una parábola: Nadie corta un pedazo de un vestido nuevo y lo pone en un vestido viejo; pues si lo hace, no solamente rompe el nuevo, sino que el remiendo sacado de él no armoniza con el viejo.
37 Y nadie echa vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el vino nuevo romperá los odres y se derramará, y los odres se perderán.
38 Mas el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar; y lo uno y lo otro se conservan.
39 Y ninguno que beba del añejo, quiere luego el nuevo; porque dice: El añejo es mejor.
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27 Tiempo después, al salir de la ciudad, Jesús vio a un cobrador de impuestos llamado Leví sentado en su cabina de cobrador. «Sígueme y sé mi discípulo», le dijo Jesús.
28 Entonces Leví se levantó, dejó todo y lo siguió.
29 Más tarde, Leví dio un banquete en su casa, con Jesús como invitado de honor. Muchos de los cobradores de impuestos, compañeros de Leví, y otros invitados comieron con ellos.
30 Así que los fariseos y los maestros de la ley religiosa les reclamaron severamente a los discípulos de Jesús diciéndoles: «¿Por qué comen y beben con semejante escoria? ».
31 Jesús les contestó: «La gente sana no necesita médico, los enfermos sí.
32 No he venido a llamar a los que se creen justos, sino a los que saben que son pecadores y necesitan arrepentirse».
33 Cierto día, algunas personas le dijeron a Jesús: — Los discípulos de Juan el Bautista ayunan y oran con frecuencia, igual que los discípulos de los fariseos. ¿Por qué tus discípulos están siempre comiendo y bebiendo?
34 Jesús contestó: — ¿Acaso los invitados de una boda ayunan mientras festejan con el novio? Por supuesto que no;
35 pero un día el novio será llevado, y entonces sí ayunarán.
36 Luego Jesús les dio la siguiente ilustración: «Nadie quita un pedazo de tela de una prenda nueva y la usa para remendar una prenda vieja; pues la prenda nueva se arruinaría y el remiendo nuevo no haría juego con la prenda vieja.
37 »Nadie pone vino nuevo en cueros viejos; pues el vino nuevo reventaría los cueros, el vino se derramaría, y los cueros quedarían arruinados.
38 El vino nuevo debe guardarse en cueros nuevos.
39 Ni nadie que prueba el vino añejo parece querer el vino nuevo. Pues dicen: “El añejo es mejor”».
Entre los funcionarios romanos que había en Palestina, los más odiados eran los publicanos. El hecho de que las contribuciones eran impuestas por una potencia extraña era motivo de continua irritación para los judíos, pues les recordaba que su independencia había desaparecido. Y los cobradores de impuestos no eran simplemente instrumentos de la opresión romana; cometiendo extorsiones por su propia cuenta, se enriquecían a expensas del pueblo. Un judío que aceptaba este cargo de mano de los romanos era considerado como traidor a la honra de su nación. Se le despreciaba como apóstata, se le clasificaba con los más viles de la sociedad.
A esta clase pertenecía Leví Mateo, quien, después de los cuatro discípulos de Genesaret, fue el siguiente en ser llamado al servicio de Cristo. Los fariseos habían juzgado a Mateo según su empleo, pero Jesús vio en este hombre un corazón dispuesto a recibir la verdad. Mateo había escuchado la enseñanza del Salvador. En la medida en que el convincente Espíritu de Dios le revelaba su pecaminosidad, anhelaba pedir ayuda a Cristo; pero estaba acostumbrado al carácter exclusivo de los rabinos, y no había creído que este gran maestro se fijaría en el.
Sentado en su garita de peaje un día, el publicano vio a Jesús que se acercaba. Grande fue su asombro al oírle decir: “Sígueme.”
Mateo, “dejadas todas las cosas, levantándose, le siguió.” No vaciló ni dudó, ni recordó el negocio lucrativo que iba a cambiar por la pobreza y las penurias. Le bastaba estar con Jesús, poder escuchar sus palabras y unirse con él en su obra.
