Encarcelamiento y Muerte de Juan — Estudia la Biblia Hoy





22/87          26 - 40 minutes
Encarcelamiento y Muerte de Juan
Encarcelamiento y Muerte de Juan
Encarcelamiento y Muerte de Juan



EXPRESSIVE IMAGE ERROR: Local source not found or unreadable: /home/expressive/public_html/estudialabibliahoy.com/fabian/libros/el-deseado-de-todas-las-gentes/encarcelamiento-y-muerte-de-juan/xxx
Source: xxx

Mateo 11:1-11
RVR1960 (Lc. 7.
18-35) 1 Cuando Jesús terminó de dar instrucciones a sus doce discípulos, se fue de allí a enseñar y a predicar en las ciudades de ellos. 2 Y al oír Juan, en la cárcel, los hechos de Cristo, le envió dos de sus discípulos, 3 para preguntarle: ¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro? 4 Respondiendo Jesús, les dijo: Id, y haced saber a Juan las cosas que oís y veis. 5 Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio; 6 y bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí. 7 Mientras ellos se iban, comenzó Jesús a decir de Juan a la gente: ¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? 8 ¿O qué salisteis a ver? ¿A un hombre cubierto de vestiduras delicadas? He aquí, los que llevan vestiduras delicadas, en las casas de los reyes están. 9 Pero ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y más que profeta. 10 Porque este es de quien está escrito: He aquí, yo envío mi mensajero delante de tu faz, El cual preparará tu camino delante de ti. 11 De cierto os digo: Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él.
NTV 1 Cuando Jesús terminó de darles esas instrucciones a los doce discípulos, salió a enseñar y a predicar en las ciudades de toda la región. 2 Juan el Bautista, quien estaba en prisión, oyó acerca de todas las cosas que hacía el Mesías. Entonces envió a sus discípulos para que le preguntaran a Jesús: 3 — ¿Eres tú el Mesías a quien hemos esperado o debemos seguir buscando a otro? 4 Jesús les dijo: — Regresen a Juan y cuéntenle lo que han oído y visto: 5 los ciegos ven, los cojos caminan bien, los que tienen lepra son curados, los sordos oyen, los muertos resucitan, y a los pobres se les predica la Buena Noticia. 6 — Y agregó — : Dios bendice a los que no se apartan por causa de mí. 7 Mientras los discípulos de Juan se iban, Jesús comenzó a hablar acerca de él a las multitudes: «¿A qué clase de hombre fueron a ver al desierto? ¿Acaso era una caña débil sacudida con la más leve brisa? 8 ¿O esperaban ver a un hombre vestido con ropa costosa? No, la gente que usa ropa costosa vive en los palacios. 9 ¿Buscaban a un profeta? Así es, y él es más que un profeta. 10 Juan es el hombre al que se refieren las Escrituras cuando dicen: “Mira, envío a mi mensajero por anticipado, y él preparará el camino delante de ti” . 11 »Les digo la verdad, de todos los que han vivido, nadie es superior a Juan el Bautista. Sin embargo, hasta la persona más insignificante en el reino del cielo es superior a él.
Mateo 14:1-11
RVR1960 (Mr. 6.
14-29; Lc. 9.
7-9) 1 En aquel tiempo Herodes el tetrarca oyó la fama de Jesús, 2 y dijo a sus criados: Este es Juan el Bautista; ha resucitado de los muertos, y por eso actúan en él estos poderes. 3 Porque Herodes había prendido a Juan, y le había encadenado y metido en la cárcel, por causa de Herodías, mujer de Felipe su hermano; 4 porque Juan le decía: No te es lícito tenerla. 5 Y Herodes quería matarle, pero temía al pueblo; porque tenían a Juan por profeta. 6 Pero cuando se celebraba el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó en medio, y agradó a Herodes, 7 por lo cual este le prometió con juramento darle todo lo que pidiese. 8 Ella, instruida primero por su madre, dijo: Dame aquí en un plato la cabeza de Juan el Bautista. 9 Entonces el rey se entristeció; pero a causa del juramento, y de los que estaban con él a la mesa, mandó que se la diesen, 10 y ordenó decapitar a Juan en la cárcel. 11 Y fue traída su cabeza en un plato, y dada a la muchacha; y ella la presentó a su madre.
NTV 1 Cuando Herodes Antipas, el gobernante de Galilea, oyó hablar de Jesús, 2 les dijo a sus consejeros: «¡Este debe ser Juan el Bautista que resucitó de los muertos! Por eso puede hacer semejantes milagros». 3 Pues Herodes había arrestado y encarcelado a Juan como un favor para su esposa, Herodías (exesposa de Felipe, el hermano de Herodes). 4 Juan venía diciendo a Herodes: «Es contra la ley de Dios que te cases con ella». 5 Herodes quería matar a Juan pero temía que se produjera un disturbio, porque toda la gente creía que Juan era un profeta. 6 Pero durante la fiesta de cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías bailó una danza que a él le agradó mucho; 7 entonces le prometió con un juramento que le daría cualquier cosa que ella quisiera. 8 Presionada por su madre, la joven dijo: «Quiero en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista». 9 Entonces el rey se arrepintió de lo que había dicho; pero debido al juramento que había hecho delante de sus invitados, dio las órdenes necesarias. 10 Así fue que decapitaron a Juan en la prisión, 11 trajeron su cabeza en una bandeja y se la dieron a la joven, quien se la llevó a su madre.
Marcos 6:17-28
RVR1960 17 Porque el mismo Herodes había enviado y prendido a Juan, y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, mujer de Felipe su hermano; pues la había tomado por mujer. 18 Porque Juan decía a Herodes: No te es lícito tener la mujer de tu hermano. 19 Pero Herodías le acechaba, y deseaba matarle, y no podía; 20 porque Herodes temía a Juan, sabiendo que era varón justo y santo, y le guardaba a salvo; y oyéndole, se quedaba muy perplejo, pero le escuchaba de buena gana. 21 Pero venido un día oportuno, en que Herodes, en la fiesta de su cumpleaños, daba una cena a sus príncipes y tribunos y a los principales de Galilea, 22 entrando la hija de Herodías, danzó, y agradó a Herodes y a los que estaban con él a la mesa; y el rey dijo a la muchacha: Pídeme lo que quieras, y yo te lo daré. 23 Y le juró: Todo lo que me pidas te daré, hasta la mitad de mi reino. 24 Saliendo ella, dijo a su madre: ¿Qué pediré? Y ella le dijo: La cabeza de Juan el Bautista. 25 Entonces ella entró prontamente al rey, y pidió diciendo: Quiero que ahora mismo me des en un plato la cabeza de Juan el Bautista. 26 Y el rey se entristeció mucho; pero a causa del juramento, y de los que estaban con él a la mesa, no quiso desecharla. 27 Y en seguida el rey, enviando a uno de la guardia, mandó que fuese traída la cabeza de Juan. 28 El guarda fue, le decapitó en la cárcel, y trajo su cabeza en un plato y la dio a la muchacha, y la muchacha la dio a su madre. NTV 17 Pues Herodes había enviado soldados para arrestar y encarcelar a Juan para hacerle un favor a Herodías. Él se casó con ella a pesar de que era esposa de su hermano, Felipe. 18 Juan le había estado diciendo a Herodes: «Es contra la ley de Dios que te cases con la esposa de tu hermano». 19 Por eso Herodías le guardaba rencor a Juan y quería matarlo; pero sin el visto bueno de Herodes, ella no podía hacer nada, 20 porque Herodes respetaba a Juan y lo protegía porque sabía que era un hombre bueno y santo. Herodes se inquietaba mucho siempre que hablaba con Juan, pero aun así le gustaba escucharlo. 21 Finalmente, Herodías tuvo su oportunidad en el cumpleaños de Herodes. Él dio una fiesta para los altos funcionarios de su gobierno, los oficiales del ejército y los ciudadanos prominentes de Galilea. 22 Luego la hija del rey, también llamada Herodías, entró y bailó una danza que agradó mucho a Herodes y a sus invitados. «Pídeme lo que quieras — le dijo el rey a la muchacha — y te lo daré». 23 Incluso juró: «Te daré cualquier cosa que me pidas, ¡hasta la mitad de mi reino! ». 24 Ella salió y le preguntó a su madre: — ¿Qué debo pedir? Su madre le dijo: — ¡Pide la cabeza de Juan el Bautista! 25 Así que la muchacha regresó de prisa y le dijo al rey: — ¡Quiero ahora mismo la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja! 26 Entonces el rey se arrepintió profundamente de lo que había dicho, pero debido a los juramentos que había hecho delante de sus invitados, no le podía negar lo que pedía. 27 Así que envió de inmediato a un verdugo a la prisión para que le cortara la cabeza a Juan y luego se la trajera. El soldado decapitó a Juan en la prisión, 28 trajo su cabeza en una bandeja y se la dio a la muchacha, quien se la llevó a su madre.


