“Dadles Vosotros de Comer” — Estudia la Biblia Hoy





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“Dadles Vosotros de Comer”
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Mateo 14:13-21
RVR1960 (Mr. 6.
30-44; Lc. 9.
10-17; Jn. 6.
1-14) 13 Oyéndolo Jesús, se apartó de allí en una barca a un lugar desierto y apartado; y cuando la gente lo oyó, le siguió a pie desde las ciudades. 14 Y saliendo Jesús, vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, y sanó a los que de ellos estaban enfermos. 15 Cuando anochecía, se acercaron a él sus discípulos, diciendo: El lugar es desierto, y la hora ya pasada; despide a la multitud, para que vayan por las aldeas y compren de comer. 16 Jesús les dijo: No tienen necesidad de irse; dadles vosotros de comer. 17 Y ellos dijeron: No tenemos aquí sino cinco panes y dos peces. 18 Él les dijo: Traédmelos acá. 19 Entonces mandó a la gente recostarse sobre la hierba; y tomando los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, bendijo, y partió y dio los panes a los discípulos, y los discípulos a la multitud. 20 Y comieron todos, y se saciaron; y recogieron lo que sobró de los pedazos, doce cestas llenas. 21 Y los que comieron fueron como cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños.
NTV 13 En cuanto Jesús escuchó la noticia, salió en una barca a un lugar alejado para estar a solas; pero las multitudes oyeron hacia dónde se dirigía y lo siguieron a pie desde muchas ciudades. 14 Cuando Jesús bajó de la barca, vio a la gran multitud, tuvo compasión de ellos y sanó a los enfermos. 15 Esa tarde, los discípulos se le acercaron y le dijeron: — Este es un lugar alejado y ya se está haciendo tarde. Despide a las multitudes para que puedan ir a las aldeas a comprarse comida. 16 Jesús les dijo: — Eso no es necesario; denles ustedes de comer. 17 — ¡Pero lo único que tenemos son cinco panes y dos pescados! — le respondieron. 18 — Tráiganlos aquí — dijo Jesús. 19 Luego le dijo a la gente que se sentara sobre la hierba. Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados, miró hacia el cielo y los bendijo. Después partió los panes en trozos y se los dio a sus discípulos, quienes los distribuyeron entre la gente. 20 Todos comieron cuanto quisieron, y después los discípulos juntaron doce canastas con lo que sobró. 21 Aquel día, ¡unos cinco mil hombres se alimentaron, además de las mujeres y los niños!
Marcos 6:32-44
RVR1960 32 Y se fueron solos en una barca a un lugar desierto. 33 Pero muchos los vieron ir, y le reconocieron; y muchos fueron allá a pie desde las ciudades, y llegaron antes que ellos, y se juntaron a él. 34 Y salió Jesús y vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor; y comenzó a enseñarles muchas cosas. 35 Cuando ya era muy avanzada la hora, sus discípulos se acercaron a él, diciendo: El lugar es desierto, y la hora ya muy avanzada. 36 Despídelos para que vayan a los campos y aldeas de alrededor, y compren pan, pues no tienen qué comer. 37 Respondiendo él, les dijo: Dadles vosotros de comer. Ellos le dijeron: ¿Que vayamos y compremos pan por doscientos denarios, y les demos de comer? 38 Él les dijo: ¿Cuántos panes tenéis? Id y vedlo. Y al saberlo, dijeron: Cinco, y dos peces. 39 Y les mandó que hiciesen recostar a todos por grupos sobre la hierba verde. 40 Y se recostaron por grupos, de ciento en ciento, y de cincuenta en cincuenta. 41 Entonces tomó los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, bendijo, y partió los panes, y dio a sus discípulos para que los pusiesen delante; y repartió los dos peces entre todos. 