“Calla, Enmudece” — Estudia la Biblia Hoy





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“Calla, Enmudece”
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Mateo 8:23-24
RVR1960 (Mr. 4.
35-41; Lc. 8.
22-25) 23 Y entrando él en la barca, sus discípulos le siguieron. 24 Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía.
NTV 23 Luego Jesús entró en la barca y comenzó a cruzar el lago con sus discípulos. 24 De repente, se desató sobre el lago una fuerte tormenta, con olas que entraban en la barca; pero Jesús dormía.
Marcos 4:35-41
RVR1960 (Mt. 8.
23-27; Lc. 8.
22-25) 35 Aquel día, cuando llegó la noche, les dijo: Pasemos al otro lado. 36 Y despidiendo a la multitud, le tomaron como estaba, en la barca; y había también con él otras barcas. 37 Pero se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba. 38 Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal; y le despertaron, y le dijeron: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos? 39 Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza. 40 Y les dijo: ¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe? 41 Entonces temieron con gran temor, y se decían el uno al otro: ¿Quién es este, que aun el viento y el mar le obedecen?
NTV 35 Al atardecer, Jesús dijo a sus discípulos: «Crucemos al otro lado del lago». 36 Así que dejaron a las multitudes y salieron con Jesús en la barca (aunque otras barcas los siguieron). 37 Pronto se desató una tormenta feroz y olas violentas entraban en la barca, la cual empezó a llenarse de agua. 38 Jesús estaba dormido en la parte posterior de la barca, con la cabeza recostada en una almohada. Los discípulos lo despertaron: «¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos? », gritaron. 39 Cuando Jesús se despertó, reprendió al viento y dijo a las olas: «¡Silencio! ¡Cálmense! ». De repente, el viento se detuvo y hubo una gran calma. 40 Luego él les preguntó: «¿Por qué tienen miedo? ¿Todavía no tienen fe? ». 41 Los discípulos estaban completamente aterrados. «¿Quién es este hombre? — se preguntaban unos a otros — . ¡Hasta el viento y las olas lo obedecen! ».
Marcos 5:1-20
RVR1960 (Mt. 8.
28-34; Lc. 8.
26-39) 1 Vinieron al otro lado del mar, a la región de los gadarenos. 2 Y cuando salió él de la barca, en seguida vino a su encuentro, de los sepulcros, un hombre con un espíritu inmundo, 3 que tenía su morada en los sepulcros, y nadie podía atarle, ni aun con cadenas. 4 Porque muchas veces había sido atado con grillos y cadenas, mas las cadenas habían sido hechas pedazos por él, y desmenuzados los grillos; y nadie le podía dominar. 5 Y siempre, de día y de noche, andaba dando voces en los montes y en los sepulcros, e hiriéndose con piedras. 6 Cuando vio, pues, a Jesús de lejos, corrió, y se arrodilló ante él. 7 Y clamando a gran voz, dijo: ¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes. 8 Porque le decía: Sal de este hombre, espíritu inmundo. 9 Y le preguntó: ¿Cómo te llamas? Y respondió diciendo: Legión me llamo; porque somos muchos. 10 Y le rogaba mucho que no los enviase fuera de aquella región. 11 Estaba allí cerca del monte un gran hato de cerdos paciendo. 12 Y le rogaron todos los demonios, diciendo: Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos. 13 Y luego Jesús les dio permiso. Y saliendo aquellos espíritus inmundos, entraron en los cerdos, los cuales eran como dos mil; y el hato se precipitó en el mar por un despeñadero, y en el mar se ahogaron. 14 Y los que apacentaban los cerdos huyeron, y dieron aviso en la ciudad y en los campos. Y salieron a ver qué era aquello que había sucedido. 15 Vienen a Jesús, y ven al que había sido atormentado del demonio, y que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio cabal; y tuvieron miedo. 16 Y les contaron los que lo habían visto, cómo le había acontecido al que había tenido el demonio, y lo de los cerdos. 17 Y comenzaron a rogarle que se fuera de sus contornos. 18 Al entrar él en la barca, el que había estado endemoniado le rogaba que le dejase estar con él. 19 Mas Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti. 20 Y se fue, y comenzó a publicar en Decápolis cuán grandes cosas había hecho Jesús con él; y todos se maravillaban.