Juan El Bautista había sido el primero en proclamar el reino de Cristo, y fue también el primero en sufrir. Desde el aire libre del desierto y las vastas muchedumbres que habían estado suspensas de sus palabras, pasó a quedar encerrado entre las murallas de una mazmorra, encarcelado en la fortaleza de Herodes Antipas. En el territorio que estaba al este del Jordán, que se hallaba bajo el dominio de Antipas, había transcurrido gran parte del ministerio de Juan. Herodes mismo había escuchado la predicación del Bautista. El rey disoluto había temblado al oír el llamamiento a arrepentirse. “Herodes temía a Juan, sabiendo que era varón justo y santo, . . y oyéndole, hacía muchas cosas; y le oía de buena gana.” Juan obró fielmente con él, denunciando su unión inicua con Herodías, la esposa de su hermano. Durante un tiempo, Herodes trató débilmente de romper la cadena de concupiscencia que le ligaba; pero Herodías le sujetó más firmemente en sus redes y se vengó del Bautista, induciendo a Herodes a echarlo en la cárcel.

La vida de Juan había sido de labor activa, y la lobreguez e inactividad de la cárcel le abrumaban enormemente. Mientras pasaba semana tras semana sin traer cambio alguno, el abatimiento y la duda fueron apoderándose de él. Sus discípulos no le abandonaron. Se les permitía tener acceso a la cárcel, y le traían noticias de las obras de Jesús y de cómo la gente acudía a él. Pero preguntaban por qué, si ese nuevo maestro era el Mesías, no hacía algo para conseguir la liberación de Juan. ¿Cómo podía permitir que su fiel heraldo perdiese la libertad y tal vez la vida? Estas preguntas no quedaron sin efecto. Sugirieron a Juan dudas que de otra manera nunca se le habrían presentado. Satanás se regocijaba al oír las palabras de esos discípulos, y al ver cómo lastimaban el alma del mensajero del Señor. ¡Oh, con cuánta frecuencia los que se creen amigos de un hombre bueno y desean mostrarle su fidelidad, resultan ser sus más peligrosos enemigos! ¡Con cuánta frecuencia, en vez de fortalecer su fe, sus palabras le deprimen y desalientan!