42 Y comieron todos, y se saciaron. 43 Y recogieron de los pedazos doce cestas llenas, y de lo que sobró de los peces. 44 Y los que comieron eran cinco mil hombres. NTV 32 Así que salieron en la barca a un lugar tranquilo, donde pudieran estar a solas; 33 pero muchos los reconocieron y los vieron salir, y gente de muchos pueblos corrió a lo largo de la orilla y llegó antes que ellos. 34 Cuando Jesús salió de la barca, vio a la gran multitud y tuvo compasión de ellos porque eran como ovejas sin pastor. Entonces comenzó a enseñarles muchas cosas. 35 Al atardecer, los discípulos se le acercaron y le dijeron: — Este es un lugar alejado y ya se está haciendo tarde. 36 Despide a las multitudes para que puedan ir a las granjas y aldeas cercanas a comprar algo de comer. 37 Jesús les dijo: — Denles ustedes de comer. — ¿Con qué? — preguntaron — . ¡Tendríamos que trabajar durante meses para ganar suficiente a fin de comprar comida para toda esta gente! 38 — ¿Cuánto pan tienen? — preguntó — . Vayan y averigüen. Ellos regresaron e informaron: — Tenemos cinco panes y dos pescados. 39 Entonces Jesús les dijo a los discípulos que sentaran a la gente en grupos sobre la hierba verde. 40 Así que se sentaron en grupos de cincuenta y de cien. 41 Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados, miró hacia el cielo y los bendijo. Luego, a medida que partía los panes en trozos, se los daba a sus discípulos para que los distribuyeran entre la gente. También dividió los pescados para que cada persona tuviera su porción. 42 Todos comieron cuanto quisieron, 43 y después los discípulos juntaron doce canastas con lo que sobró de pan y pescado. 44 Un total de cinco mil hombres y sus familias se alimentaron.
Lucas 9:10-17
RVR1960 (Mt. 14.
13-21; Mr. 6.
30-44; Jn. 6.
1-14) 10 Vueltos los apóstoles, le contaron todo lo que habían hecho. Y tomándolos, se retiró aparte, a un lugar desierto de la ciudad llamada Betsaida. 11 Y cuando la gente lo supo, le siguió; y él les recibió, y les hablaba del reino de Dios, y sanaba a los que necesitaban ser curados. 12 Pero el día comenzaba a declinar; y acercándose los doce, le dijeron: Despide a la gente, para que vayan a las aldeas y campos de alrededor, y se alojen y encuentren alimentos; porque aquí estamos en lugar desierto. 13 Él les dijo: Dadles vosotros de comer. Y dijeron ellos: No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta multitud. 14 Y eran como cinco mil hombres. Entonces dijo a sus discípulos: Hacedlos sentar en grupos, de cincuenta en cincuenta. 15 Así lo hicieron, haciéndolos sentar a todos. 16 Y tomando los cinco panes y los dos pescados, levantando los ojos al cielo, los bendijo, y los partió, y dio a sus discípulos para que los pusiesen delante de la gente. 17 Y comieron todos, y se saciaron; y recogieron lo que les sobró, doce cestas de pedazos.
NTV 10 Cuando los apóstoles regresaron, le contaron a Jesús todo lo que habían hecho. Luego él se retiró con ellos sin llamar la atención hacia la ciudad de Betsaida, 11 pero las multitudes descubrieron adónde iba y lo siguieron. Jesús los recibió y les enseñó acerca del reino de Dios y sanó a los que estaban enfermos. 12 Al atardecer, los doce discípulos se le acercaron y le dijeron: — Despide a las multitudes para que puedan conseguir comida y encontrar alojamiento para la noche en las aldeas y granjas cercanas. En este lugar alejado no hay nada para comer. 13 Jesús les dijo: — Denles ustedes de comer. — Pero lo único que tenemos son cinco panes y dos pescados — le respondieron — . ¿O esperas que vayamos y compremos suficiente comida para toda esta gente? 