NTV 1 Entonces llegaron al otro lado del lago, a la región de los gerasenos. 2 Cuando Jesús bajó de la barca, un hombre poseído por un espíritu maligno salió de entre las tumbas a su encuentro. 3 Este hombre vivía en las cuevas de entierro y ya nadie podía sujetarlo, ni siquiera con cadenas. 4 Siempre que lo ataban con cadenas y grilletes — lo cual le hacían a menudo — , él rompía las cadenas de sus muñecas y destrozaba los grilletes. No había nadie con suficiente fuerza para someterlo. 5 Día y noche vagaba entre las cuevas donde enterraban a los muertos y por las colinas, aullando y cortándose con piedras afiladas. 6 Cuando Jesús todavía estaba a cierta distancia, el hombre lo vio, corrió a su encuentro y se inclinó delante de él. 7 Dando un alarido, gritó: «¿Por qué te entrometes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? ¡En el nombre de Dios, te suplico que no me tortures! ». 8 Pues Jesús ya le había dicho al espíritu: «Sal de este hombre, espíritu maligno». 9 Entonces Jesús le preguntó: — ¿Cómo te llamas? Y él contestó: — Me llamo Legión, porque somos muchos los que estamos dentro de este hombre. 10 Entonces los espíritus malignos le suplicaron una y otra vez que no los enviara a un lugar lejano. 11 Sucedió que había una gran manada de cerdos alimentándose en una ladera cercana. 12 «Envíanos a esos cerdos — suplicaron los espíritus — . Déjanos entrar en ellos». 13 Entonces Jesús les dio permiso. Los espíritus malignos salieron del hombre y entraron en los cerdos, y toda la manada de unos dos mil cerdos se lanzó al lago por el precipicio y se ahogó en el agua. 14 Los hombres que cuidaban los cerdos huyeron a la ciudad cercana y sus alrededores, difundiendo la noticia mientras corrían. La gente salió corriendo para ver lo que había pasado. 15 Pronto una multitud se juntó alrededor de Jesús, y todos vieron al hombre que había estado poseído por la legión de demonios. Se encontraba sentado allí, completamente vestido y en su sano juicio, y todos tuvieron miedo. 16 Entonces los que habían visto lo sucedido, les contaron a los otros lo que había ocurrido con el hombre poseído por los demonios y con los cerdos; 17 y la multitud comenzó a rogarle a Jesús que se fuera y los dejara en paz. 18 Mientras Jesús entraba en la barca, el hombre que había estado poseído por los demonios le suplicaba que le permitiera acompañarlo. 19 Pero Jesús le dijo: «No. Ve a tu casa y a tu familia y diles todo lo que el Señor ha hecho por ti y lo misericordioso que ha sido contigo». 20 Así que el hombre salió a visitar las Diez Ciudades de esa región y comenzó a proclamar las grandes cosas que Jesús había hecho por él; y todos quedaban asombrados de lo que les decía.
Lucas 8:22-39
RVR1960 (Mt. 8.
23-27; Mr. 4.
35-41) 22 Aconteció un día, que entró en una barca con sus discípulos, y les dijo: Pasemos al otro lado del lago. Y partieron. 23 Pero mientras navegaban, él se durmió. Y se desencadenó una tempestad de viento en el lago; y se anegaban y peligraban. 24 Y vinieron a él y le despertaron, diciendo: ¡Maestro, Maestro, que perecemos! Despertando él, reprendió al viento y a las olas; y cesaron, y se hizo bonanza. 25 Y les dijo: ¿Dónde está vuestra fe? Y atemorizados, se maravillaban, y se decían unos a otros: ¿Quién es este, que aun a los vientos y a las aguas manda, y le obedecen? (Mt. 8.
28-34; Mr. 5.
1-20) 26 Y arribaron a la tierra de los gadarenos, que está en la ribera opuesta a Galilea. 27 Al llegar él a tierra, vino a su encuentro un hombre de la ciudad, endemoniado desde hacía mucho tiempo; y no vestía ropa, ni moraba en casa, sino en los sepulcros. 28 Este, al ver a Jesús, lanzó un gran grito, y postrándose a sus pies exclamó a gran voz: ¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te ruego que no me atormentes. 29 (Porque mandaba al espíritu inmundo que saliese del hombre, pues hacía mucho tiempo que se había apoderado de él; y le ataban con cadenas y grillos, pero rompiendo las cadenas, era impelido por el demonio a los desiertos.) 30 Y le preguntó Jesús, diciendo: ¿Cómo te llamas? Y él dijo: Legión. Porque muchos demonios habían entrado en él. 31 Y le rogaban que no los mandase ir al abismo. 