Como los discípulos del Salvador, Juan el Bautista no comprendía la naturaleza del reino de Cristo. Esperaba que Jesús ocupase el trono de David; y como pasaba el tiempo y el Salvador no asumía la autoridad real, Juan quedaba perplejo y perturbado. Había declarado a la gente que a fin de que el camino estuviese preparado delante del Señor, la profecía de Isaías debía cumplirse; las montañas y colinas debían ser allanadas, lo torcido enderezado y los lugares escabrosos alisados. Había esperado que las alturas del orgullo y el poder humano fuesen derribadas. Había señalado al Mesías como Aquel cuyo aventador estaba en su mano, y que limpiaría cabalmente su era, que recogería el trigo en su alfolí y quemaría el tamo con fuego inextinguible. Como el profeta Elías, en cuyo espíritu y poder había venido a Israel, esperaba que el Señor se revelase como Dios que contesta por fuego.

En su misión, el Bautista se había destacado como intré- pido reprensor de la iniquidad, tanto entre los encumbrados como entre los humildes. Había osado hacer frente al rey Herodes y reprocharle claramente su pecado. No había estimado preciosa su vida con tal de cumplir la obra que le había sido encomendada. Y ahora, desde su mazmorra, esperaba ver al León de la tribu de Judá derribar el orgullo del opresor y librar a los pobres y al que clamaba. Pero Jesús parecía conformarse con reunir discípulos en derredor suyo, y sanar y enseñar a la gente. Comía en la mesa de los publicanos, mientras que cada día el yugo romano pesaba siempre más sobre Israel; el rey Herodes y su vil amante realizaban su voluntad, y los clamores de los pobres y dolientes ascendían al cielo.

Todo ésto le parecía un misterio insondable al profeta del desierto. Había horas en que los susurros de los demonios atormentaban su espíritu y la sombra de un miedo terrible se apoderaba de él. ¿Podría ser que el tan esperado Libertador no hubiese aparecido todavía? ¿Qué significaba entonces el mensaje que él había sido impulsado a dar? Juan había quedado acerbamente chasqueado del resultado de su misión. Había esperado que el mensaje de Dios tuviese el mismo efecto que cuando la ley fue leída en los días de Josías y Esdras 2, 2 Crónicas 34, Nehemías 8, 9; que seguiría una profunda obra de arrepentimiento y regreso al Señor. Había sacrificado toda su vida al éxito de su misión. ¿Habría sido en vano?

Perturbaba a Juan el ver que por amor a él sus propios discípulos albergaban incredulidad para con Jesús. ¿Habría sido vana su obra para ellos? ¿Habría sido él infiel en su misión, y habría de ser separado de ella? Si el Libertador prometido había aparecido, y Juan había sido hallado fiel a su misión, ¿no derribaría Jesús el poder del opresor, dejando en libertad a su heraldo?

Pero el Bautista no renunció a su fe en Cristo. El recuerdo de la voz del cielo y de la paloma que había descendido sobre él, la inmaculada pureza de Jesús, el poder del Espíritu Santo que había descansado sobre Juan cuando estuvo en la presencia del Salvador, y el testimonio de las escrituras proféticas, todo atestiguaba que Jesús de Nazaret era el Prometido.Juan no quería discutir sus dudas y ansiedades con sus compañeros. Resolvió mandar un mensaje de averiguación a Jesús. Lo confió a dos de sus discípulos. Esperando que una entrevista con el Salvador confirmaría su fe, e impartiría seguridad a sus hermanos. Anhelaba alguna palabra de Cristo, pronunciada directamente para él.

Los discípulos acudieron a Jesús con la interrogación: “¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro?” ¡Cuán poco tiempo había transcurrido desde que el Bautista había proclamado, señalando a Jesús: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.” “Éste es el que ha de venir tras mí, el cual es antes de mí.” Juan 1:29
RVR1960 29 El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. NTV 29 Al día siguiente, Juan vio que Jesús se le acercaba y dijo: «¡Miren! ¡El Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!
Juan 1:27
RVR1960 27 Este es el que viene después de mí, el que es antes de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado. NTV 27 Aunque su servicio viene después del mío, yo ni siquiera soy digno de ser su esclavo, ni de desatar las correas de sus sandalias.
. Y ahora pregunta: “¿Eres tú aquel que había de venir?” Era una intensa amargura y desilusión para la naturaleza humana. Si Juan, el precursor fiel, no discernía la misión de Cristo, ¿qué podía esperarse de la multitud egoísta? El Salvador no respondió inmediatamente a la pregunta de los discípulos. Mientras ellos estaban allí de pie, extrañados por su silencio, los enfermos y afligidos acudían a él para ser sanados. Los ciegos se abrían paso a tientas a través de la muchedumbre; los aquejados de toda clase de enfermedades, algunos abriéndose paso por su cuenta, otros llevados por sus amigos, se agolpaban ávidamente en la presencia de Jesús. La voz del poderoso Médico penetraba en los oídos de los sordos. Una palabra, un toque de su mano, abría los ojos ciegos para que contemplasen la luz del día, las escenas de la naturaleza, los rostros de sus amigos y la faz del Libertador. Jesús reprendía a la enfermedad y desterraba la fiebre. Su voz alcanzaba los oídos de los moribundos, quienes se levantaban llenos de salud y vigor. Los endemoniados paralíticos obedecían su palabra, su locura los abandonaba, y le adoraban. Mientras sanaba sus enfermedades, enseñaba a la gente. Los pobres campesinos y trabajadores, a quienes rehuían los rabinos como inmundos, se reunían cerca de él, y él les hablaba palabras de vida eterna.