Así había sido con los discípulos antes llamados. Cuando Jesús invitó a Pedro y sus compañeros a seguirle, dejaron inmediatamente sus barcos y sus redes. Algunos de esos discípulos tenían deudos que dependían de ellos para su sostén, pero cuando recibieron la invitación del Salvador, no vacilaron ni preguntaron: ¿Cómo viviré y sostendré mi familia? Fueron obedientes al llamamiento, y cuando más tarde Jesús les preguntó: “Cuando os envié sin bolsa, y sin alforja, y sin zapatos, ¿os faltó algo?” pudieron responder: “Nada.” Lucas 22:35
.
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35 Y a ellos dijo: Cuando os envié sin bolsa, sin alforja, y sin calzado, ¿os faltó algo? Ellos dijeron: Nada.
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35 Entonces Jesús les preguntó: — Cuando los envié a predicar la Buena Noticia y no tenían dinero ni bolso de viaje ni otro par de sandalias, ¿les faltó algo? — No — respondieron ellos.
A Mateo en su riqueza, y a Andrés y Pedro en su pobreza, llegó la misma prueba, y cada uno hizo la misma consagración. En el momento del éxito, cuando las redes estaban llenas de peces y eran más fuertes los impulsos de la vida antigua, Jesús pidió a los discípulos, a orillas del mar, que lo dejasen todo para dedicarse a la obra del Evangelio. Así también es probada cada alma para ver si el deseo de los bienes temporales prima sobre el de la comunión con Cristo.
Los buenos principios son siempre exigentes. Nadie puede tener éxito en el servicio de Dios a menos que todo su corazón esté en la obra, y tenga todas las cosas por pérdida frente a la excelencia del conocimiento de Cristo. Nadie que haga reserva alguna puede ser discípulo de Cristo, y mucho menos puede ser su colaborador. Cuando los hombres aprecien la gran salvación, se verá en su vida el sacrificio propio que se vio en la de Cristo. Se regocijarán en seguirle adondequiera que los guíe.
El llamamiento de Mateo al discipulado excitó gran indignación. Que un maestro religioso eligiese a un publicano como uno de sus acompañantes inmediatos, era una ofensa contra las costumbres religiosas, sociales y nacionales. Apelando a los prejuicios de la gente, los fariseos esperaban volver contra Jesús la corriente del sentimiento popular.
creó un extenso interés entre los publicanos. Su corazón fue atraído hacia el divino Maestro. En el gozo de su nuevo discipulado, Mateo anhelaba llevar a Jesús sus antiguos asociados. Por consiguiente, dio un banquete en su casa, y convocó a sus parientes y amigos. No sólo fueron incluidos los publicanos, sino también muchos otros de reputación dudosa, proscritos por sus vecinos más escrupulosos.
El agasajo fue dado en honor de Jesús, y él no vaciló en aceptar la cortesía. Bien sabía que ésta ofendería al partido farisaico y le comprometería a los ojos del pueblo. Pero ninguna cuestión de política podía influir en sus acciones. Para él no tenían peso las distinciones externas. Lo que atraía su corazón era un alma sedienta del agua de vida.
Jesús se sentó como huésped honrado en la mesa de los publicanos, demostrando por su simpatía y amabilidad social que reconocía la dignidad de la humanidad; y los hombres anhelaban hacerse dignos de su confianza. Sobre sus corazones sedientos caían sus palabras con poder bendecido y vivificador, despertando nuevos impulsos y presentando la posibilidad de una nueva vida a estos parias de la sociedad.
En reuniones tales como ésta, no pocos fueron impresionados por la enseñanza del Salvador, aunque no le reconocieron hasta después de su ascensión. Cuando el Espíritu Santo fue derramado, y tres mil fueron convertidos en un día, había entre ellos muchos que habían oído por primera vez la verdad en la mesa de los publicanos, y algunos de ellos llegaron a ser mensajeros del Evangelio. Para Mateo mismo, el ejemplo de Jesús en el banquete fue una constante lección. El publicano despreciado vino a ser uno de los evangelistas más consagrados, y en su propio ministerio siguió muy de cerca las pisadas del Maestro.
Cuando los rabinos supieron de la presencia de Jesús en la fiesta de Mateo, aprovecharon la oportunidad para acusarle. Pero decidieron obrar por medio de los discípulos. Despertando sus prejuicios, esperaban enajenarlos de su Maestro. Su recurso consistió en acusar a Cristo ante los discípulos, y a los discípulos ante Cristo, dirigiendo sus flechas adonde había más probabilidad de producir heridas. Así ha obrado Satanás desde que manifestó desafecto en el cielo; y todos los que tratan de causar discordia y enajenamiento son impulsados por su espíritu.