32 Había allí un hato de muchos cerdos que pacían en el monte; y le rogaron que los dejase entrar en ellos; y les dio permiso. 33 Y los demonios, salidos del hombre, entraron en los cerdos; y el hato se precipitó por un despeñadero al lago, y se ahogó. 34 Y los que apacentaban los cerdos, cuando vieron lo que había acontecido, huyeron, y yendo dieron aviso en la ciudad y por los campos. 35 Y salieron a ver lo que había sucedido; y vinieron a Jesús, y hallaron al hombre de quien habían salido los demonios, sentado a los pies de Jesús, vestido, y en su cabal juicio; y tuvieron miedo. 36 Y los que lo habían visto, les contaron cómo había sido salvado el endemoniado. 37 Entonces toda la multitud de la región alrededor de los gadarenos le rogó que se marchase de ellos, pues tenían gran temor. Y Jesús, entrando en la barca, se volvió. 38 Y el hombre de quien habían salido los demonios le rogaba que le dejase estar con él; pero Jesús le despidió, diciendo: 39 Vuélvete a tu casa, y cuenta cuán grandes cosas ha hecho Dios contigo. Y él se fue, publicando por toda la ciudad cuán grandes cosas había hecho Jesús con él.
NTV 22 Cierto día Jesús les dijo a sus discípulos: «Crucemos al otro lado del lago». Así que subieron a una barca y salieron. 23 Mientras navegaban, Jesús se recostó para dormir una siesta. Pronto se desató una tormenta feroz sobre el lago. La barca se llenaba de agua y estaban realmente en peligro. 24 Los discípulos fueron a despertarlo: «¡Maestro! ¡Maestro! ¡Nos vamos a ahogar! », gritaron. Cuando Jesús se despertó, reprendió al viento y a las tempestuosas olas. De repente la tormenta se detuvo, y todo quedó en calma. 25 Entonces les preguntó: «¿Dónde está su fe? ». Los discípulos quedaron aterrados y asombrados. «¿Quién es este hombre? — se preguntaban unos a otros — . Cuando da una orden, ¡hasta el viento y las olas lo obedecen! ». 26 Luego llegaron a la región de los gerasenos, al otro lado del lago de Galilea. 27 Mientras Jesús bajaba de la barca, un hombre que estaba poseído por demonios salió a su encuentro. Por mucho tiempo, había estado desnudo y sin hogar, y vivía entre las tumbas en las afueras de la ciudad. 28 En cuanto vio a Jesús, soltó un alarido y cayó al suelo frente a él, y gritó: «¿Por qué te entrometes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? ¡Por favor, te suplico que no me tortures! ». 29 Pues Jesús ya le había ordenado al espíritu maligno que saliera del hombre. Ese espíritu a menudo tomaba control de él. Aun cuando el hombre estaba bajo custodia, con cadenas y grilletes, simplemente los rompía y se escapaba al desierto, totalmente controlado por el demonio. 30 Jesús le preguntó: — ¿Cómo te llamas? — Legión — contestó, porque estaba lleno de muchos demonios. 31 Los demonios seguían suplicándole a Jesús que no los enviara al abismo sin fondo. 32 Sucedió que había una gran manada de cerdos alimentándose en una ladera cercana, y los demonios le suplicaron que les permitiera entrar en los cerdos. Entonces Jesús les dio permiso. 33 Así que los demonios salieron del hombre y entraron en los cerdos, y toda la manada se lanzó al lago por el precipicio y se ahogó. 34 Cuando los que cuidaban los cerdos vieron lo sucedido, huyeron a la ciudad cercana y sus alrededores, difundiendo la noticia mientras corrían. 35 La gente salió corriendo para ver lo que había pasado. Pronto una multitud se juntó alrededor de Jesús, y todos vieron al hombre liberado de los demonios. Estaba sentado a los pies de Jesús, completamente vestido y en su sano juicio, y todos tuvieron miedo. 36 Entonces los que habían visto lo sucedido, les contaron a los otros cómo había sido sanado el hombre poseído por demonios. 37 Y todos los habitantes de la región de los gerasenos le suplicaron a Jesús que se fuera y los dejara en paz, porque una gran ola de miedo se apoderó de ellos. Entonces Jesús regresó a la barca y se fue y cruzó nuevamente al otro lado del lago. 38 El hombre que había sido liberado de los demonios le suplicaba que le permitiera acompañarlo. Pero Jesús lo envió a su casa diciéndole: 39 «No, regresa a tu familia y diles todo lo que Dios ha hecho por ti». Entonces el hombre fue por toda la ciudad proclamando las grandes cosas que Jesús había hecho por él.