Así iba transcurriendo el día, viéndolo y oyéndolo todo los discípulos de Juan. Por fin, Jesús los llamó a sí y los invitó a ir y contar a Juan lo que habían presenciado, añadiendo: “Bienaventurado es el que no fuere escandalizado en mí.” San Lucas 7:23
RVR1960 23 y bienaventurado es aquel que no halle tropiezo en mí. NTV 23 Y agregó: «Dios bendice a los que no se apartan por causa de mí».
. La evidencia de su divinidad se veía en su adaptación a las necesidades de la humanidad doliente. Su gloria se revelaba en su condescendencia con nuestro bajo estado.

Los discípulos llevaron el mensaje, y bastó. Juan recordó la profecía concerniente al Mesías: “Me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos abertura de la cárcel; a promulgar año de la buena voluntad de Jehová.” Isaías 61:1-2. Las palabras de Cristo no sólo le declaraban el Mesías, sino que demostraban de qué manera había de establecerse su reino. A Juan fue revelada la misma verdad que fuera presentada a Elías en el desierto, cuando sintió “un grande y poderoso viento que rompía los montes, y quebraba las peñas delante de Jehová: mas Jehová no estaba en el viento. Y tras el viento un terremoto: mas Jehová no estaba en el terremoto. Y tras el terremoto un fuego: mas Jehová no estaba en el fuego.” Y después del fuego, Dios habló al profeta mediante “una queda vocecita.” 1 Reyes 19:11-12
RVR1960 11 Él le dijo: Sal fuera, y ponte en el monte delante de Jehová. Y he aquí Jehová que pasaba, y un grande y poderoso viento que rompía los montes, y quebraba las peñas delante de Jehová; pero Jehová no estaba en el viento. Y tras el viento un terremoto; pero Jehová no estaba en el terremoto. 12 Y tras el terremoto un fuego; pero Jehová no estaba en el fuego. Y tras el fuego un silbo apacible y delicado. NTV 11 El Señor le dijo: — Sal y ponte de pie delante de mí, en la montaña. Mientras Elías estaba de pie allí, el Señor pasó, y un viento fuerte e impetuoso azotó la montaña. La ráfaga fue tan tremenda que las rocas se aflojaron, pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento hubo un terremoto, pero el Señor no estaba en el terremoto. 12 Pasado el terremoto hubo un incendio, pero el Señor no estaba en el incendio. Y después del incendio hubo un suave susurro.
. Así había de hacer Jesús su obra, no con el fragor de las armas y el derrocamiento de tronos y reinos, sino hablando a los corazones de los hombres por una vida de misericordia y sacrificio.

El principio que rigió la vida abnegada del Bautista era también el que regía el reino del Mesías. Juan sabía muy bien cuán ajeno era todo ésto a los principios y esperanzas de los dirigentes de Israel. Lo que para él era evidencia convincente de la divinidad de Cristo, no sería evidencia para ellos, pues esperaban a un Mesías que no había sido prometido. Juan vio que la misión del Salvador no podía granjear de ellos sino odio y condenación. Él, que era el precursor, estaba tan sólo bebiendo de la copa que Cristo mismo debía agotar hasta las heces.

Las palabras del Salvador: “Bienaventurado es el que no fuere escandalizado en mí,” eran una suave reprensión para Juan. Y no dejó de percibirla. Comprendiendo más claramente ahora la naturaleza de la misión de Cristo, se entregó a Dios para la vida o la muerte, según sirviese mejor a los intereses de la causa que amaba.

Después que los mensajeros se hubieron alejado, Jesús habló a la gente acerca de Juan. El corazón del Salvador sentía profunda simpatía por el testigo fiel ahora sepultado en la mazmorra de Herodes. No quería que la gente dedujese que Dios había abandonado a Juan, o que su fe había faltado en el día de la prueba. “¿Qué salisteis a ver al desierto?”, dijo, “¿Una caña que es meneada del viento?”

Los altos juncos que crecían al lado del Jordán, inclinándose al empuje de la brisa, eran adecuados símbolos de los rabinos que se habían erigido en críticos y jueces de la misión del Bautista. Eran agitados a uno y otro lado por los vientos de la opinión popular. No querían humillarse para recibir el mensaje escrutador del Bautista, y sin embargo, por temor a la gente, no se atrevían a oponerse abiertamente a su obra. Pero el mensajero de Dios no tenía tal espíritu pusilánime. Las multitudes que se reunían alrededor de Cristo habían presenciado las obras de Juan. Le habían oído reprender intrépidamente el pecado. A los fariseos que se creían justos, a los sacerdotales saduceos, al rey Herodes y su corte, príncipes y soldados, publicanos y campesinos, Juan había hablado con igual llaneza. No era una caña temblorosa, agitada por los vientos de la alabanza o el prejuicio humanos. Era en la cárcel el mismo en su lealtad a Dios y celo por la justicia, que cuando predicaba el mensaje de Dios en el desierto. Era tan firme como una roca en su fidelidad a los buenos principios.