14 Pues había alrededor de cinco mil hombres allí. Jesús les respondió: — Díganles que se sienten en grupos de unos cincuenta cada uno. 15 Entonces todos se sentaron. 16 Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados, miró hacia el cielo y los bendijo. Luego, a medida que partía los panes en trozos, se los daba a sus discípulos junto con los pescados para que los distribuyeran entre la gente. 17 Todos comieron cuanto quisieron, y después los discípulos juntaron doce canastas con lo que sobró.
Juan 6:1-13
RVR1960 (Mt. 14.
13-21; Mr. 6.
30-44; Lc. 9.
10-17) 1 Después de esto, Jesús fue al otro lado del mar de Galilea, el de Tiberias. 2 Y le seguía gran multitud, porque veían las señales que hacía en los enfermos. 3 Entonces subió Jesús a un monte, y se sentó allí con sus discípulos. 4 Y estaba cerca la pascua, la fiesta de los judíos. 5 Cuando alzó Jesús los ojos, y vio que había venido a él gran multitud, dijo a Felipe: ¿De dónde compraremos pan para que coman estos? 6 Pero esto decía para probarle; porque él sabía lo que había de hacer. 7 Felipe le respondió: Doscientos denarios de pan no bastarían para que cada uno de ellos tomase un poco. 8 Uno de sus discípulos, Andrés, hermano de Simón Pedro, le dijo: 9 Aquí está un muchacho, que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos; mas ¿qué es esto para tantos? 10 Entonces Jesús dijo: Haced recostar la gente. Y había mucha hierba en aquel lugar; y se recostaron como en número de cinco mil varones. 11 Y tomó Jesús aquellos panes, y habiendo dado gracias, los repartió entre los discípulos, y los discípulos entre los que estaban recostados; asimismo de los peces, cuanto querían. 12 Y cuando se hubieron saciado, dijo a sus discípulos: Recoged los pedazos que sobraron, para que no se pierda nada. 13 Recogieron, pues, y llenaron doce cestas de pedazos, que de los cinco panes de cebada sobraron a los que habían comido.
NTV 1 Después Jesús cruzó al otro lado del mar de Galilea, conocido también como el mar de Tiberias. 2 Una gran multitud siempre lo seguía a todas partes porque veía las señales milagrosas que hacía cuando sanaba a los enfermos. 3 Entonces Jesús subió a una colina y se sentó allí rodeado de sus discípulos. 4 (Ya era casi el tiempo de la celebración de la Pascua judía). 5 Enseguida Jesús vio que una gran multitud venía a su encuentro. Dirigiéndose a Felipe, le preguntó: — ¿Dónde podemos comprar pan para alimentar a toda esta gente? 6 Lo estaba poniendo a prueba, porque Jesús ya sabía lo que iba a hacer. 7 Felipe contestó: — ¡Aunque trabajáramos meses enteros, no tendríamos el dinero suficiente para alimentar a toda esta gente! 8 Entonces habló Andrés, el hermano de Simón Pedro: 9 «Aquí hay un muchachito que tiene cinco panes de cebada y dos pescados. ¿Pero de qué sirven ante esta enorme multitud? ». 10 Jesús dijo: «Díganles a todos que se sienten». Así que todos se sentaron sobre la hierba, en las laderas. (Solo contando a los hombres sumaban alrededor de cinco mil). 11 Luego Jesús tomó los panes, dio gracias a Dios y los distribuyó entre la gente. Después hizo lo mismo con los pescados. Y todos comieron cuanto quisieron. 12 Una vez que quedaron satisfechos, Jesús les dijo a sus discípulos: «Ahora junten lo que sobró, para que no se desperdicie nada». 13 Entonces ellos juntaron las sobras y llenaron doce canastos con los restos que la multitud había dejado después de comer de los cinco panes de cebada.