“¿Por qué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores?” preguntaron los envidiosos rabinos.
Jesús no esperó que sus discípulos contestasen la acusación, sino que él mismo replicó: “Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. Andad pues, y aprended qué cosa es: Misericordia quiero, y no sacrificio: porque no he venido a llamar justos, sino pecadores a arrepentimiento.” Los fariseos pretendían ser espiritualmente sanos, y por lo tanto no tener necesidad de médico, mientras que consideraban que los publicanos y los gentiles estaban pereciendo por las enfermedades del alma. ¿No consistía, pues, su obra como médico en ir a la clase que necesitaba su ayuda?
Pero aunque los fariseos tenían tan alto concepto de sí mismos, estaban realmente en peor condición que aquellos a quienes despreciaban. Los publicanos tenían menos fanatismo y suficiencia propia, y así eran más susceptibles a la influencia de la verdad. Jesús dijo a los rabinos: “Andad pues, y aprended qué cosa es: Misericordia quiero, y no sacrificio.” Así demostró que mientras aseveraban exponer la Palabra de Dios, ignoraban completamente su espíritu.
Los fariseos fueron acallados por el momento, pero quedaron tanto más resueltos en su enemistad. Buscaron luego a los discípulos de Juan el Bautista y trataron de levantarlos contra el Salvador. Esos fariseos no habían aceptado la misión del Bautista. Habían señalado con escarnio su vida abstemia, sus costumbres sencillas, sus ropas burdas, y le habían declarado fanático. Porque él denunciaba su hipocresía, habían resistido a sus palabras, y habían tratado de incitar al pueblo contra él. El Espíritu de Dios había obrado en los corazones de estos escarnecedores, convenciéndolos de pecado; pero habían rechazado el consejo de Dios, y habían declarado que Juan estaba poseído de un demonio.
Pero ahora que Jesús había venido y andaba entre la gente, comiendo y bebiendo en sus mesas, le acusaban de glotón y bebedor. Los mismos que hacían esa acusación eran culpables. Así como Satanás representa falsamente a Dios y le reviste de sus propios atributos, la conducta de los mensajeros de Dios fue falseada por esos hombres perversos.
Los fariseos no querían considerar que Jesús comía con los publicanos y los pecadores para llevar la luz del cielo a aquellos que moraban en tinieblas. No querían ver que cada palabra pronunciada por el divino Maestro era una simiente viva que iba a germinar y llevar fruto para gloria de Dios. Habían resuelto no aceptar la luz; y aunque se habían opuesto a la misión del Bautista, estaban ahora listos para cortejar la amistad de sus discípulos, esperando obtener su cooperación contra Jesús. Sostuvieron que Jesús anulaba las antiguas tradiciones; y pusieron en contraste la austera piedad del Bautista con la conducta de Jesús al comer con publicanos y pecadores. Los discípulos de Juan estaban entonces en gran aflicción. Era antes de su visita a Jesús con el mensaje de Juan. Su amado maestro estaba en la cárcel, y ellos pasaban los días lamentándose. Jesús no hacía ningún esfuerzo para librar a Juan, y hasta parecía desacreditar su enseñanza. Si Juan había sido enviado por Dios, ¿por qué seguían Jesús y sus discípulos una conducta tan diferente?
Los discípulos de Juan no comprendían bien la obra de Cristo; pensaban que tal vez las acusaciones de los fariseos tenían algún fundamento. Observaban muchas de las reglas prescritas por los rabinos; y hasta esperaban ser justificados por las obras de la ley. El ayuno era practicado por los judíos como un acto de mérito, y los más estrictos ayunaban dos días cada semana. Los fariseos y los discípulos de Juan ayunaban cuando los últimos vinieron a Jesús con la pregunta: “¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos muchas veces, y tus discípulos no ayunan?”