Jesús continuó: “Mas ¿qué salisteis a ver? ¿un hombre cubierto de delicados vestidos? He aquí, los que traen vestidos delicados, en las casas de los reyes están.” Juan había sido llamado a reprender los pecados y excesos de su tiempo, y su sencilla vestimenta y vida abnegada estaban en armonía con el carácter de su misión. Los ricos atavíos y los lujos de esta vida no son la porción de los siervos de Dios, sino de aquellos que viven “en las casas de los reyes,” los gobernantes de este mundo, a quienes pertenecen su poder y sus riquezas. Jesús deseaba dirigir la atención al contraste que había entre la vestimenta de Juan y la que llevaban los sacerdotes y gobernantes. Éstos se ataviaban con ricos mantos y costosos ornamentos. Amaban la ostentación y esperaban deslumbrar a la gente, para alcanzar mayor consideración. Ansiaban más granjearse la admiración de los hombres, que obtener la pureza del corazón que les ganaría la aprobación de Dios. Así revelaban que no reconocían a Dios, sino al reino de este mundo.

“Mas, ¿qué, dijo Jesús, salisteis a ver? ¿un profeta? También os digo, y más que profeta. Porque éste es de quien está escrito: “He aquí, yo envío mi mensajero delante de tu faz, que aparejará tu camino delante de ti.”

“De cierto os digo, que no se levantó entre los que nacen de mujeres otro mayor que Juan el Bautista.” En el anuncio hecho a Zacarías antes del nacimiento de Juan, el ángel había declarado: “Será grande delante de Dios.” San Lucas 1:15
RVR1960 15 porque será grande delante de Dios. No beberá vino ni sidra, y será lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre. NTV 15 porque él será grande a los ojos del Señor. No deberá beber vino ni ninguna bebida alcohólica y será lleno del Espíritu Santo aun antes de nacer.
. En la estima del cielo, ¿qué constituye la grandeza? No lo que el mundo tiene por tal; ni la riqueza, la jerarquía, el linaje noble, o los dotes intelectuales, considerados en sí mismos. Si la grandeza intelectual, fuera de cualquier consideración superior, es digna de honor, entonces debemos rendir homenaje a Satanás, cuyo poder intelectual no ha sido nunca igualado por hombre alguno. Pero si el don está pervertido para servir al yo, cuanto mayor sea, mayor maldición resulta. Lo que Dios aprecia es el valor moral. El amor y la pureza son los atributos que más estima. Juan era grande a la vista del Señor cuando, delante de los mensajeros del Sanedrín, delante de la gente y de sus propios discípulos, no buscó honra para sí mismo sino que a todos indicó a Jesús como el Prometido. Su abnegado gozo en el ministerio de Cristo presenta el más alto tipo de nobleza que se haya revelado en el hombre.

El testimonio dado acerca de él después de su muerte, por aquellos que le oyeron testificar acerca de Jesús, fue: “Juan, a la verdad, ninguna señal hizo; mas todo lo que Juan dijo de éste, era verdad.” San Juan 10:41
RVR1960 41 Y muchos venían a él, y decían: Juan, a la verdad, ninguna señal hizo; pero todo lo que Juan dijo de este, era verdad. NTV 41 Y muchos lo siguieron. «Juan no hacía señales milagrosas — se comentaban unos a otros — , pero todo lo que dijo acerca de este hombre resultó ser cierto».
. No le fue dado a Juan hacer bajar fuego del cielo, ni resucitar muertos, como Elías lo había hecho, ni manejar la vara del poder en el nombre de Dios como Moisés. Fue enviado a pregonar el advenimiento del Salvador, y a invitar a la gente a prepararse para su venida. Tan fielmente cumplió su misión, que al recordar la gente lo que había enseñado acerca de Jesús, podía decir: “Todo lo que Juan dijo de éste, era verdad.” Cada discípulo del Maestro está llamado a dar semejante testimonio de Cristo.

Como heraldo del Mesías, Juan fue “más que profeta.” Porque mientras los profetas habían visto desde lejos el advenimiento de Cristo, le fue dado a Juan contemplarle, oír el testimonio del cielo en cuanto a su carácter de Mesías, y presentarle a Israel como el Enviado de Dios. Sin embargo, Jesús dijo: “El que es muy más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él.”

El profeta Juan era el eslabón que unía las dos dispensaciones. Como representante de Dios, se dedicaba a mostrar la relación de la ley y los profetas con la dispensación cristiana. Era la luz menor, que había de ser seguida por otra mayor. La mente de Juan era iluminada por el Espíritu Santo, a fin de que pudiese derramar luz sobre su pueblo; pero ninguna luz brilló ni brillará jamás tan claramente sobre el hombre caído, como la que emanó de la enseñanza y el ejemplo de Jesús. Cristo y su misión habían sido tan sólo obscuramente comprendidos bajo los símbolos y las figuras de los sacrificios. Ni Juan mismo había comprendido plenamente la vida futura e inmortal a la cual nos da acceso el Salvador.

Aparte del gozo que Juan hallaba en su misión, su vida había sido llena de pesar. Su voz se había oído rara vez fuera del desierto. Tuvo el destino de un solitario. No se le permitió ver los resultados de sus propios trabajos. No tuvo el privilegio de estar con Cristo, ni de presenciar la manifestación del poder divino que acompañó a la luz mayor. No le tocó ver a los ciegos recobrar la vista, a los enfermos sanar y a los muertos resucitar. No contempló la luz que resplandecía a través de cada palabra de Cristo, derramando gloria sobre las promesas de la profecía. El menor de los discípulos que contempló las poderosas obras de Cristo y oyó sus palabras, era en este sentido más privilegiado que Juan el Bautista, y por lo tanto se dice que es mayor que él.