Cristo se había retirado con sus discípulos a un lugar aislado, pero estos raros momentos de apacible quietud no tardaron en verse interrumpidos. Los discípulos pensaban haberse retirado donde no serían molestados; pero tan pronto como la multitud echó de menos al divino Maestro, preguntó: “¿Dónde está?” Había entre ella algunos que habían notado la dirección que tomaran Cristo y sus discípulos. Muchos fueron por tierra para buscarlos, mientras que otros siguieron en sus barcos, cruzando el agua. La Pascua se acercaba, y de cerca y de lejos se reunían, para ver a Jesús, grupos de peregrinos que se dirigían a Jerusalén. Su número fue en aumento, hasta que se reunieron como cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños. Antes que Cristo llegara a la orilla, una muchedumbre le estaba esperando, pero él desembarcó sin ser observado y pasó un corto tiempo aislado con los discípulos.

Desde la ladera de la colina, él miraba a la muchedumbre en movimiento, y su corazón se conmovía de simpatía. Aunque interrumpido y privado de su descanso, no manifestaba impaciencia. Veía que una necesidad mayor requería su atención, mientras contemplaba a la gente que acudía y seguía acudiendo. “Y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor.” Abandonando su retiro, halló un lugar conveniente donde pudiese atender a la gente. Ella no recibía ayuda de los sacerdotes y príncipes; pero las sanadoras aguas de vida fluían de Cristo mientras enseñaba a la multitud el camino de la salvación.

La gente escuchaba las palabras misericordiosas que brotaban tan libremente de los labios del Hijo de Dios. Oían las palabras de gracia, tan sencillas y claras que les parecían bálsamo de Galaad para sus almas. El poder sanador de su mano divina impartía alegría y vida a los moribundos, comodidad y salud a los que sufrían enfermedades. El día les parecía como el cielo en la tierra, y no se daban la menor cuenta de cuánto tiempo hacía que no habían comido.

Por fin había transcurrido ya el día, el sol se estaba hundiendo en el occidente, y la gente seguía demorándose. Jesús había trabajado todo el día, sin comer ni descansar. Estaba pálido por el cansancio y el hambre, y los discípulos le rogaron que dejase de trabajar. Pero él no podía apartarse de la muchedumbre que le oprimía de todas partes.

Los discípulos se acercaron finalmente a él, insistiendo en que para el mismo beneficio de la gente había que despedirla. Muchos habían venido de lejos, y no habían comido desde la mañana. En las aldeas y pueblos de los alrededores podían conseguir alimentos. Pero Jesús dijo: “Dadles vosotros de comer,” y luego, volviéndose a Felipe, preguntó: “¿De dónde compraremos pan para que coman éstos?” Ésto lo dijo para probar la fe del discípulo. Felipe miró el mar de cabezas, y pensó que sería imposible proveer alimentos para satisfacer las necesidades de una muchedumbre tan grande. Contestó que doscientos denarios de pan no alcanzarían para que cada uno tuviese un poco. Jesús preguntó cuánto alimento podía encontrarse entre la multitud. “Un muchacho está aquí, dijo Andrés, que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos; ¿mas qué es ésto entre tantos?” Jesús ordenó que le trajesen estas cosas y luego pidió a los discípulos que hiciesen sentar a la gente sobre la hierba, en grupos de cincuenta y de cien personas, para conservar el orden, y a fin de que todos pudiesen presenciar lo que iba a hacer. Hecho ésto, Jesús tomó los alimentos, y “alzando los ojos al cielo, bendijo, y partió y dio los panes a los discípulos, y los discípulos a las gentes.” “Y comieron todos, y se hartaron. Y alzaron de los pedazos doce cofines llenos, y de los peces.”

El que enseñaba a la gente la manera de obtener paz y felicidad se preocupaba tanto de sus necesidades temporales como de las espirituales. La gente estaba cansada y débil. Había madres con niños en brazos, y niñitos que se aferraban de sus faldas. Muchos habían estado de pie durante horas. Habían estado tan intensamente interesados en las palabras de Cristo, que ni siquiera habían pensado en sentarse, y la muchedumbre era tan numerosa que había peligro de que se pisotearan unos a otros. Jesús les daba ahora ocasión de descansar, invitándolos a sentarse. Había mucha hierba en ese lugar, y todos podían reposar cómodamente.