Jesús les contestó afectuosamente. No trató de corregir su concepto erróneo del ayuno, sino tan sólo con respecto a su propia misión. Y lo hizo empleando la misma figura que el Bautista había usado en su testimonio acerca de Jesús. Juan había dicho: “El que tiene la esposa, es el esposo; mas el amigo del esposo, que está en pie y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues, éste mi gozo es cumplido.” San Juan 3:29
. Los discípulos de Juan no podían menos que recordar estas palabras de su maestro, y, siguiendo con la ilustración, Jesús dijo: “¿Podéis hacer que los que están de bodas ayunen, entre tanto que el esposo está con ellos?”
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29 El que tiene la esposa, es el esposo; mas el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues, este mi gozo está cumplido.
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29 Es el novio quien se casa con la novia, y el amigo del novio simplemente se alegra de poder estar al lado del novio y oír sus votos. Por lo tanto, oír que él tiene éxito me llena de alegría.
El Príncipe del cielo estaba entre su pueblo. El mayor don de Dios había sido dado al mundo. Había gozo para los pobres; porque Cristo había venido a hacerlos herederos de su reino. Había gozo para los ricos; porque les iba a enseñar a obtener las riquezas eternas. Había gozo para los ignorantes; porque los iba a hacer sabios para la salvación. Había gozo para los sabios; pues él les iba a abrir misterios más profundos que los que jamás hubieran sondeado; verdades que habían estado ocultas desde la fundación del mundo iban a ser reveladas a los hombres por la misión del Salvador.
Juan el Bautista se había regocijado de contemplar al Salvador. ¡Qué ocasión de regocijo tenían los discípulos con su privilegio de andar y hablar con la Majestad del cielo! Este no era para ellos tiempo de llorar y ayunar. Debían abrir su corazón para recibir la luz de su gloria, a fin de poder derramar luz sobre aquellos que moraban en tinieblas y sombra de muerte.
Las palabras de Cristo habían evocado un cuadro brillante, pero lo cruzaba una densa sombra, que solamente su ojo discernía. “Vendrán días, les dijo, cuando el esposo les será quitado: entonces ayunarán en aquellos días.” Cuando viesen a su Señor traicionado y crucificado, los discípulos llorarían y ayunarían. En las últimas palabras que les dirigiera en el aposento alto, dijo: “Un poquito, y no me veréis, y otra vez un poquito, y me veréis. De cierto, de cierto os digo, que vosotros lloraréis y lamentaréis, y el mundo se alegrará: empero aunque vosotros estaréis tristes, vuestra tristeza se tornará en gozo.” San Juan 16:19-20
.
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19 Jesús conoció que querían preguntarle, y les dijo: ¿Preguntáis entre vosotros acerca de esto que dije: Todavía un poco y no me veréis, y de nuevo un poco y me veréis?
20 De cierto, de cierto os digo, que vosotros lloraréis y lamentaréis, y el mundo se alegrará; pero aunque vosotros estéis tristes, vuestra tristeza se convertirá en gozo.
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19 Jesús se dio cuenta de que querían preguntarle sobre eso, así que les dijo: — ¿Se están preguntando qué quise decir? Dije que, dentro de poco, no me verán más; pero tiempo después, volverán a verme.
20 Les digo la verdad, ustedes llorarán y se lamentarán por lo que va a sucederme, pero el mundo se alegrará. Ustedes se lamentarán, pero su dolor se convertirá de pronto en una alegría maravillosa.
Cuando saliese de la tumba, su tristeza se trocaría en gozo. Después de su ascensión, iba a estar ausente en persona; pero por medio del Consolador estaría todavía con ellos, y no debían pasar su tiempo en lamentaciones. Ésto era lo que Satanás quería. Deseaba que diesen al mundo la impresión de que habían sido engañados y chasqueados; pero por la fe habían de mirar al santuario celestial, donde Jesús ministraba por ellos; debían abrir su corazón al Espíritu Santo, su representante, y regocijarse en la luz de su presencia. Sin embargo, iban a venir días de tentación y prueba, cuando serían puestos en conflicto con los gobernantes de este mundo y los dirigentes del reino de las tinieblas; cuando Cristo no estuviera personalmente con ellos y no alcanzaran a discernir el Consolador, entonces sería más apropiado para ellos ayunar.