Por medio de las vastas muchedumbres que habían escuchado la predicación de Juan, su fama cundió por todo el país. Había un profundo interés por el resultado de su encarcelamiento. Sin embargo, su vida inmaculada y el fuerte sentimiento público en su favor, inducían a creer que no se tomarían medidas violentas contra él.

Herodes creía que Juan era profeta de Dios y tenía la plena intención de devolverle la libertad. Pero lo iba postergando por temor a Herodías.

Esta sabía que por las medidas directas no podría nunca obtener que Herodes consintiese en la muerte de Juan, y resolvió lograr su propósito por una estratagema. En el día del cumpleaños del rey, debía ofrecerse una fiesta a los oficiales del estado y los nobles de la corte. Habría banquete y borrachera. Herodes no estaría en guardia, y ella podría influir en él a voluntad.

Cuando llegó el gran día, y el rey estaba comiendo y bebiendo con sus señores, Herodías mandó a su hija a la sala del banquete, para que bailase a fin de entretener a los invitados. Salomé estaba en su primer florecimiento como mujer; y su voluptuosa belleza cautivó los sentidos de los señores entregados a la orgía. No era costumbre que las damas de la corte apareciesen en estas fiestas, y se tributó un cumplido halagador a Herodes cuando esta hija de los sacerdotes y príncipes de Israel bailó para divertir a sus huéspedes. El rey estaba embotado por el vino. La pasión lo dominaba y la razón estaba destronada. Veía solamente la sala del placer, sus invitados entregados a la orgía, la mesa del banquete, el vino centelleante, las luces deslumbrantes y la joven que bailaba delante de él. En la temeridad del momento, deseó hacer algún acto de ostentación que le exaltase delante de los grandes de su reino. Con juramentos prometió a la hija de Herodías cualquier cosa que pidiese, aunque fuese la mitad de su reino.

Salomé se apresuró a consultar a su madre, para saber lo que debía pedir. La respuesta estaba lista: la cabeza de Juan el Bautista. Salomé no conocía la sed de venganza que había en el corazón de su madre y primero se negó a presentar la petición; pero la resolución de Herodías prevaleció. La joven volvió para formular esta horrible exigencia: “Quiero que ahora mismo me des en un trinchero la cabeza de Juan el Bautista.” San Marcos 6:25
RVR1960 25 Entonces ella entró prontamente al rey, y pidió diciendo: Quiero que ahora mismo me des en un plato la cabeza de Juan el Bautista. NTV 25 Así que la muchacha regresó de prisa y le dijo al rey: — ¡Quiero ahora mismo la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja!
.

Herodes quedó asombrado y confundido. Cesó la ruidosa alegría y un silencio penoso cayó sobre la escena de orgía. El rey quedó horrorizado al pensar en quitar la vida a Juan. Sin embargo, había empeñado su palabra y no quería parecer voluble o temerario. El juramento había sido hecho en honor de sus huéspedes, y si uno de ellos hubiese pronunciado una palabra contra el cumplimiento de su promesa, habría salvado gustosamente al profeta. Les dio oportunidad de hablar en favor del preso. Habían recorrido largas distancias para oír la predicación de Juan y sabían que era un hombre sin culpa, y un siervo de Dios. Pero aunque disgustados por la petición de la joven, estaban demasiado entontecidos para intervenir con una protesta. Ninguna voz se alzó para salvar la vida del mensajero del cielo. Esos hombres ocupaban altos puestos de confianza en la nación y sobre ellos descansaban graves responsabilidades; sin embargo, se habían entregado al banqueteo y la borrachera hasta que sus sentidos estaban embotados. Tenían la cabeza mareada por la vertiginosa escena de música y baile, y su conciencia dormía. Con su silencio, pronunciaron la sentencia de muerte sobre el profeta de Dios para satisfacer la venganza de una mujer relajada.

Herodes esperó en vano ser dispensado de su juramento; luego ordenó, de mala gana, la ejecución del profeta. Pronto fue traída la cabeza de Juan a la presencia del rey y sus huéspedes. Sellados para siempre estaban aquellos labios que habían amonestado fielmente a Herodes a que se apartase de su vida de pecado. Nunca más se oiría esa voz llamando a los hombres al arrepentimiento. La orgía de una noche había costado la vida de uno de los mayores profetas.