Cristo no realizó nunca un milagro que no fuese para suplir una necesidad verdadera, y cada milagro era de un carácter destinado a conducir a la gente al árbol de la vida, cuyas hojas son para la sanidad de las naciones. El alimento sencillo que las manos de los discípulos hicieron circular, contenía numerosas lecciones. Era un menú humilde el que había sido provisto; los peces y los panes de cebada eran la comida diaria de los pescadores que vivían alrededor del mar de Galilea.
Cristo podría haber extendido delante de la gente una comida opípara pero los alimentos preparados solamente para satisfacer el apetito no habrían impartido una lección benéfica. Cristo enseñaba a los concurrentes que las provisiones naturales que Dios hizo para el hombre habían sido pervertidas. Y nunca disfrutó nadie de lujosos festines preparados para satisfacer un gusto pervertido como esta gente disfrutó del descanso y de la comida sencilla que Jesús le proveyó tan lejos de las habitaciones de los hombres.

Si los hombres fuesen hoy sencillos en sus costumbres, y viviesen en armonía con las leyes de la naturaleza, como Adán y Eva en el principio, habría abundante provisión para las necesidades de la familia humana. Habría menos necesidades imaginarias, y más oportunidades de trabajar en las cosas de Dios. Pero el egoísmo y la complacencia del gusto antinatural han producido pecado y miseria en el mundo, por los excesos de un lado, y por la carencia del otro.

Jesús no trataba de atraer a la gente a sí por la satisfacción de sus deseos de lujo. Para aquella vasta muchedumbre, cansada y hambrienta después del largo día de excitaciones, el sencillo menú era una garantía no sólo de su poder, sino de su tierno cuidado manifestado hacia ellos en las necesidades comunes de a vida. El Salvador no ha prometido a quienes le sigan los lujos del mundo; su alimento puede ser sencillo y aun escaso; su suerte puede hallarse limitada estrechamente por la pobreza; pero él ha empeñado su palabra de que su necesidad será suplida, y ha prometido lo que es mucho mejor que los bienes mundanales: el permanente consuelo de su propia presencia.

Al alimentar a los cinco mil, Jesús alzó el velo del mundo de la naturaleza y reveló el poder que se ejerce constantemente para nuestro bien. En la producción de las mieses terrenales, Dios obra un milagro cada día. Por medio de agentes naturales, se realiza la misma obra que fue hecha al alimentar a la multitud. Los hombres preparan el suelo y siembran la semilla, pero es la vida de Dios la que hace germinar la simiente. Es la lluvia, el aire y el sol de Dios lo que le hace producir, “primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga.” San Marcos 4:28
RVR1960 28 Porque de suyo lleva fruto la tierra, primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga; NTV 28 La tierra produce las cosechas por sí sola. Primero aparece una hoja, luego se forma la espiga y finalmente el grano madura.
. Es Dios quien alimenta cada día los millones con las mieses de esta tierra. Los hombres están llamados a cooperar con Dios en el cuidado del grano y la preparación del pan, y por ésto pierden de vista la intervención divina. No dan a Dios la gloria que se debe a su santo nombre. Atribuyen la obra de su poder a causas naturales o a instrumentos humanos. Glorifican al hombre en lugar de Dios, y pervierten para usos egoístas sus dones misericordiosos, haciendo de ellos una maldición en vez de una bendición. Dios está tratando de cambiar todo ésto. Desea que nuestros sentidos embotados sean vivificados para discernir su bondad misericordiosa y glorificarle por la manifestación de su poder. Desea que le reconozcamos en sus dones, a fin de que ellos sean, como él quería, una bendición para nosotros. Con este fin fueron realizados los milagros de Cristo.