Los fariseos trataban de exaltarse por su rigurosa observancia de las formas, mientras que su corazón estaba lleno de envidia y disensión. “He aquí, dice la Escritura, que para contiendas y debates ayunáis, y para herir con el puño inicuamente; no ayunéis como hoy, para que vuestra voz sea oída en lo alto. ¿Es tal el ayuno que yo escogí, que de día aflija el hombre su alma, que encorve su cabeza como junco, y haga cama de saco y de ceniza? ¿Llamaréis ésto ayuno, y día agradable a Jehová?” Isaías 58:4-5.
El verdadero ayuno no es una sencilla práctica ritual. La Escritura describe así el ayuno que Dios ha escogido: “Desatar las ligaduras de impiedad, deshacer los haces de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo;” que “derramares tu alma al hambriento, y saciares el alma afligida.” Isaías 58:6, 10. En estas palabras se presenta el espíritu y el carácter de la obra de Cristo. Toda su vida fue un sacrificio de sí mismo por la salvación del mundo. Ora ayunase en el desierto de la tentación, ora comiese con los publicanos en el banquete de Mateo, estaba dando su vida para la redención de los perdidos. El verdadero espíritu de devoción no se manifiesta en ociosos lamentos, ni en la mera humillación corporal y los múltiples sacrificios, sino en la entrega del yo a un servicio voluntario a Dios y al hombre.
Continuando su respuesta a los discípulos de Juan, Jesús pronunció una parábola diciendo: “Nadie mete remiendo de paño nuevo en vestido viejo; de otra manera el nuevo rompe, y al viejo no conviene remiendo nuevo.” El mensaje de Juan el Bautista no había de entretejerse con la tradición y la superstición. Una tentativa de fusionar la hipocresía de los fariseos con la devoción de Juan no lograría sino hacer más evidente el abismo que había entre ellos.
Ni tampoco podían unirse los principios de la enseñanza de Cristo con las formas del farisaísmo. Cristo no había de cerrar la brecha hecha por las enseñanzas de Juan. El iba a hacer aun más definida la separación entre lo antiguo y lo nuevo. Jesús ilustró aun más este hecho diciendo: “Nadie echa vino nuevo en cueros viejos; de otra manera el vino nuevo romperá los cueros, y el vino se derramará, y los cueros se perderán.” Los odres que se usaban como recipientes para el vino nuevo, después de un tiempo se secaban y volvían quebradizos, y ya no podían servir con el mismo fin. En esta ilustración familiar, Jesús presentó la condición de los dirigentes judíos.
Sacerdotes, escribas y gobernantes estaban sumidos en una rutina de ceremonias y tradiciones. Sus corazones se habían contraído como los odres resecados a los cuales se los había comparado. Mientras permanecían satisfechos con una religión legal, les era imposible ser depositarios de la verdad viva del cielo. Pensaban que para todo bastaba su propia justicia, y no deseaban que entrase un nuevo elemento en su religión. No aceptaban la buena voluntad de Dios para con los hombres como algo separado de ellos. La relacionaban con el mérito propio de sus buenas obras. La fe que obra por amor y purifica el alma, no hallaba donde unirse con la religión de los fariseos, compuesta de ceremonias y de órdenes humanas. El esfuerzo de aunar las enseñanzas de Jesús con la religión establecida sería vano. La verdad vital de Dios, como el vino en fermentación, reventaría los viejos y decadentes odres de la tradición farisaica.
Los fariseos se creían demasiado sabios para necesitar instrucción, demasiado justos para necesitar salvación, demasiado altamente honrados para necesitar la honra que proviene de Cristo. El Salvador se apartó de ellos para hallar a otros que quisieran recibir el mensaje del cielo. En los pescadores sin instrucción, en los publicanos de la plaza, en la mujer de Samaria, en el vulgo que le oía gustosamente, halló sus nuevos odres para el nuevo vino. Los instrumentos que han de ser usados en la obra del Evangelio son las almas que reciben gustosamente la luz que Dios les manda. Son sus agentes para impartir el conocimiento de la verdad al mundo. Si por medio de la gracia de Cristo los suyos quieren llegar a ser nuevos odres, los llenará con nuevo vino.
La enseñanza de Cristo, aunque representada por el nuevo vino, no era una doctrina nueva, sino la revelación de lo que había sido enseñado desde el principio. Pero para los fariseos la verdad de Dios había perdido su significado y hermosura originales. Para ellos, la enseñanza de Cristo era nueva en casi todo respecto, y no la reconocían ni aceptaban.