Había sido un día lleno de acontecimientos en la vida de Jesús. Al lado del mar de Galilea, había pronunciado sus primeras parábolas, explicando de nuevo, mediante ilustraciones familiares, la naturaleza de su reino y la manera en que se establecería. Había comparado su propia obra a la del sembrador, el desarrollo de su reino al crecimiento de la semilla de mostaza, y al efecto de la levadura en una medida de harina. Había descrito la gran separación final de los justos y de los impíos mediante las parábolas del trigo y de la cizaña, y de la red del pescador. Había ilustrado la excelsa preciosura de las verdades que enseñaba, mediante el tesoro oculto y la perla de gran precio, mientras que en la parábola del padre de familia había enseñado a sus discípulos cómo habían de trabajar como representantes suyos.

Durante todo el día había estado enseñando y sanando; y al llegar la noche, las muchedumbres se agolpaban todavía en derredor de él. Día tras día, las había atendido, sin detenerse casi para comer y descansar. Las críticas maliciosas y las falsas representaciones con que los fariseos le perseguían constantemente, hacían sus labores más pesadas y agobiadoras. Y ahora el fin del día le hallaba tan sumamente cansado que resolvió retirarse a algún lugar solitario al otro lado del lago.

La región situada al oriente del lago de Genesaret no estaba deshabitada, pues había aquí y allí aldeas y villas, pero era desolada en comparación con la ribera occidental. Su población era más pagana que judía y tenía poca comunicación con Galilea. Así que ofrecía a Jesús el retiro que buscaba, y él invitó a sus discípulos a que le acompañasen allí.

Después que hubo despedido la multitud, le llevaron, tal “como estaba,” al barco, y apresuradamente zarparon. Pero no habían de salir solos. Había otros barcos de pesca cerca de la orilla, que pronto se llenaron de gente que se proponía seguir a Jesús, ávida de continuar viéndole y oyéndole. El Salvador estaba por fin aliviado de la presión de la multitud, y, vencido por el cansancio y el hambre, se acostó en la popa del barco y no tardó en quedarse dormido. El anochecer había sido sereno y plácido, y la calma reinaba sobre el lago. Pero de repente las tinieblas cubrieron el cielo, bajó un viento furioso por los desfiladeros de las montañas, que se abrían a lo largo de la orilla oriental, y una violenta tempestad estalló sobre el lago.

El sol se había puesto y la negrura de la noche se asentó sobre el tormentoso mar. Las olas, agitadas por los furiosos vientos, se arrojaban bravías contra el barco de los discípulos y amenazaban hundirlo. Aquellos valientes pescadores habían pasado su vida sobre el lago, y habían guiado su embarcación a puerto seguro a través de muchas tempestades; pero ahora su fuerza y habilidad no valían nada. Se hallaban impotentes en las garras de la tempestad, y desesperaron al ver cómo su barco se anegaba.

Absortos en sus esfuerzos para salvarse, se habían olvidado de que Jesús estaba a bordo. Ahora, reconociendo que eran vanas sus labores y viendo tan sólo la muerte delante de sí, se acordaron de Aquel a cuya orden habían emprendido la travesía del mar. En Jesús se hallaba su única esperanza. En su desamparo y desesperación clamaron: “¡Maestro, Maestro!” Pero las densas tinieblas le ocultaban de su vista. Sus voces eran ahogadas por el rugido de la tempestad y no recibían respuesta. La duda y el temor los asaltaban. ¿Les habría abandonado Jesús? ¿Sería ahora impotente para ayudar a sus discípulos Aquel que había vencido la enfermedad, los demonios y aun la muerte? ¿No se acordaba de ellos en su angustia?

Volvieron a llamar, pero no recibieron otra respuesta que el silbido del rugiente huracán. Ya se estaba hundiendo el barco. Dentro de un momento, según parecía, iban a ser tragados por las hambrientas aguas.

De repente, el fulgor de un rayo rasgó las tinieblas y vieron a Jesús acostado y dormido sin que le perturbase el tumulto. Con asombro y desesperación, exclamaron: “¿Maestro, no tienes cuidado que perecemos?” ¿Cómo podía él descansar tan apaciblemente mientras ellos estaban en peligro, luchando con la muerte?

Sus clamores despertaron a Jesús. Pero al iluminarle el resplandor del rayo, vieron la paz del cielo reflejada en su rostro; leyeron en su mirada un amor abnegado y tierno, y sus corazones se volvieron a él para exclamar: “Señor, sálvanos, que perecemos.”