¡Cuán a menudo ha sido sacrificada la vida de los inocentes por la intemperancia de los que debieran haber sido guardianes de la justicia! El que lleva a sus labios la copa embriagante se hace responsable de toda la injusticia que pueda cometer bajo su poder embotador. Al adormecer sus sentidos, se incapacita para juzgar serenamente o para tener una clara percepción de lo bueno y de lo malo. Prepara el terreno para que por su medio Satanás oprima y destruya al inocente. “El vino es escarnecedor, la cerveza alborotadora; y cualquiera que por ello errare, no será sabio.” Proverbios 20:1
RVR1960 1 El vino es escarnecedor, la sidra alborotadora, Y cualquiera que por ellos yerra no es sabio. NTV 1 El vino produce burlones; la bebida alcohólica lleva a la pelea. Los que se dejan llevar por la bebida no pueden ser sabios.
. Por esta causa “la justicia se puso lejos; . . y el que se apartó del mal, fue puesto en presa.” Isaías 59:14-15
RVR1960 14 Y el derecho se retiró, y la justicia se puso lejos; porque la verdad tropezó en la plaza, y la equidad no pudo venir. 15 Y la verdad fue detenida, y el que se apartó del mal fue puesto en prisión; y lo vio Jehová, y desagradó a sus ojos, porque pereció el derecho. NTV 14 Nuestros tribunales se oponen a los justos, y no se encuentra justicia por ninguna parte. La verdad tropieza por las calles y la honradez ha sido declarada ilegal. 15 Sí, la verdad ha desaparecido y se ataca a todo el que abandona la maldad. El Señor miró y le desagradó descubrir que no había justicia.
. Los que tienen jurisdicción sobre la vida de sus semejantes deberían ser tenidos por culpables de un crimen cuando se entregan a la intemperancia. Todos los que aplican las leyes deben ser observadores de ellas. Deben ser hombres que ejerzan dominio propio. Necesitan tener pleno goce de sus facultades físicas, mentales y morales, a fin de poseer vigor intelectual y un alto sentido de la justicia.

La cabeza de Juan el Bautista fue llevada a Herodías, quien la recibió con feroz satisfacción. Se regocijaba en su venganza y se lisonjeaba de que la conciencia de Herodes ya no le perturbaría. Pero su pecado no le dio felicidad. Su nombre se hizo notorio y aborrecido, mientras que Herodes estuvo más atormentado por el remordimiento que antes por las amonestaciones del profeta. La influencia de las enseñanzas de Juan no se hundió en el silencio; había de extenderse a toda generación hasta el fin de los tiempos.

El pecado de Herodes estaba siempre delante de él. Constantemente procuraba hallar alivio de las acusaciones de su conciencia culpable. Su confianza en Juan era inconmovible. Cuando recordaba su vida de abnegación, sus súplicas fervientes y solemnes, su sano criterio en los consejos, y luego recordaba cómo había hallado la muerte, Herodes no podía encontrar descanso. Mientras atendía los asuntos del Estado, recibiendo honores de los hombres, mostraba un rostro sonriente y un porte digno, pero ocultaba un corazón ansioso, siempre temeroso de que una maldición pesara sobre él.

Herodes había quedado profundamente impresionado por las palabras de Juan, de que nada puede ocultarse de Dios. Estaba convencido de que Dios estaba presente en todo lugar, que había presenciado la orgía de la sala del banquete, que había oído la orden de decapitar a Juan, y había visto la alegría de Herodías y el insulto que infligió a la cercenada cabeza del que la había reprendido. Y muchas cosas que Herodes había oído de los labios del profeta hablaban ahora a su conciencia más distintamente de lo que lo hiciera su predicación en el desierto.

Cuando Herodes oyó hablar de las obras de Cristo, se perturbó en gran manera. Pensó que Dios había resucitado a Juan de los muertos, y lo había enviado con poder aun mayor para condenar el pecado. Temía constantemente que Juan vengase su muerte condenándole a él y a su casa. Herodes estaba cosechando lo que Dios había declarado resultado de una conducta pecaminosa: “Corazón tembloroso, y caimiento de ojos, y tristeza de alma: y tendrás tu vida como colgada delante de ti, y estarás temeroso de noche y de día, y no confiarás de tu vida. Por la mañana dirás: ¡Quién diera fuese la tarde! y a la tarde dirás: ¡Quién diera fuese la mañana! por el miedo de tu corazón con que estarás amedrentado, y por lo que verán tus ojos.” Deuteronomio 28:65-67
RVR1960 65 Y ni aun entre estas naciones descansarás, ni la planta de tu pie tendrá reposo; pues allí te dará Jehová corazón temeroso, y desfallecimiento de ojos, y tristeza de alma; 66 y tendrás tu vida como algo que pende delante de ti, y estarás temeroso de noche y de día, y no tendrás seguridad de tu vida. 67 Por la mañana dirás: ¡Quién diera que fuese la tarde! y a la tarde dirás: ¡Quién diera que fuese la mañana! por el miedo de tu corazón con que estarás amedrentado, y por lo que verán tus ojos. NTV 65 En medio de esas naciones, no encontrarás paz ni lugar de descanso. Allí el Señor hará que te tiemble el corazón, que te falle la vista y que tu alma desfallezca. 66 Tu vida siempre penderá de un hilo; día y noche vivirás con miedo, sin ninguna seguridad de sobrevivir. 67 Por la mañana dirás: “¡Si tan solo fuera de noche!”, y al oscurecer dirás: “¡Si tan solo fuera de día!”. Pues te aterrarás al ver los horrores espantosos que habrá a tu alrededor.
. Los pensamientos del pecador son sus acusadores; no podría sufrir tortura más intensa que los aguijones de una conciencia culpable, que no le deja descansar ni de día ni de noche.

Para muchos, un profundo misterio rodea la suerte de Juan el Bautista. Se preguntan por qué se le debía dejar languidecer y morir en la cárcel. Nuestra visión humana no puede penetrar el misterio de esta sombría providencia; pero ésta no puede conmover nuestra confianza en Dios cuando recordamos que Juan no era sino partícipe de los sufrimientos de Cristo. Todos los que sigan a Cristo llevarán la corona del sacrificio. Serán por cierto mal comprendidos por los hombres egoístas, y blanco de los feroces asaltos de Satanás. El reino de éste se estableció para destruir ese principio de la abnegación, y peleará contra él dondequiera que se manifieste.