Después que la multitud hubo sido alimentada, sobraba abundante comida; pero el que dispone de todos los recursos del poder infinito dijo: “Recoged los pedazos que han quedado, porque no se pierda nada.” Estas palabras significaban más que poner el pan en los cestos. La lección era doble. Nada se había de desperdiciar. No hemos de perder ninguna ventaja temporal. No debemos descuidar nada de lo que puede beneficiar a un ser humano. Recójase todo lo que aliviará la necesidad de los hambrientos de esta tierra. Debe manifestarse el mismo cuidado en las cosas espirituales. Cuando se recogieron los cestos de fragmentos, la gente se acordó de sus amigos en casa. Querían que ellos participasen del pan que Cristo había bendecido. El contenido de los canastos fue distribuido entre la ávida muchedumbre y llevado por toda la región circundante. Así también los que estuvieron en el festín debían dar a otros el pan del cielo para satisfacer el hambre del alma. Habían de repetir lo que habían aprendido acerca de las cosas admirables de Dios. Nada había de perderse. Ni una sola palabra concerniente a su salvación eterna había de caer inútilmente al suelo.

El milagro de los panes enseña una lección en cuanto a depender de Dios. Cuando Cristo alimentó a los cinco mil, la comida no estaba cerca. Aparentemente él no disponía de recursos. Allí estaba, en el desierto, con cinco mil hombres, además de las mujeres y los niños. Él no había invitado a la vasta muchedumbre. Ella había venido sin invitación ni orden; pero él sabía que después de haber escuchado por tanto tiempo sus instrucciones, se sentían hambrientos y débiles; porque él también participaba de su necesidad de alimento. Estaban lejos de sus casas, y la noche se acercaba. Muchos estaban sin recursos para comprar alimento. El que por ellos había ayunado cuarenta días en el desierto, no quería dejarlos volver hambrientos a sus casas. La providencia de Dios había colocado a Jesús donde se hallaba; y él dependía de su Padre celestial para obtener los medios para aliviar la necesidad.

Y cuando somos puestos en estrecheces, debemos depender de Dios. Hemos de ejercer sabiduría y juicio en toda acción de la vida, a fin de no colocarnos en situación de prueba por procederes temerarios. No debemos sumirnos en dificultades descuidando los medios que Dios ha provisto y usando mal las facultades que nos ha dado. Los que trabajan para Cristo deben obedecer implícitamente sus instrucciones. La obra es de Dios, y si queremos beneficiar a otros debemos seguir sus planes. No puede hacerse del yo un centro; el yo no puede recibir honra. Si hacemos planes según nuestras propias ideas, el Señor nos abandonará a nuestros propios errores. Pero cuando, después de seguir sus indicaciones, somos puestos en estrecheces, nos librará. No hemos de renunciar a la lucha, desalentados, sino que en toda emergencia hemos de procurar la ayuda de Aquel que tiene recursos infinitos a su disposición. Con frecuencia, estaremos rodeados de circunstancias penosas, y entonces, con la más plena confianza, debemos depender de Dios. Él guardará a toda alma puesta en perplejidad por tratar de andar en el camino del Señor.