Nunca dio un alma expresión a este clamor sin que fuese oído. Mientras los discípulos asían sus remos para hacer un postrer esfuerzo, Jesús se levantó. De pie en medio de los discípulos, mientras la tempestad rugía, las olas se rompían sobre ellos y el relámpago iluminaba su rostro, levantó la mano, tan a menudo empleada en hechos de misericordia, y dijo al mar airado: “Calla, enmudece.”

La tempestad cesó. Las olas reposaron. Disipáronse las nubes y las estrellas volvieron a resplandecer. El barco descansaba sobre un mar sereno. Entonces, volviéndose a sus discípulos, Jesús les preguntó con tristeza: “¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?” San Marcos 4:40
RVR1960 40 Y les dijo: ¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe? NTV 40 Luego él les preguntó: «¿Por qué tienen miedo? ¿Todavía no tienen fe? ».
.

El silencio cayó sobre los discípulos. Ni siquiera Pedro intentó expresar la reverencia que llenaba su corazón. Los barcos que habían salido para acompañar a Jesús se habían visto en el mismo peligro que el de los discípulos. El terror y la desesperación se habían apoderado de sus ocupantes; pero la orden de Jesús había traído calma a la escena de tumulto. La furia de la tempestad había arrojado los barcos muy cerca unos de otros, y todos los que estaban a bordo de ellos habían presenciado el milagro. Una vez que se hubo restablecido la calma, el temor quedó olvidado. La gente murmuraba entre sí, preguntando: “¿Qué hombre es éste, que aun los vientos y la mar le obedecen?”

Cuando Jesús fue despertado para hacer frente a la tempestad, se hallaba en perfecta paz. No había en sus palabras ni en su mirada el menor vestigio de temor, porque no había temor en su corazón. Pero él no confiaba en la posesión de la omnipotencia. No era en calidad de “dueño de la tierra, del mar y del cielo” cómo descansaba en paz. Había depuesto ese poder, y aseveraba: “No puedo yo de mí mismo hacer nada.” San Juan 5:30
RVR1960 30 No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre. NTV 30 Yo no puedo hacer nada por mi propia cuenta; juzgo según Dios me indica. Por lo tanto, mi juicio es justo, porque llevo a cabo la voluntad del que me envió y no la mía.
. Jesús confiaba en el poder del Padre; descansaba en la fe, la fe en el amor y cuidado de Dios; y el poder de aquella palabra que calmó la tempestad era el poder de Dios.

Así como Jesús reposaba por la fe en el cuidado del Padre, así también hemos de confiar nosotros en el cuidado de nuestro Salvador. Si los discípulos hubiesen confiado en él, habrían sido guardados en paz. Su temor en el tiempo de peligro reveló su incredulidad. En sus esfuerzos por salvarse a sí mismos, se olvidaron de Jesús; y únicamente cuando desesperando de lo que podían hacer, se volvieron a él, pudo ayudarles.
¡
Cuán a menudo experimentamos nosotros lo que experimentaron los discípulos! Cuando las tempestades de la tentación nos rodean y fulguran los fieros rayos y las olas nos cubren, batallamos solos con la tempestad, olvidándonos de que hay Uno que puede ayudarnos. Confiamos en nuestra propia fuerza hasta que perdemos nuestra esperanza y estamos a punto de perecer. Entonces nos acordamos de Jesús, y si clamamos a él para que nos salve, no clamaremos en vano. Aunque él con tristeza reprende nuestra incredulidad y confianza propia, nunca deja de darnos la ayuda que necesitamos. En la tierra o en el mar, si tenemos al Salvador en nuestro corazón, no necesitamos temer. La fe viva en el Redentor serenará el mar de la vida y de la manera que él reconoce como la mejor nos librará del peligro.