Jesús señaló el poder que la falsa enseñanza tiene para destruir el aprecio y el deseo de la verdad. “Ninguno, dijo él, que bebiere del añejo, quiere luego el nuevo; porque dice: El añejo es mejor.” Toda la verdad que había sido dada al mundo por los patriarcas y los profetas resplandecía con nueva belleza en las palabras de Cristo. Pero los escribas y fariseos no deseaban el precioso vino nuevo. Hasta que no se vaciasen de sus viejas tradiciones, costumbres y prácticas, no tenían en su mente o corazón lugar para las enseñanzas de Cristo. Se aferraban a las formas muertas, y se apartaban de la verdad viva y del poder de Dios.
Ésto ocasionó la ruina de los judíos y será la ruina de muchas almas en nuestros tiempos. Miles están cometiendo el mismo error que los fariseos a quienes Cristo reprendió en el festín de Mateo. Antes que renunciar a alguna idea que les es cara, o descartar algún ídolo de su opinión, muchos rechazan la verdad que desciende del Padre de las luces. Confían en sí mismos y dependen de su propia sabiduría, y no comprenden su pobreza espiritual. Insisten en ser salvos de alguna manera por la cual puedan realizar alguna obra importante. Cuando ven que no pueden entretejer el yo en esa obra, rechazan la salvación provista.
Una religión legal no puede nunca conducir las almas a Cristo, porque es una religión sin amor y sin Cristo. El ayuno o la oración motivada por un espíritu de justificación propia, es abominación a Dios. La solemne asamblea para adorar, la repetición de ceremonias religiosas, la humillación externa, el sacrificio imponente, proclaman que el que hace esas cosas se considera justo, con derecho al cielo, pero es todo un engaño. Nuestras propias obras no pueden nunca comprar la salvación.
Como fue en los días de Cristo, así es hoy; los fariseos no conocen su indigencia espiritual. A ellos llega el mensaje: “Porque tú dices: Yo soy rico, y estoy enriquecido, y no tengo necesidad de ninguna cosa; y no conoces que tú eres un cuitado y miserable y pobre y ciego y desnudo; yo te amonesto que de mí compres oro afinado en fuego, para que seas hecho rico, y seas vestido de vestiduras blancas, para que no se descubra la vergüenza de tu desnudez.” Apocalipsis 3:17-18
. La fe y el amor son el oro probado en el fuego. Pero en el caso de muchos, el oro se ha empañado, y se ha perdido el rico tesoro. La justicia de Cristo es para ellos como un manto sin estrenar, una fuente sellada. A ellos se dice: “Tengo contra ti que has dejado tu primer amor. Recuerda por tanto de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré presto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido.” Apocalipsis 2:4-5
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17 Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo.
18 Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas.
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17 Tú dices: “Soy rico, tengo todo lo que quiero, ¡no necesito nada!”. Y no te das cuenta de que eres un infeliz y un miserable; eres pobre, ciego y estás desnudo.
18 Así que te aconsejo que de mí compres oro — un oro purificado por fuego — y entonces serás rico. Compra también ropas blancas de mí, así no tendrás vergüenza por tu desnudez, y compra ungüento para tus ojos, para que así puedas ver.
.
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4 Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor.
5 Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido.
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4 »Pero tengo una queja en tu contra. ¡No me amas a mí ni se aman entre ustedes como al principio!
5 ¡Mira hasta dónde has caído! Vuélvete a mí y haz las obras que hacías al principio. Si no te arrepientes, vendré y quitaré tu candelabro de su lugar entre las iglesias;
“Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado: al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.” Salmos 51:17
. El hombre debe despojarse de sí mismo antes que pueda ser, en el sentido más pleno, creyente en Jesús. Entonces el Señor puede hacer del hombre una nueva criatura. Los nuevos odres pueden contener el nuevo vino. El amor de Cristo animará al creyente con nueva vida. En aquel que mira al Autor y Consumador de nuestra fe, se manifestará el carácter de Cristo.
RVR1960
17 Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.
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17 El sacrificio que sí deseas es un espíritu quebrantado; tú no rechazarás un corazón arrepentido y quebrantado, oh Dios.