Por medio del profeta, Cristo nos ha ordenado: “Que partas tu pan con el hambriento,” “y saciares el alma afligida,” “que cuando vieres al desnudo, lo cubras,” “y a los pobres errantes metas en casa.” Isaías 58:7-10. Nos ha dicho: “Id por todo el mundo; predicad el evangelio a toda criatura.” San Marcos 16:15
RVR1960 15 Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. NTV 15 Entonces les dijo: «Vayan por todo el mundo y prediquen la Buena Noticia a todos.
. Pero cuán a menudo nos descorazonamos y nos falta la fe, al ver cuán grande es la necesidad y cuán pequeños los medios en nuestras manos. Como Andrés al mirar los cinco panes de cebada y los dos pececillos, exclamamos: “¿Qué son éstos para tantos?” Con frecuencia, vacilamos, nada dispuestos a dar todo lo que tenemos, temiendo gastar y ser gastados para los demás. Pero Jesús nos ha ordenado: “Dadles vosotros de comer.” Su orden es una promesa; y la apoya el mismo poder que alimentó a la muchedumbre a orillas del mar. El acto de Cristo al suplir las necesidades temporales de una muchedumbre hambrienta, entraña una profunda lección espiritual para todos los que trabajan para él. Cristo recibía del Padre; él impartía a los discípulos; ellos impartían a la multitud; y las personas unas a otras. Así, todos los que están unidos a Cristo, recibirán de él el pan de vida, el alimento celestial, y lo impartirán a otros.

Confiando plenamente en Dios, Jesús tomó la pequeña provisión de panes; y aunque constituía una pequeña porción para su propia familia de discípulos, no los invitó a ellos a comer, sino que empezó a distribuirles el alimento, ordenándoles que sirviesen a la gente. El alimento se multiplicaba en sus manos; y las de los discípulos no estaban nunca vacías al extenderse hacia Cristo, que es él mismo el pan de vida. La pequeña provisión bastó para todos. Después que las necesidades de la gente quedaron suplidas, los fragmentos fueron recogidos, y Cristo y sus discípulos comieron juntos el alimento precioso proporcionado por el Cielo.

Los discípulos eran el medio de comunicación entre Cristo y la gente. Ésto debe ser de gran estímulo para sus discípulos de hoy. Cristo es el gran centro, la fuente de toda fuerza. Sus discípulos han de recibir de él sus provisiones. Los más inteligentes, los mejor dispuestos espiritualmente, pueden otorgar a otros solamente lo que reciben. De sí mismos, no pueden suplir en nada las necesidades: del alma. Podemos impartir únicamente lo que recibimos de Cristo; y podemos recibir únicamente a medida que impartimos a otros. A medida que continuamos impartiendo, continuamos recibiendo; y cuanto más impartamos, tanto más recibiremos. Así podemos constantemente creer, confiar, recibir e impartir.

La obra de fomentar el reino de Cristo irá adelante, aunque por todas las apariencias progrese lentamente y las imposibilidades parezcan testificar contra su progreso. La obra es de Dios, y él proporcionará los recursos y mandará quienes ayuden, discípulos fieles y fervientes, cuyas manos estén también llenas de alimento para la muchedumbre hambrienta. Dios no se olvida de los que trabajan con amor para dar la Palabra de vida a las almas que perecen, quienes a su vez extienden las manos para recibir alimento para otras almas hambrientas.

En nuestro trabajo para Dios, corremos el peligro de confiar demasiado en lo que el hombre, con sus talentos y capacidad, puede hacer. Así perdemos de vista al único Artífice Maestro. Con demasiada frecuencia, el que trabaja para Cristo deja de comprender su responsabilidad personal. Corre el peligro de pasar su carga a organizaciones, en vez de confiar en Aquel que es la fuente de toda fuerza. Es un grave error confiar en la sabiduría humana o en los números para hacer la obra de Dios. El trabajar con éxito para Cristo depende no tanto de los números o del talento como de la pureza del propósito, de la verdadera sencillez de una fe ferviente y confiada. Deben llevarse responsabilidades personales, asumirse deberes personales, realizarse esfuerzos personales en favor de los que no conocen a Cristo. En vez de pasar nuestra responsabilidad a alguna otra persona que consideramos más capacitada que nosotros, obremos según nuestra capacidad.