Este milagro de calmar la tempestad encierra otra lección espiritual. La vida de cada hombre testifica acerca de la verdad de las palabras de la Escritura: “Los impíos son como la mar en tempestad, que no puede estarse quieta . . No hay paz, dijo mi Dios, para los impíos.” Isaías 57:20- 21. El pecado ha destruido nuestra paz. Mientras el yo no está subyugado, no podemos hallar descanso. Las pasiones predominantes en el corazón no pueden ser regidas por facultad humana alguna. Somos tan impotentes en ésto como los discípulos para calmar la rugiente tempestad. Pero el que calmó las olas de Galilea ha pronunciado la palabra que puede impartir paz a cada alma. Por fiera que sea la tempestad, los que claman a Jesús: “Señor, sálvanos” hallarán liberación. Su gracia, que reconcilia al alma con Dios, calma las contiendas de las pasiones humanas, y en su amor el corazón descansa. “Hace parar la tempestad en sosiego, y se apaciguan sus ondas. Alégranse luego porque se reposaron; y él los guía al puerto que deseaban.” Salmos 107:29-30
RVR1960 29 Cambia la tempestad en sosiego, Y se apaciguan sus ondas. 30 Luego se alegran, porque se apaciguaron; Y así los guía al puerto que deseaban. NTV 29 Calmó la tormenta hasta convertirla en un susurro y aquietó las olas. 30 ¡Qué bendición fue esa quietud cuando los llevaba al puerto sanos y salvos!
. “Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.” “Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de justicia, reposo y seguridad para siempre.” Romanos 5:1
RVR1960 1 Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; NTV 1 Por lo tanto, ya que fuimos hechos justos a los ojos de Dios por medio de la fe, tenemos paz con Dios gracias a lo que Jesucristo nuestro Señor hizo por nosotros.
; Isaías 32:17.

Por la mañana temprano, el Salvador y sus compañeros llegaron a la orilla, y la luz del sol naciente se esparcía sobre el mar y la tierra como una bendición de paz. Pero apenas habían tocado la orilla cuando sus ojos fueron heridos por una escena más terrible que la furia de la tempestad. Desde algún escondedero entre las tumbas, dos locos echaron a correr hacia ellos como si quisieran despedazarlos. De sus cuerpos colgaban trozos de cadenas que habían roto al escapar de sus prisiones. Sus carnes estaban desgarradas y sangrientas donde se habían cortado con piedras agudas. A través de su largo y enmarañado cabello, fulguraban sus ojos; y la misma apariencia de la humanidad parecía haber sido borrada por los demonios que los poseían, de modo que se asemejaban más a fieras que a hombres.

Los discípulos y sus compañeros huyeron aterrorizados; pero al rato notaron que Jesús no estaba con ellos y se volvieron para buscarle. Allí estaba donde le habían dejado. El que había calmado la tempestad, que antes había arrostrado y vencido a Satanás, no huyó delante de esos demonios. Cuando los hombres, crujiendo los dientes y echando espuma por la boca, se acercaron a él, Jesús levantó aquella mano que había ordenado a las olas que se calmasen, y los hombres no pudieron acercarse más. Estaban de pie, furiosos, pero impotentes delante de él.

Con autoridad ordenó a los espíritus inmundos que saliesen. Sus palabras penetraron las obscurecidas mentes de los desafortunados. Vagamente, se dieron cuenta de que estaban cerca de alguien que podía salvarlos de los atormentadores demonios. Cayeron a los pies del Salvador para adorarle; pero cuando sus labios se abrieron para pedirle misericordia, los demonios hablaron por su medio clamando vehementemente: “¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes.”

Jesús preguntó: “¿Cómo te llamas?” Y la respuesta fue: “Legión me llamo; porque somos muchos.” Empleando a aquellos hombres afligidos como medios de comunicación, rogaron a Jesús que no los mandase fuera del país. En la ladera de una montaña no muy distante pacía una gran piara de cerdos. Los demonios pidieron que se les permitiese entrar en ellos, y Jesús se lo concedió. Inmediatamente el pánico se apoderó de la piara. Echó a correr desenfrenadamente por el acantilado, y sin poder detenerse en la orilla, se arrojó al lago, donde pereció.

Mientras tanto, un cambio maravilloso se había verificado en los endemoniados. Había amanecido en sus mentes. Sus ojos brillaban de inteligencia. Sus rostros, durante tanto tiempo deformados a la imagen de Satanás, se volvieron repentinamente benignos. Se aquietaron las manos manchadas de sangre, y con alegres voces los hombres alabaron a Dios por su liberación.

Desde el acantilado, los cuidadores de los cerdos habían visto todo lo que había sucedido, y se apresuraron a ir a publicar las nuevas a sus amos y a toda la gente. Llena de temor y asombro, la población acudió al encuentro de Jesús. Los dos endemoniados habían sido el terror de toda la región. Para nadie era seguro pasar por donde ellos se hallaban, porque se abalanzaban sobre cada viajero con furia demoníaca. Ahora estos hombres estaban vestidos y en su sano juicio, sentados a los pies de Jesús, escuchando sus palabras y glorificando el nombre de Aquel que los había sanado. Pero la gente que contemplaba esta maravillosa escena no se regocijó. La pérdida de los cerdos le parecía de mayor importancia que la liberación de estos cautivos de Satanás.