La niñez, juventud y edad adulta de Juan se caracterizaron por la firmeza y la fuerza moral. Cuando su voz se oyó en el desierto diciendo: “Aparejad el camino del Señor, enderezad sus veredas,” San Mateo 3:3
RVR1960 3 Pues este es aquel de quien habló el profeta Isaías, cuando dijo: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, Enderezad sus sendas. NTV 3 El profeta Isaías se refería a Juan cuando dijo: «Es una voz que clama en el desierto: “¡Preparen el camino para la venida del Señor! ¡Ábranle camino!”».
, Satanás temió por la seguridad de su reino. El carácter pecaminoso del pecado se reveló de tal manera que los hombres temblaron. Quedó quebrantado el poder que Satanás había ejercido sobre muchos que habían estado bajo su dominio. Había sido incansable en sus esfuerzos para apartar al Bautista de una vida de entrega a Dios sin reserva; pero había fracasado. No había logrado vencer a Jesús. En la tentación del desierto, Satanás había sido derrotado, y su ira era grande. Resolvió causar pesar a Cristo hiriendo a Juan. Iba a hacer sufrir a Aquel a quien no podía inducir a pecar.

Jesús no se interpuso para librar a su siervo. Sabía que Juan soportaría la prueba. Gozosamente habría ido el Salvador a Juan, para alegrar la lobreguez de la mazmorra con su presencia. Pero no debía colocarse en las manos de sus enemigos, ni hacer peligrar su propia misión. Gustosamente habría librado a su siervo fiel. Pero por causa de los millares que en años ulteriores debían pasar de la cárcel a la muerte, Juan había de beber la copa del martirio. Mientras los discípulos de Jesús languideciesen en solitarias celdas, o pereciesen por la espada, el potro o la hoguera, aparentemente abandonados de Dios y de los hombres, ¡qué apoyo iba a ser para su corazón el pensamiento de que Juan el Bautista, cuya fidelidad Cristo mismo había atestiguado, había experimentado algo similar!

Se le permitió a Satanás abreviar la vida terrenal del mensajero de Dios; pero el destructor no podía alcanzar esa vida que “está escondida con Cristo en Dios.” Colosenses 3:3
RVR1960 3 Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. NTV 3 Pues ustedes han muerto a esta vida, y su verdadera vida está escondida con Cristo en Dios.
. Se regocijó por haber causado pesar a Cristo; pero no había logrado vencer a Juan. La misma muerte le puso para siempre fuera del alcance de la tentación. En su guerra, Satanás estaba revelando su carácter. Puso de manifiesto, delante del universo que la presenciaba, su enemistad hacia Dios y el hombre.

Aunque ninguna liberación milagrosa fue concedida a Juan, no fue abandonado. Siempre tuvo la compañía de los ángeles celestiales, que le hacían comprender las profecías concernientes a Cristo y las preciosas promesas de la Escritura. Éstas eran su sostén, como iban a ser el sostén del pueblo de Dios a través de los siglos venideros. A Juan el Bautista, como a aquellos que vinieron después de él, se aseguró: “He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.” San Mateo 28:20
RVR1960 20 enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén. NTV 20 Enseñen a los nuevos discípulos a obedecer todos los mandatos que les he dado. Y tengan por seguro esto: que estoy con ustedes siempre, hasta el fin de los tiempos».
.

Dios no conduce nunca a sus hijos de otra manera que la que ellos elegirían si pudiesen ver el fin desde el principio, y discernir la gloria del propósito que están cumpliendo como colaboradores suyos. Ni Enoc, que fue trasladado al cielo, ni Elías, que ascendió en un carro de fuego, fueron mayores o más honrados que Juan el Bautista, que pereció solo en la mazmorra. “A vosotros es concedido por Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él.” Filipenses 1:29
RVR1960 29 Porque a vosotros os es concedido a causa de Cristo, no solo que creáis en él, sino también que padezcáis por él, NTV 29 Pues a ustedes se les dio no solo el privilegio de confiar en Cristo sino también el privilegio de sufrir por él.
. Y de todos los dones que el Cielo puede conceder a los hombres, la comunión con Cristo en sus sufrimientos es el más grave cometido y el más alto honor.
“Jehová guarda a los sinceros: estaba yo pos-trado, y salvóme.”
— Salmos 116:6
RVR1960 6 Jehová guarda a los sencillos; Estaba yo postrado, y me salvó. NTV 6 El Señor protege a los que tienen fe como de un niño; estuve frente a la muerte, y él me salvó.

“Seáis perfectos, tengáis consolación, sintáis una misma cosa, tengáis paz; y el Dios de paz y de ca-ridad será con vosotros.” — 2 Corintios 13:11
RVR1960 11 Por lo demás, hermanos, tened gozo, perfeccionaos, consolaos, sed de un mismo sentir, y vivid en paz; y el Dios de paz y de amor estará con vosotros. NTV 11 Amados hermanos, termino mi carta con estas últimas palabras: estén alegres. Crezcan hasta alcanzar la madurez. Anímense unos a otros. Vivan en paz y armonía. Entonces el Dios de amor y paz estará con ustedes.

This page was produced by
Estudia la Biblia Hoy
estudialabibliahoy.expressive.site


Australia/Sydney : 20260111-182539 : 1626149781039 : 1767742818960

22/87