Cuando se nos presente la pregunta: “¿De dónde compraremos pan para que éstos coman?” no demos la respuesta de la incredulidad. Cuando los discípulos oyeron la indicación del Salvador: “Dadles vosotros de comer,” se les presentaron todas las dificultades. Preguntaron: ¿Iremos por las aldeas a comprar pan? Así también ahora, cuando la gente está privada del pan de vida, los hijos del Señor preguntan: ¿Mandaremos llamar a alguno de lejos, para que venga y los alimente? Pero ¿qué dijo Cristo? “Haced recostar la gente,” y allí los alimentó. Así, cuando estemos rodeados de almas menesterosas, sepamos que Cristo está allí. Pongámonos en comunión con él; traigamos nuestros panes de cebada a Jesús.

Los medios de los cuales disponemos no parecerán tal vez suficientes para la obra; pero si queremos avanzar con fe, creyendo en el poder de Dios que basta para todo, se nos presentarán abundantes recursos. Si la obra es de Dios, él mismo proveerá los medios para realizarla. El recompensará al que confíe sencilla y honradamente en él. Lo poco que se emplea sabia y económicamente en el servicio del Señor del cielo, se multiplicará al ser impartido. En las manos de Cristo, la pequeña provisión de alimento permaneció sin disminución hasta que la hambrienta multitud quedó satisfecha. Si vamos a la Fuente de toda fuerza, con las manos de nuestra fe extendidas para recibir, seremos sostenidos en nuestra obra, aun en las circunstancias más desfavorables, y podremos dar a otros el pan de vida.

El Señor dice: “Dad, y se os dará.” “El que siembra con mezquindad, con mezquindad también segará; y el que siembra generosamente, generosamente también segará . . Y puede Dios hacer que toda gracia abunde en vosotros; a fin de que, teniendo siempre toda suficiencia en todo, tengáis abundancia para toda buena obra; según está escrito:

“Ha esparcido, ha dado a los pobres; Su justicia permanece para siempre.”

“Y el que suministra simiente al sembrador, y pan para manutención, suministrará y multiplicará vuestra simiente para sembrar, y aumentará los productos de vuestra justicia; estando vosotros enriquecidos en todo, para toda forma de liberalidad; la cual obra por medio de nosotros acciones de gracias a Dios.” San Lucas 6:38
RVR1960 38 Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo; porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir. NTV 38 Den, y recibirán. Lo que den a otros les será devuelto por completo: apretado, sacudido para que haya lugar para más, desbordante y derramado sobre el regazo. La cantidad que den determinará la cantidad que recibirán a cambio».
; 2 Corintios 9:6-11
RVR1960 6 Pero esto digo: El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará. 7 Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre. 8 Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra; 9 como está escrito: Repartió, dio a los pobres; Su justicia permanece para siempre. 10 Y el que da semilla al que siembra, y pan al que come, proveerá y multiplicará vuestra sementera, y aumentará los frutos de vuestra justicia, 11 para que estéis enriquecidos en todo para toda liberalidad, la cual produce por medio de nosotros acción de gracias a Dios. NTV 6 Recuerden lo siguiente: un agricultor que siembra solo unas cuantas semillas obtendrá una cosecha pequeña. Pero el que siembra abundantemente obtendrá una cosecha abundante. 7 Cada uno debe decidir en su corazón cuánto dar; y no den de mala gana ni bajo presión, «porque Dios ama a la persona que da con alegría». 8 Y Dios proveerá con generosidad todo lo que necesiten. Entonces siempre tendrán todo lo necesario y habrá bastante de sobra para compartir con otros. 9 Como dicen las Escrituras: «Comparten con libertad y dan con generosidad a los pobres. Sus buenas acciones serán recordadas para siempre». 10 Pues es Dios quien provee la semilla al agricultor y luego el pan para comer. De la misma manera, él proveerá y aumentará los recursos de ustedes y luego producirá una gran cosecha de generosidad en ustedes. 11 Efectivamente, serán enriquecidos en todo sentido para que siempre puedan ser generosos; y cuando llevemos sus ofrendas a los que las necesitan, ellos darán gracias a Dios.
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