Sin embargo, esta pérdida había sido permitida por misericordia hacia los dueños de los cerdos. Estaban absortos en las cosas terrenales y no se preocupaban por los grandes intereses de la vida espiritual. Jesús deseaba quebrantar el hechizo de la indiferencia egoísta, a fin de que pudiesen aceptar su gracia. Pero el pesar y la indignación por su pérdida temporal cegaron sus ojos con respecto a la misericordia del Salvador.

La manifestación del poder sobrenatural despertó las supersticiones de la gente y excitó sus temores. Si este forastero quedaba entre ellos, podían seguir mayores calamidades. Ellos temían la ruina financiera, y resolvieron librarse de su presencia. Los que habían cruzado el lago con Jesús hablaron de todo lo que había sucedido la noche anterior; del peligro que habían corrido en la tempestad, y de cómo el viento y el mar habían sido calmados. Pero sus palabras quedaron sin efecto. Con terror la gente se agolpó alrededor de Jesús rogándole que se apartase de ella, y él accediendo se embarcó inmediatamente para la orilla opuesta.

Los habitantes de Gádara tenían delante de sí la evidencia viva del poder y la misericordia de Cristo. Veían a los hombres a quienes él había devuelto la razón; pero tanto temían poner en peligro sus intereses terrenales, que trataron como a un intruso a Aquel que había vencido al príncipe de las tinieblas delante de sus ojos, y desviaron de sus puertas el Don del cielo. No tenemos como los gadarenos oportunidad de apartarnos de la persona de Cristo; y sin embargo, son muchos los que se niegan a obedecer su palabra, porque la obediencia entrañaría el sacrificio de algún interés mundanal. Por temor a que su presencia les cause pérdidas pecuniarias, muchos rechazan su gracia y ahuyentan de sí a su Espíritu.

Pero el sentimiento de los endemoniados curados era muy diferente. Ellos deseaban la compañía de su libertador. Con él, se sentían seguros de los demonios que habían atormentado su vida y agostado su virilidad. Cuando Jesús estaba por subir al barco, se mantuvieron a su lado, y arrodillándose le rogaron que los guardase cerca de él, donde pudiesen escuchar siempre sus palabras. Pero Jesús les recomendó que se fuesen a sus casas y contaran cuán grandes cosas el Señor había hecho por ellos.

En ésto tenían una obra que hacer: ir a un hogar pagano, y hablar de la bendición que habían recibido de Jesús. Era duro para ellos separarse del Salvador. Les iban a asediar seguramente grandes dificultades en su trato con sus compatriotas paganos. Y su largo aislamiento de la sociedad parecía haberlos descalificado para la obra que él había indicado. Pero tan pronto como Jesús les señaló su deber, estuvieron listos para obedecer. No sólo hablaron de

Jesús a sus familias y vecinos, sino que fueron por toda Decápolis, declarando por doquiera su poder salvador, y describiendo cómo los había librado de los demonios. Al hacer esta obra, podían recibir una bendición mayor que si, con el único fin de beneficiarse a sí mismos, hubieran permanecido en su presencia. Es trabajando en la difusión de las buenas nuevas de la salvación, como somos acercados al Salvador.

Los dos endemoniados curados fueron los primeros misioneros a quienes Cristo envió a predicar el Evangelio en la región de Decápolis. Durante tan sólo algunos momentos habían tenido esos hombres oportunidad de oír las enseñanzas de Cristo. Sus oídos no habían percibido un solo sermón de sus labios. No podían instruir a la gente como los discípulos que habían estado diariamente con Jesús. Pero llevaban en su persona la evidencia de que Jesús era el Mesías. Podían contar lo que sabían; lo que ellos mismos habían visto y oído y sentido del poder de Cristo. Ésto es lo que puede hacer cada uno cuyo corazón ha sido conmovido por la gracia de Dios. Juan, el discípulo amado escribió: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos mirado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida; . . lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos.” 1 Juan 1:1
RVR1960 1 Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida NTV 1 Les anunciamos al que existe desde el principio, a quien hemos visto y oído. Lo vimos con nuestros propios ojos y lo tocamos con nuestras propias manos. Él es la Palabra de vida.
- 3. Como testigos de Cristo, debemos decir lo que sabemos, lo que nosotros mismos hemos visto, oído y palpado. Si hemos estado siguiendo a Jesús paso a paso, tendremos algo oportuno que decir acerca de la manera en que nos ha conducido. Podemos explicar cómo hemos probado su promesa y la hemos hallado veraz. Podemos dar testimonio de lo que hemos conocido acerca de la gracia de Cristo. Éste es el testimonio que nuestro Señor pide y por falta del cual el mundo perece.

Aunque los habitantes de Gádara no habían recibido a Jesús, él no los dejó en las tinieblas que habían elegido. Cuando le pidieron que se apartase de ellos, no habían oído sus palabras. Ignoraban lo que rechazaban. Por lo tanto, les volvió a mandar luz, y por medio de personas a quienes no podían negarse a escuchar.

Al ocasionar la destrucción de los cerdos, Satanás se proponía apartar a la gente del Salvador e impedir la predicación del Evangelio en esa región. Pero este mismo incidente despertó a toda la comarca como no podría haberlo hecho otra cosa alguna y dirigió su atención a Cristo. Aunque el Salvador mismo se fue, los hombres a quienes había sanado permanecieron como testigos de su poder. Los que habían sido agentes del príncipe de las tinieblas vinieron a ser conductos de luz, mensajeros del Hijo de Dios. Los hombres se maravillaban al escuchar las noticias prodigiosas. Se abrió una puerta a la entrada del Evangelio en toda la región. Cuando Jesús volvió a Decápolis, la gente acudía a él, y durante tres días, no sólo los habitantes de un pueblo, sino miles de toda la región circundante oyeron el mensaje de salvación. Aun el poder de los demonios está bajo el dominio de nuestro Salvador, y él predomina para bien sobre las obras del mal.

El encuentro con los endemoniados de Gádara encerraba una lección para los discípulos. Demostró las profundidades de la degradación a las cuales Satanás está tratando de arrastrar a toda la especie humana y la misión que traía Cristo de librar a los hombres de su poder. Aquellos míseros seres que moraban en los sepulcros, poseídos de demonios, esclavos de pasiones indomables y repugnantes concupiscencias, representan lo que la humanidad llegaría a ser si fuese entregada a la jurisdicción satánica. La influencia de Satanás se ejerce constantemente sobre los hombres para enajenar los sentidos, dominar la mente para el mal e incitar a la violencia y al crimen. Él debilita el cuerpo, obscurece el intelecto y degrada el alma. Siempre que los hombres rechacen la invitación del Salvador, se entregan a Satanás. En toda ramificación de la vida, en el hogar, en los negocios y aun en la iglesia, son multitudes los que están haciendo ésto hoy. Y a causa de ésto la violencia y el crimen se han difundido por toda la tierra; las tinieblas morales, como una mortaja, envuelven las habitaciones de los hombres. Mediante sus especiosas tentaciones, Satanás induce a los hombres a cometer males siempre peores, hasta provocar completa degradación y ruina. La única salvaguardia contra su poder se halla en la presencia de Jesús. Ante los hombres y los ángeles, Satanás se ha revelado como el enemigo y destructor del hombre; Cristo, como su amigo y libertador. Su Espíritu desarrollará en el hombre todo lo que ennoblece el carácter y dignifica la naturaleza. Regenerará al hombre para la gloria de Dios, en cuerpo, alma y espíritu. “Porque no nos ha dado Dios el espíritu de temor, sino el de fortaleza, y de amor, y de templanza [griego, mente sana].” 2 Timoteo 1:7
RVR1960 7 Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. NTV 7 Pues Dios no nos ha dado un espíritu de temor y timidez sino de poder, amor y autodisciplina.
. Él nos ha llamado “para alcanzar la gloria, el carácter, de nuestro Señor Jesucristo;” nos ha llamado a ser “hechos conformes a la imagen de su Hijo.” 2 Tesalonicenses 2:14
RVR1960 14 a lo cual os llamó mediante nuestro evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo. NTV 14 Él los llamó a la salvación cuando les anunciamos la Buena Noticia; ahora pueden participar de la gloria de nuestro Señor Jesucristo.
; Romanos 8:29
RVR1960 29 Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. NTV 29 Pues Dios conoció a los suyos de antemano y los eligió para que llegaran a ser como su Hijo, a fin de que su Hijo fuera el hijo mayor entre muchos hermanos.
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Y las almas que han sido degradadas en instrumentos de Satanás siguen todavía mediante el poder de Cristo, siendo transformadas en mensajeras de justicia y enviadas por el Hijo de Dios a contar “cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de tí.”

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